_
_
_
_
Reportaje:POESÍA

Hay que escuchar a los poetas románticos franceses

El romántico es el enfermo", declaraba el anciano Goethe. Había sido romántico antes que todos los demás y, al curarse, se convirtió en el Montaigne alemán, objeto de admiración y envidia retrospectiva para el último Nietzsche. Lo mismo ocurrió con Renan en su vejez, envidiado por el joven Barrès.

Algo de Goethe y de Renan había en Paul Bénichou, amigo de Borges, a quien tradujo por primera vez en 1957. Vuelvo a encontrarle en la "librería" reservada a él dentro de la Biblioteca de Harvard, llena de todos los libros que estaba utilizando para su siguiente trabajo. En paz consigo mismo, modesto y, por eso, más atento a los demás, tenía el humor benevolente que uno desea en un médico de cabecera. En esa época estaba escribiendo Le Temps des prophètes (El tiempo de los profetas), la primera "selección" de Le Sacre de l'écrivain (La consagración del escritor). Esta obra maestra apareció en 1973, editada por José Corti. Era el principio de una suma sobre el romanticismo francés que se prolongaría hasta 1992 con otros tres volúmenes, publicados en Gallimard. Las cuatro partes se encuentran hoy reunidas en la colección Quarto y pertenecen a la categoría de los monumentos clásicos de la historia literaria (*).

Nacido en Tlemcen en una familia judía de largo recuerdo, expulsada de España en 1492 y refugiada sucesivamente en Marruecos y Argelia, este antiguo alumno de la Escuela Normal Superior, entusiasta de Breton y el surrealismo, fue expulsado en 1941 de su puesto en la enseñanza secundaria. Partió al exilio acompañado de su mujer y su hija, y en Buenos Aires pudo reanudar su oficio de profesor de letras en el instituto de francés que creó él mismo junto con Roger Caillois. En 1948 regresó a París y volvió a trabajar durante diez años, antes de incorporarse a Harvard con un contrato a tiempo parcial, gracias a una pareja amiga, René y Béatrice Jasinski. Allí entabló amistad con Octavio Paz.

En 1948 publicó en la Bibliothèque des Idées de Caillois un ensayo, Morales du Grand siècle (Moralejas del gran siglo), aclamado por la crítica. Con él dio nuevo impulso al estudio de los herederos clásicos de Montaigne. Reanudó la amistad con Breton. No perdonó a Eluard que, delante de él, después del pacto germano-soviético, declarase que le parecía "encantador" París con toque de queda. Y, después de haberse encontrado con la salud de Molière, la puso al servicio de los heridos más graves en la primera mitad del siglo XIX.

El principio que engendró el romanticismo francés fue la paradoja del Terror revolucionario, que dejaba intacto el edificio clásico y gélido en el que habían prosperado las últimas Luces y del que la Revolución había tomado prestada su decoración "a la antigua". Los primeros en sentir la crueldad de este contraste fueron algunos emigrados. El siglo XVIII francés había especulado enormemente sobre la poesía, sin tener poetas; había sido "sensible", con Rousseau, sin haberse emocionado de verdad. Sus disputas teológicas le habían arruinado la religión. Los desarraigados de la Francia antigua tenían hambre de poesía y aspiraban a una religión que les consolara. Después de volver a París, en la época del Consulado, la repugnancia que les inspiraban la razón sensualista y sus ideas literarias se hizo contagiosa. La Roma abrumadora de Bonaparte-César ayudó a aumentarla.

Paul Bénichou, heredero de varios siglos de exilios, él mismo exiliado, y testigo de la ferocidad de dos Romas modernas, se sintió hermanado con el desarraigo de la Francia posrevolucionaria. A pesar de su agnosticismo, conocía, por la experiencia de los suyos, la capacidad de resistencia que puede dar la religión a los desafortunados. Era hombre de prosa, pero estaba igualmente abierto, como Montaigne, al canto profundo de la poesía. En su infancia, sus tías le dormían recitando, en el español de su vieja e ingrata segunda patria, fragmentos del romancero transmitidos por vía oral desde hacía más de cuatro siglos. Más tarde, él reunió y anotó esa versión concreta de los poemas anónimos, y logró que se la admitieran los filólogos y musicólogos, en Argentina, México y, posteriormente, España, con el mismo título que las versiones escritas y otras versiones orales.

El poeta romántico francés

que escuchó durante más tiempo fue Gérard de Nerval, el poeta "sin porqué", que se alimentaba de la tradición oral de los viejos cantos populares franceses. Asimismo se convirtió en el exégeta delicado de Nodier, Vigny, Musset, Gautier, antes de dedicar numerosos estudios a Baudelaire y Mallarmé. Todos ellos, poetas del objeto huidizo y perdido, exploradores e intérpretes de un "mal de siglo" que se agravaría de "revolución" en "revolución". Desprovistos, en cualquier caso, de la autoridad social -desde luego, política- que supone la idea de Le Sacre de l'écrivain.

al

Al comenzar su amplia investigación, Paul Bénichou había argumentado enérgicamente que, en el descrédito de los "ideólogos" herederos de los "filósofos" de la Ilustración, en el fracaso de los sucesivos regímenes que pretendían sustituir al antiguo, y en respuesta a la demanda melancólica de una religión sin dogma, era el intérprete inspirado de ese lamento, el Poeta -en sustitución del predicador y del filósofo-, quien parecía haber recibido, a partir de 1800, el cetro sagrado del "poder espiritual" vacante.

De acuerdo con esta perspectiva, la Restauración, que se consideraba un régimen político cuando, ante todo, era una utopía literaria, había representado la edad de oro de los nuevos poetas "sagrados"; un poco a regañadientes, les había dado la oportunidad de acompañar abiertamente el esfuerzo general del duelo y orientarlo, al mismo tiempo, hacia un "pasado reencontrado" y hacia una joven "libertad". Chateaubriand (el "dios" de aquellos poetas, y al que Bénichou despacha con demasiada rapidez) había sentido la tentación de pasar de la tutela "espiritual" a la tutela política del régimen. Con su destitución del ministerio en 1824, se hizo visible la fragilidad de "la consagración del escritor" y comenzó el repliegue "desencantado" por parte de los poetas.

Sólo resistieron, al adherirse poco a poco a la utopía -no menos literaria- de una República como iglesia gnóstica, Lamartine, que se quemó en el poder en 1848, y, sobre todo, Hugo, que supo ejercer en toda circunstancia, alzado sobre el "promontorio del sueño", el magisterio de hierofante del siglo que ya se había atribuido a sí mismo desde la Restauración: "Seré Chateaubriand o no seré nada".

Hugo es, pues, quien encarnó con más éxito la idea del Moisés-Orfeo laico surgida de los escombros de las Luces y que destaca el historiador, pero son los poetas de la intimidad amenazada los que más se beneficiaron, en definitiva, de su ternura y su experiencia. La singularidad de este gran especialista en la historia de las ideas literarias, indiferente a la torre de Babel "teórica" de los años setenta, es que siempre dio prioridad -incluso por encima del análisis de las querellas críticas del pasado- a la cátedra constantemente viva de los textos hermosos y el sonido de la experiencia vivida sobre la que dan testimonio.

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_