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Reportaje:

Casitas de papel-dinero

En el Centre d'Art Santa Mònica (CASM) de Barcelona, un antiguo convento rehabilitado en sala de exposiciones, Daniel Chust Peters, Martí Ansón y Filipa César reflexionan sobre el carácter elusivo de los materiales artísticos y cómo la realidad prepara al autor en la idea de tránsito hacia una metarrealidad que acaba convirtiéndose en ficción.

La idea de aprender a habitar, esa filosofía del "ser-ahí" que Daniel Chust Peters debió de tomar de Martin Heidegger, es el felpudo existencial que da la bienvenida al visitante antes de entrar imaginariamente en un taller de artista del barrio de Gràcia barcelonés, convertido ahora en una casita de papel/dinero custodiada por un vigilante jurado, por si a alguien se le ocurre prenderle fuego o hurtar un trozo de pared empapelado con billetes de cinco euros. Si el pensador alemán, que ponía como ejemplo su pequeña cabaña situada en Todtnauberg, en la Selva Negra, supo explicar a los arquitectos que quisieron oírle que la casa era la expresión de una subjetividad que se construía a sí misma a través de problematizar el verdadero significado de construir, Chust Peters decide acotar su campo de acción al propio espacio del taller y reproducirlo de diferentes maneras, lo que le servirá para el despliegue de una retórica escultórica en el que su papel como artista acabará reducido a un pensamiento sobre el espacio donde nace la obra. Un macetero, un invernadero, un parque de juegos para niños, una pieza de joyería enfocada con una cámara de vigilancia o un recortable de papel. Siempre es la misma idea de trabajo, como una obsesión, el taller reproducido en una maqueta a escala realizada con diferentes materiales. No es una metáfora, ni un marco inocente, es el objeto y sujeto mismo de su trabajo, el que habita un espacio, el refugio de la obra y a la vez la condición de su existencia, incluido el "no hacer".

El artista argentino Daniel Chust Peters lleva su obra Airshow al límite, a su vaciamiento

En el Centre d'Art Santa Mònica (CASM), el artista argentino (1960) lleva ingeniosamente su obra Airshow al límite, a su vaciamiento, que es a la vez su condición existencial: el estudio no es sólo una extensión matemática y algebraica, es la manifestación de la no-idea, la resolución de la imposibilidad de hacer algo significativo. Y lo resume en la siguiente declaración "autoritaria", escrita en la pared: "Método de trabajo. 1. Tengo una idea, reproduzco mi taller; 2. No tengo ninguna idea, reproduzco mi taller; 3. Tengo otra idea, reproduzco mi taller". De este método resultan tres "talleres" cuyo interior desconocemos aunque de alguna forma están vueltos "hacia fuera", han sido construidos con billetes de euro, el material es el propio dinero destinado a la producción de la obra, fruto de una idealización "sin idea", una burbuja construida con el material que le da sentido.

Así como en la obra de Chust Peters no existe fantasía alguna que la construya, en la obra de Martí Ansón (Mataró, 1967) es posible encontrar un espacio sin densidad, lanzado al futuro contra el pasado, vinculado a su propia diafanidad, quimérico y quizá no realizable. A lo largo de todo el periodo que durará la presentación de su pieza titulada Fitzcarraldo -una referencia a la película del mismo título de Werner Herzog donde se narra la historia de un hombre que se aferra a una idea imposible: transportar un barco a través de las montañas-, Ansón se propone trabajar en la construcción de un velero Stela 34, rodeado de todas las herramientas, planos y vestuario necesarios, incluida una cámara que transmitirá en directo sus 55 días de jornada laboral a otros centros de arte de Bilbao, Los Ángeles e Hiroshima. Ansón no es Noé, ni posee conocimientos de arquitectura naval, la sola información que pone a disposición del espectador parece ser la única garantía de que el velero pueda ser botado en el puerto de Barcelona el 6 de marzo. En este antiguo convento un artista está construyendo un bajel que, en el caso de terminarse, navegará contracorriente (por inútil) y a favor del tiempo, el mejor y más valioso material de construcción.

La tercera propuesta que tiene

como marco este espacio de La Rambla la firma la artista portuguesa Filipa César (Oporto, 1975), dos vídeos titulados Transmediterráneo y Túnis, filmados dentro de unos barcos que hacen sus rutas turísticas, el primero con imágenes de usuarios en momentos de relajación y descanso, y el segundo estructurado a partir de un plano fijo de un paisaje mediterráneo que se divisa por la ventana de una embarcación que hace el trayecto desde Túnez a Italia. Observamos durante unos cuantos minutos la acumulación de agua y sal en el marco inferior de la ventana mientras por los altavoces se emite el ruido ambiente en el interior de la nave y cómo desde recepción se reclama la presencia de unas personas con nombres árabes.

Filipa César crea una ficción con fragmentos literales de la realidad, aunque ésta acabe siendo una tediosa narración que no hace más que recordarnos la pobreza cognitiva y debilidad de la videocreación que se exhibe en España. Y para subrayarlo, imaginamos la singladura fantasma de un velero varado en los astilleros de un convento.

Daniel Chust Peters, Martí Ansón, Filipa César. Centre d'Art Santa Mònica. La Rambla, 7. Barcelona. Hasta el 6 de marzo de 2005.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2005