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Reportaje:

La ciudad de los templos perdidos

En la selva camboyana, envuelta por gigantescas raíces de árboles, se erige Angkor, una ciudad que llegó a albergar hasta mil templos y hoy conserva más de cien. El capricho de los reyes de un imperio que desapareció sin dejar rastro en el siglo XV, convertido en patrimonio de la humanidad.

En un lugar de la selva, en la antigua Kampuchea, hoy Camboya, uno de los países más pobres del mundo, todavía sembrado por millones de minas prontas a estallar (pero lejos de los circuitos turísticos, que, por cierto, cada día son más, y menos tortuosos), uno de esos países con los que la desgracia y la historia más terrible parecen haberse cebado (sucesivas guerras, invasiones, ocupaciones, exterminios salvajes…), se halla una joya de la humanidad: Angkor. Una ciudad fantasma invadida por gigantescas raíces de árboles, animales y flores silvestres, surgida de unos tiempos en los que los hombres, no sólo soñaban con ser dioses, sino que lo eran. Un sitio mágico como pocos en el mundo, tan pletórico de belleza, aún decadente y enigmática como la que luce hoy día, que conmueve profundamente a todo aquel que lo visita. A principios del siglo XX sólo era posible llegar a ella navegando ríos y márgenes de lagos cenagosas, pero el progreso, que todo lo facilita y lo afea, como ya solía decirse en tiempos en los que el progreso apenas era una entelequia todavía, se encargó de desbrozar la visión de este lugar prodigioso, pleno de santuarios en ruinas envueltos en lianas y en polvo milenario; un espacio de refinamiento exquisito en mitad de la nada más salvaje.

Una piensa, nada más llegar al recinto, en un país pobre y siempre al borde de la derrota, embarrado, teñido de verdes y rojos violentos (verde de la selva, rojo de la tierra)… ¡esto, esto! Porque no es fácil describirlo con palabras. Desde Becker hasta Élisée Reclus (que creía que lo bello es una idea pensada en los detalles, y que por eso sobrevive a los siglos), desde Roland Dorgelés hasta Pierre Loti, cualquier viajero artista confesaría su impotencia a la hora de relatar cabalmente la filigrana arquitectónica, la piedra hecha encaje de Angkor, la pureza de su misterio.

Medio oculto, pero medio queriendo gritar su viejo esplendor a los cuatro vientos, medio en ruinas pero aguantando con la dignidad y la firmeza de una enorme montaña que sostuviera el centro del universo, que fuera el centro mismo del universo… ¡esa espléndida visión! Templos, frisos, estatuas, rostros esculpidos que retan la mirada y la consuelan con sus promesas de riqueza y felicidad… Parece imposible, pero es cierto. Angkor es una alegría inesperada en el corazón de la jungla, un paisaje que enamora y embriaga al instante con el hechizo de los reinos perdidos que dormitan bajo sombras de olvido, en bosques de árboles enormes plagados de ruidos inquietantes.

Sobre el imperio Jemer, los viejos historiadores contaban que se suponía que fue en la época de Alejandro Magno cuando una tribu emigrada de la India se estableció en las márgenes del gran río indochino después de vencer y subyugar a los indígenas, por entonces adoradores de serpientes. Los conquistadores llevaban consigo a sus dioses brahmánicos, sus leyendas ramayánicas, sus tesoros espirituales y su fuerza, que, unidos a una tierra fértil como la que habían encontrado, dieron como fruto la voluntad de construir templos gigantescos, levantados por soberanos omnipotentes que, influidos por nuevos misioneros llegados de la India, fueron cambiando los templos terribles de Brahma por otros en honor de Buda, de modo que las divinidades comenzaron poco a poco a mirar hacia abajo, y a sonreír con dulzura. El Jemer fue un imperio más brillante que el egipcio, más espléndido que el de Babilonia, pero un buen día desapareció sin dejar rastro, y aún no se sabe a ciencia cierta a qué fue debida su decadencia tan brutal, tan contundente.

En 1991, el entonces director general de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza, hizo un llamamiento a la comunidad internacional para aunar esfuerzos en la salvaguarda de Angkor, y el Comité del Patrimonio Mundial decidió inscribirlo en su Lista en diciembre de 1992. Y ya iba siendo hora: el lugar es inmenso (más de 400 kilómetros cuadrados); el valor de sus múltiples monumentos, excepcional, y su universalidad, indiscutible.

Situada a unos 300 kilómetros al norte de Phnom Penh, la actual capital de Camboya, Angkor fue la capital del antiguo imperio Khmer (o Jemer). Permaneció escondida durante siglos, reposando la hermosa quietud de sus piedras labradas en el vientre de la selva, totalmente oculta a los ojos del mundo, hasta que en 1860 fue descubierta por misioneros franceses y conocida en Occidente gracias al relato del naturalista francés Henri Mouhot, que aseguró que Angkor era algo "más grandioso que el legado de Grecia y Roma juntas". Es un colosal conjunto arquitectónico de más de cien templos, aunque se supone que pudo haber hasta mil, de elegantes proporciones, levantados entre los siglos IX y XIV después de Cristo, casi todos ellos orientados hacia el Este, de clara influencia hinduista, rodeados de embalses, estanques y, durante los siglos que duró su esplendor, de las casas de madera de los habitantes de la ciudad, de las cuales, evidentemente, no queda ni rastro. Su origen se remonta al reinado de Jayavarmán II (802-850), a quien se considera fundador del imperio Jemer, que instauró el culto devaraja, y su apogeo se prolonga hasta el siglo XIII. Los magníficos templos se construyeron con ladrillo y laterita, y fueron recubiertos por la selva cuando el imperio, en el siglo XV, se desmoronó como si estuviese hecho de la misma madera frágil con que se construyeron las casitas que rodeaban los santuarios.

Se necesitan varios días para visitar Angkor. A las puertas del recinto se compra la entrada, cuyo precio varía según el número de días que quiera dedicarle el viajero a su exploración. Tres o cuatro días (tiempo mínimo para hacerse una idea de lo que encierra) cuestan 40 dólares por persona. En la oficina, los turistas esperan en una cola a que un afable camboyano, armado de una cámara de fotos automática, saque un retrato individual de los visitantes. Al cabo de pocos minutos entregan a cada uno un carnet plastificado con fotografía y la fecha de validez del pase, que hay que mostrar a la entrada de cada templo. Para visitar Angkor es necesario disponer de un coche, y un guía. Normalmente, el conductor hace las veces de guía, o por lo menos se limita a estar a disposición de sus clientes durante el número de días previamente pactados. Él lleva al turista a los templos, siguiendo sus indicaciones, o recomienda visitar éste o aquél en detrimento de otros. No es posible verlos todos si no se disponen de días suficientes, y hay que elegir…

Aunque los viajes organizados, con sus autobuses y sus turistas armados de cámara de vídeo y botellas de agua mineral y gritos sofocados, empieza a invadir Angkor, Camboya es, en general, un país barato más propio de mochileros y de personas que viajan solas, por parejas o en pequeños grupos.

Alrededor de Siem Riep, la ciudad más próxima a Angkor dotada de servicios y situada a poco más de 10 kilómetros de la entrada al parque, empieza a observarse una actividad constructora febril: se levantan nuevos hoteles por doquier, y la ciudad crece al ritmo que la tierra le permite asentar en ella sus cimientos (hay muchas zonas que se inundan de agua en la estación de las lluvias). Angkor se prepara así para recibir el turismo de masas que ya se avecina, y que, probablemente, convertirá su bellísimo espacio en algo parecido a las pirámides de Egipto: un rincón espectacular del mundo abarrotado hasta la locura de occidentales y orientales prósperos, extasiados y sudorosos que dejarán su dinero, pero también sus detritos, en cientos de kilómetros a la redonda. Y lo que no pudo aplastar la selva durante siglos, lo roturarán los operadores turísticos.

Actualmente, la afluencia de turistas a Angkor ya es más que respetable, y hay que esperar hasta los últimos minutos, a la hora del cierre, para poder contemplar, despojado de cuerpos revestidos de camisetas chillonas, la magnificencia de Angkor Thom o Angkor Wat al atardecer.

Los templos jemeres más importantes son Pnom Bajeng, en el centro de la vieja ciudad construida por Yasovarmán I; Angkor Wat, construido fuera de la ciudad por Suyavarmán II, y el Bayón, que alzó Jayavarmán III en mitad de su ciudad Ankorg Thom (mientras éste es una ciudad, Angkor Wat es un templo). Fuera de Angkor destacan: Preah Jan, Beng Mealea, Banteay…, aunque todos ellos, pequeños o monumentales, soberbios o discretos, tienen el mismo encanto recubierto de musgo y humedad, la misma tónica de imaginería orfebre, minuciosa y votiva que habla calladamente un lenguaje de perfección técnica inscrito en la piedra labrada, el lenguaje de una de las civilizaciones más ilustres de la antigüedad.

Angkor Wat es el más representativo del conjunto. Está dedicado al dios hindú Visnú, y para su construcción se empleó la misma cantidad de piedra que para la construcción de la gran pirámide de Keops, en Egipto. Las obras duraron 30 años. Es un templo orientado al Oeste, a diferencia de los otros. Sus cinco torres, de simetría elegante y perfecta, representan las cinco colinas del monte Meru, la Casa de los Dioses, una montaña legendaria en la que se situaba el centro del universo hindú. Pero para la mentalidad jemer, tan distinta de la occidental de nuestros días, la simbología no existía. Ellos no representaban el centro del universo situándolo en un templo que lo rememoraba o lo celebraba, sino que estaban convencidos de que el templo era el centro del universo, de la misma manera que sus reyes no eran los representantes terrenales de sus dioses, sino que encarnaban verdaderamente a sus dioses. Los reyes fundaban templos que ocupaban en vida como dioses, y en los que eran enterrados después de muertos. Los templos constituían su casa, en la vida y en la muerte. Su casa eterna. Cada nuevo rey, construyendo un templo, demostraba a su pueblo que él también era un dios, y que, por tanto, su lugar estaba en el centro del universo, como no podía ser de otra manera.

Las esculturas de Angkor Wat están en mejores condiciones que las del resto de los templos porque, tras la desaparición del imperio Jemer, se convirtió en un templo budista que mantuvieron los monjes hasta nuestros días. Posee el mayor bajorrelieve del mundo, que cuenta historias de la mitología hindú. Por ejemplo, la muy fabulosa y extraña del batido del mar de leche. Según ésta leyenda, Visnú se transforma en una tortuga cuando quiere recuperar objetos valiosos perdidos, como la ambrosía, para lo que se sienta en el fondo del mar de leche y ofrece su concha como base sobre la que apoyar una montaña, de modo que los dioses y demonios enroscan una serpiente en torno a dicho monte y empiezan a batir la ambrosía, como si se tratara de una espumadera. La serpiente es estirada hacia delante y hacia atrás por los dos equipos contrarios, que parecen jugar a tirar de una cuerda (en este caso, enroscada) y baten el mar de leche hasta que la ambrosía sale burbujeando hacia arriba, como el vapor de una tetera. En realidad, los objetos extraviados son la salud, la riqueza y la felicidad. A veces, la ambrosía es el propio rey, representado como un futuro Buda, pues para un jemer su rey era la encarnación de todas las ambrosías posibles: era la riqueza, la salud y la felicidad, lo cual no estaba mal si tenemos en cuenta que la vida de los jemeres nunca ha sido fácil.

En los tiempos de Jayavarmán VII, como hasta ayer mismo por no hablar del día de hoy, las principales ocupaciones de los jemeres se reducían al cultivo del arroz, la construcción y la guerra. Los jemeres trabajaban hasta la extenuación por y para sus reyes, a cambio de la promesa, pocas veces cumplida, de salud, riqueza y felicidad. Pero los camboyanos de dulce sonrisa en realidad sólo han obtenido de sus dioses y de sus reyes provisorios, miseria, hambre y dolor. La clave del imperio Jemer fue el agua, tan necesaria para los cultivos de arroz. Hoy puede verse a los niños zambullirse alegremente en las aguas tranquilas, y probablemente infectas, de los embalses que rodean los templos, con la tranquila seguridad de unos pececillos sonrientes. El agua, el barro, aún es crucial en Camboya. Sagrada y amiga. Necesaria para obtener alimentos, almacenada en espera de la estación seca, provisora de vida.

Camboya es pasto recurrente de exterminios variados; conoce casi todas las variedades de la crueldad, de la locura genocida de Polt Pot al pillaje de sus tesoros. Ni siquiera Angkor Wat, que Pierre Loti calificó de "montaña esculpida", se ha librado del expolio. En Angkor se rodó, irónicamente, la película Tomb Raider (Saqueador de tumbas), y sigue siendo terreno abonado para el robo que alimenta el tráfico ilegal de obras de arte, un sucio negocio que produce unos beneficios, según la ONU, comparables a los del tráfico de armas o de droga. Lo que la selva no ha devorado, lo rapiña la avaricia y lo arranca de donde le corresponde para ponerlo adornando la entrada de un restaurante de lujo en Manhattan, por ejemplo.

El secreto de Angkor sigue siendo fascinante, casi tanto como la poesía y la magia que desprenden sus incontables templos de piedra. ¿Pero por qué una civilización capaz de crear algo tan maravilloso como el Bayon de Angkor Thom, con su extraordinario Salón de los Espejos y el rostro de Jayavarmán VII desapareció devorada por la jungla, borrándose durante siglos incluso de la memoria de los seres humanos? Christopher Pym escribió al respecto: "La fábula de Angkor estriba en que se trata de una civilización que floreció brillantemente durante seis siglos y luego desapareció de pronto envuelta en la selva. El enigma está en el porqué. ¿Por qué un pueblo con tanta vitalidad y tan cabal dejó repentinamente de construir esos hermosos templos? ¿Por qué se vino abajo el gran imperio Jemer?".

La respuesta puede estar en la malhadada coincidencia de varios factores aciagos: las invasiones (cham, tai…); la sucesión de un rey un poco más débil que Jayavarmán VII, el último gran rey jemer con sus planes de ampliación de los embalses y sistemas de riego, esenciales para la vida de la región; la catástrofe espiritual que pudo suponer la introducción de una nueva secta religiosa, el budismo theravada, cuyas creencias enseñan que ni siquiera Buda debe ser adorado como un dios, lo que probablemente despojó al rey de su carácter divino, debilitando el sentimiento monárquico de las gentes del pueblo, que empezaría a sospechar que el rey no podía ser con ellas más exigente que el mismísimo Buda… etcétera.

Aunque lo más probable es que, alrededor de Angkor, de su historia y su oscuro final, todo sean meras elucubraciones y barruntos, arqueológicos o simplemente intuidos y más o menos acertados, y que la única verdad, su hermosa verdad, sea que el enigma aún permanece intacto, tan limpio como sus cielos después de las lluvias tormentosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004