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Reportaje: »

Un gen con historia

La repoblación de Sueca (Valencia) en el siglo XIII explica las altas tasas de una rara enfermedad de los músculos

El neurólogo Vicente Martínez, en su consulta del hospital La Fe de Valencia. TANIA CASTRO

Ferrer de Vallmoll, Berenguer de Altarriba o Joan de San Hipòlit partieron en 1245 de Tarragona junto a otras 13 familias a repoblar las tierras de Sueca y ocupar las alquerías abandonadas tras la conquista de esta localidad, situada a 40 kilómetros al sur de Valencia. Ocho siglos más tarde, de los 16 casos de miopatía de Miyoshi -una degeneración progresiva de los músculos- diagnosticados en la Comunidad Valenciana y de los entre 40 y 60 registrados en toda España, 12 se dan en Sueca, que apenas cuenta con 25.000 habitantes. La herencia genética de una de aquellas 16 primeras familias de pobladores, junto a la endogamia que ha habido tradicionalmente entre sus habitantes, es la teoría que baraja con más fuerza Juan José Vílchez, jefe de servicio de Neurología del hospital La Fe de Valencia, para explicar esta extraña acumulación de casos.

La señal de alarma saltó cuando Vílchez se dio cuenta de que la mayoría de enfermos que pasaban por su consulta con síntomas similares pertenecían a la misma población. "Muchos de ellos llevaban años afectados, pero eran casos clínicos poco definidos, con diagnósticos distintos". Un proyecto del Fondo de Investigaciones Sanitarias, iniciado en 2000, permitió meterse a fondo y, a partir de estudios genéticos, determinar no sólo que todos tenían la misma enfermedad, sino que la alteración genética que la producía eran exactamente la misma.

La miopatía de Miyoshi es el resultado de una alteración en el gen que produce la disferlina, una proteína clave en la regeneración muscular. Para que el gen produzca la proteína correcta, su larga secuencia de bases (las letras químicas del ADN) debe estar perfectamente ordenada. La alteración de una sola de ellas basta para que esta minúscula maquinaria bioquímica deje de funcionar.

Es relativamente común que se produzcan mutaciones espontáneamente en un gen -sobre todo si es muy largo, como en este caso-, aunque lo normal es que las letras que cambien sean diferentes. Sin embargo, en todos los enfermos de Sueca, la letra cambiada era siempre la misma. Esto significa, probablemente, que esa mutación fue introducida en el pueblo por una única persona, y que después se ha propagado entre sus descendientes.

Vílchez intentó hacer un árbol genealógico de los afectados para dar con el introductor del gen, pero resultó una labor demasiado compleja. Entonces optó por fijarse en las etapas de la historia de Sueca en las que se había producido una afluencia de pobladores y encontró dos momentos críticos. Uno fue a principios del siglo XVII, cuando una fuerte epidemia de cólera redujo drásticamente sus habitantes y se recurrió a colonos italianos para restablecer la población. "Pero lo más lógico es remitirse a la fundación de la ciudad", comenta el neurólogo. La repoblación tras la conquista de Jaume I correspondió a la Orden del Hospital, y fueron familias tarraconenses las encargadas de ocupar las alquerías abandonadas por los musulmanes.

Este tipo de enfermedad sólo suele manifestarse en poblaciones cerradas, ya que se necesita que tanto el padre como la madre tengan alterado el mismo gen, y esto es muy difícil a menos que tengan cierto grado de parentesco. En Sueca, uno de cada 60 vecinos es portador de la mutación, frente a las tasas cercanas al 1 por 10.000 que se observan en el resto de España. "En algunos valles del País Vasco sucede algo similar con otra distrofia muscular, en este caso debida a una alteración del gen de la calpaína, y también originada por una mutación fundadora [traída a la zona por un solo individuo].

Entre las afectadas está Isabel Beltrán, de 46 años, que comenzó a notar a los 22 los primeros síntomas en las piernas, típicos de la miopatía de Miyoshi.

"La única ventaja de la enfermedad es que, como avanza de forma tan lenta, te da tiempo a acostumbrarte", comenta esta paciente. Isabel es incapaz de levantarse una vez flexiona las rodillas - "No puedo ir sola por la calle"-, y los brazos los tiene afectados desde hace tres años, aunque eso no le impide trabajar con el ordenador. Ahora su esperanza es que la investigación sobre la enfermedad pueda aportar una solución, aunque no lo ve nada claro. "Lo más prometedor parecía la terapia génica", dice, "pero los resultados no han sido buenos".