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Reportaje:

El albergue laboral de los discapacitados

El 90% de los empleados de un hostal de Barcelona son disminuidos psíquicos

Un lugar singular para gente singular. El lema del albergue Inout da en el clavo. El lugar singular son tres edificios en Vallvidrera, a 15 minutos del centro de Barcelona, en pleno parque de la montaña de Collserola, rodeados de bosque. La singularidad la aporta la plantilla: el 90% de los 34 trabajadores son personas con algún tipo de discapacidad psíquica.

Ante el público, las singularidades acaban ahí, porque el albergue funciona como cualquier otro y se cuida cada detalle. De puertas adentro, Inout es un magnífico proyecto de Icaria Iniciativas Sociales, una fundación que lleva casi 30 años luchando por la integración laboral de los discapacitados.

El embrión de Icaria fue la escuela Taiga para discapacitados, los padres de cuyos alumnos se negaron a que sus hijos tuvieran un futuro gris y crearon la fundación. De ahí salió Icaria Artes Gráficas, que hoy emplea a 76 personas. Pero la digitalización del oficio amenaza la continuidad de estos trabajos. "Había que crear una alternativa de futuro, otro sector de posible contratación de discapacitados", explica la gerente, María José Pujol. Ella misma, por casualidad, se enteró de que en Suiza funciona un hotel con las características del que han hecho realidad. Era cuestión de ponerse manos a la obra y llamar a todas las puertas para recabar ayudas.

El Ayuntamiento ha cedido los edificios y la Generalitat dio el aval para las obras, además de subvenciones. La lista de empresas que han colaborado es larga: desde la Fundación ONCE y La Caixa, hasta la cadena hotelera NH, que ha cedido todo el material para la cocina y el comedor, entre muchas otras.

El albergue abrió el pasado mes de mayo y sus primeros huéspedes fueron trabajadores del Fórum llegados de toda España. La experiencia de cinco intensos meses ha servido de rodaje para la plantilla: 29 discapacitados y 5 responsables de los servicios.

"Lo más complejo ha sido adaptar la formación a cada trabajador, porque cada discapacitado es distinto y puede llegar hasta determinadas habilidades", explican la pedagoga Susanna Vert y el director, Ignasi Concernau. Pero no hay nada insalvable. Por ejemplo, en las fichas de turnos o en las chuletas de tareas hay texto, pero también dibujos para que las entiendan los que no pueden leer. Salvados escollos como éste, "lo más valioso es la actitud, la enorme importancia que dan [los discapacitados] a trabajar, a tener responsabilidad, y sus ganas de aprender". "Aunque no sepan hacer nada, todo se puede enseñar", continúa Vert.

"Ellos también aprenden de nosotros", apunta Daniel, del equipo de limpieza y mantenimiento,

en referencia a "los jefes". ¿Qué aprenden? "De nuestras discapacidades y que despacio lo podemos hacer todo", zanja. Como Daniel, la mayoría de los empleados provienen del taller de artes gráficas, un trabajo que valoraban y les gustaba, pero no tanto como éste.

"Es el trato con la gente, que los trabajos industriales no tienen", señala la gerente. "Trabajar de cara al público supone para los discapacitados un crecimiento personal y de las habilidades sociales enorme, además de cuestiones básicas como trabajar en equipo y tenerse que enfrentar a la toma de decisiones o la resolución de problemas".

En cierto modo, Inout es una cantera de futuros empleados de la hostelería. "Esto es el comienzo. No tendría sentido una inversión de tres millones de euros para sólo 34 trabajadores. Ahora falta que el sector se integre", espera con gran optimismo Pujol.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 2004