Consejería volátil
Es la gran incógnita del momento: ¿por qué han desplazado a David Serra desde la Secretaría de Cultura a la de Deportes y por qué lo han hecho súbitamente? Tan sólo llevaba seis meses al frente de ese departamento, y prácticamente no ha tenido tiempo ni oportunidad de cometer ningún estropicio. En realidad, no ha hecho otra cosa que aplicarse a ejecutar las órdenes recibidas: demoler la política cultural de su predecesora en el cargo, Consuelo Ciscar, y liquidar al menor costo posible los compromisos millonarios contraídos en cumplimiento del programa del partido: ambiciosos proyectos, primeras figuras, presencia de Valencia en el mundo y el glamour que hiciera falta.
Según una hipótesis, el traslado se efectúa, precisamente, porque el citado político ha llevado a cabo su misión y estaba disponible para emprender otra. En tal coyuntura se ha producido una doble circunstancia. Por un lado, urgía cubrir la Secretaría de Deportes que había quedado descabezada como consecuencia de las reyertas internas del PP, y, de otro, no se tenía mucha confianza en que David Serra fuese capaz de hilvanar una política cultural con mimbres suficientes para aguantar y aún lucir en los tiempos de deudas que corren. En fin, que no se le veía como muy milagrero e imaginativo por más que se le haya puesto por las nubes a la hora de edulcorarle el relevo.
Quizá esa conjetura explique la minicrisis. Lo que no explica es que faltase el canto de un duro para que el mozo se enterase por el periódico de que, en el plazo de unas horas y a sus espaldas, le habían cambiado el despacho y las tarjetas de visita. Pero no pasa nada. Es una tanda de políticos dócil y disciplinada, siempre que no se le toque la nómina y el coche oficial. Ahora, en vez de presidir un estreno de Edipo en La Nave de Sagunto, pongamos por caso, el relevado celebrará con la misma suficiencia los goles del Levante UD. Una parcela ésta, la deportiva, digamos de paso, en la que va a tropezar con la misma piedra: muchos agujeros y pocos euros.
También hay quien opina que la nueva secretaria de Cultura, Concepción Gómez Ocaña, llega por una decisión -¿necesariamente súbita?- del presidente Francisco Camps, que tiene el propósito de rodarla en el cargo ante la perspectiva más o menos próxima de que sustituya al actual consejero. Esta señora ya tiene experiencia en el ámbito cultural y en la gestión docente. Más aún: se concita la opinión de que es una buena gestora. Si acaso, le falta adaptarse a esta parcela del Gobierno autonómico -la cultura y la enseñanza- que en los últimos años se ha revelado voraz, volátil o maldita para sus titulares. Por fortuna para ella, decimos de la secretaria, hallará en vías de solución algunos de los problemas, aunque habrá de hacer filigranas o vudú para abordar sin recursos económicos muchos de los pendientes.
Otra nota a su favor, o así nos consta, es que ha pedido el parecer de gente experta antes de asumir este reto. Es una muestra de prudencia que nos hace confiar en su buena voluntad -veremos si también buena mano- para hallar el punto medio entre los ímpetus desbordantes que brillaron y las tibiezas que les siguieron. Y, a todo esto, ¿por qué echaron a Serra sin preaviso?
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