Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

El centro

Gallardón ataca de nuevo. ¿Conseguirá nuestro héroe derrotar a las fuerzas del mal y convertirlas en las fuerzas del mal menor, o sea, de centro? Ya veremos. Aznar también hablaba mucho del centro cuando tenía algo que vendernos, antes de que el centro de Bagdad se convirtiera en el centro de sus insensatas obsesiones. Rajoy habla del centro de vez en cuando, cuando se le arriman mucho los obispos, pero sin fe. Y por lo visto y oído en el congreso del PP, sus tropas andan tan entusiasmadas jugando con la máquina del tiempo que van ya por el año 36.

El centro siempre ha sido para la derecha española un Conney Island de la mente, un señuelo con el que distraer la atención de la mano derecha que es con la que sujetan el palo. Gallardón, en cambio, parece habérselo creído a pies juntillas o al menos parece empeñado en que nos creamos que él se lo cree. Siempre ha demostrado ser el político de derechas con más mano izquierda y, sin embargo, aún no nos queda claro que es lo que esconde en la otra mano. En cualquier caso tenemos un alcalde que no nos lo merecemos. En un partido que siempre ha presumido de la falta de grietas, el señor de la villa parece el único dispuesto a menear la barca. Ya lo decía Leonard Cohen: "Hay una grieta en cada cosa, y por ahí es por donde entra la luz". Ahora hay que ver hasta qué punto Esperanza Aguirre, ese fascinante cruce entre Darth Vader y el canario Piolín, es capaz de pelear por lo que ella considera suyo. En el fondo no es más que una cuestión de política interna, pero en este país la política interna es siempre más emocionante que la otra, por que la otra vive instalada en el forofismo.

He oído decir que Rajoy encargó personalmente a Gallardón ese discreto mea culpa que endulzó su discurso en el reciente congreso de los populares. No lo tengo yo muy claro. Si fuera cierto habría más inteligencia en Génova de la que imaginábamos y la máquina del tiempo podría, para sorpresa de todos, estar preparada también para viajar hacia el futuro. Tampoco está claro si Gallardón es el hombre de paja destinado a arder en la enésima maniobra centrista de distracción o si realmente alguien en el interior del castillo apoya el revolucionario viaje del alcalde, que llevaría al partido dos milímetros más hacia la izquierda. Por cierto, aunque cueste ya acordarse, esos mismos dos milímetros fueron los que ganó el señor Aznar cuando se puso el disfraz de centrista para auparse a la presidencia.

Hoy día todas las batallas electorales, y eso lo sabe bien John Kerry, se ganan siempre por el centro. La oscilación política tiende al balance, a corregir la posición inicial. Cada vez que la nave se escora, la sociedad del bienestar adivina un abismo al otro lado, imaginario o real, y poco a poco comienza a enderezar el rumbo. En contra de lo que ahora predica el señor Aznar, a la opinión pública no se la engaña tan fácilmente. Es más, la opinión pública tiene su propia deriva continental que no está siempre dirigida, como él parece pensar, por las manos negras del poder. Hasta los jugadores de fútbol, cuando les silban, bajan la cabeza y recurren a eso tan manido de que la afición es la que manda. Resulta aterrador que un político no crea en la capacidad de un pueblo para tomar sus propias decisiones. Insultar así a los votantes es insultar a la democracia misma. Puede que Aznar haya perdido definitivamente la cabeza o puede que ya esté pensando en inglés, y a estas alturas de su cursillo acelerado, en un inglés muy pobre.

Tengo la sensación y espero no equivocarme, nos va a todos mucho en esto, de que el pueblo norteamericano, a la postre, tenderá a corregir el derrapaje brutal del señor Bush hacia la derecha y el mundo volverá poco a poco a donde estaba. Lo cual, si bien no significa la solución de todos nuestros problemas, sí puede empezar a marcar el fin de nuestras peores equivocaciones. Y eso ya es mucho.

Gallardón parece haber intuido por dónde van los tiros y tiene claro, eso me consta, que no hay terreno que ganar a la derecha. La gente que duda, la que al final inclina la balanza, está en otro sitio. En el centro, es decir, el mal menor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004