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Las fieras del sol

Dos mundos, Oriente y Occidente, se mezclan en 'Dralion', montaje número doce del Circo del Sol, que llega a Madrid. Una obra de espíritu animal con medio centenar de contorsionistas, trapecistas, malabaristas… 'El País Semanal' visitó a la compañía canadiense en su gira europea.

Los artistas llegan de sus hoteles, entran por esa puerta vestidos de calle -con vaqueros y camisetas pegadas como tatuajes, los cascos del MP3 enchufados al oído, los cuerpos tallados cual esculturas- y salen al poco rato convertidos en personajes de Dralion, el espectáculo del Cirque du Soleil (el Circo del Sol) que llega a Madrid en su primera gira europea, después de atracar en Londres, Amsterdam, Viena y Amberes. Mucho antes ya anduvo Dralion por un sinfín de ciudades norteamericanas. Cuatro años de trasiego y rodaje; dos millones de espectadores han admirado (o no) ya a estos dragones-leones venidos de todo el mundo, de China a Costa de Marfil o Argentina. Un montaje dirigido desde la central en Canadá, el número 12 (nueve shows activos, tres en Las Vegas) en el catálogo de producciones-concepto de esta multinacional circence quebequesa que fundó Guy Laliberté en 1984.

Basta detenerse ante esa puerta blanca, de plástico, diminuta, para observar cómo cualquiera de los 55 draliones o algunos privilegiados de ese personal técnico-administrativo, que hace posible todo lo que en apariencia ni se ve ni se aplaude en el show, son regurgitados desde el interior de las dos carpas blancas del Cirque du Soleil. Una, la mayor, es el escenario; grand chapiteau, lo llaman. La otra, "territorio inviolable de artistas". El lugar donde se desnudan, guardan sus pinturas, se secan la ropa, se ilusionan o lloran; donde el espejo de los reservados les devuelve la mirada del trabajo bien o mal hecho; donde cuelgan fotos de quienes les importan; donde se entrenan, relajan, juegan a cartas, hablan por teléfono en largas conferencias…

Para entrar o salir, pues, de su rincón privado, deben atravesar ese punto geográfico concreto, lugar insignificante dentro de una instalación que ocupa 20.000 metros cuadrados. Y ahí se descubre a los artistas en las sucesivas fases de su metamorfosis diaria, un espectáculo de mutantes tan vistoso como el propio Dralion: las chinas y chinos que parecen tan niños, tan frágiles y luego lucen grandiosos sobre el escenario, edificando torres, doblegando cada músculo del cuerpo, saltando aros, moviendo pesadas cañas de bambú o ligeros paraguas; los payasos, con ese aspecto de sensatos vecinos de escalera que mutan después en tiernos gamberros; los cantantes, transparentes primero y horas después tan barrocos y vistosos…

… todos tan perfectos, tan estirados, tan habituados, tan normales, cruzan -en un peregrinaje constante que desemboca casi siempre en la cantina, el meeting point- esa especie de pasarela o pasaje de fieras acotado entre los lavabos y oficinas, donde se han colocado tumbonas y sillas. Allí reposa y charla ahora, por ejemplo, el entrenador búlgaro Ivan Vladimirov, de 56 años, "42 en el negocio del circo", que trabajó antes en el más famoso de todos, en el Ringling, donde, dice, la troupe se desplaza en un tren de dos kilómetros, y "allí, en ese tren, se vive mucho". La boca de la carpa-vestuario escupe entonces a Benjamin J. Pring, el Fuego, uno de los cuatro elementos, junto al Agua (Bhavani), el Viento (Colette Morrow) y la Tierra (Henriette Gbou), protagonistas de esta obra anunciada como "la unión de Oriente y Occidente". O como dice el director, Guy Caron: "Una fusión sin precedentes de tradiciones acrobáticas chinas y el enfoque vanguardista del Cirque du Soleil; un collage contemporáneo de lo original y lo ecléctico, lo primitivo y lo posmoderno". Aparece Pring, neoyorquino de rasgos orientales, teñido el rostro de rojo y amarillo, y la encargada de prensa, Marie-Ève Villeneuve, de 29 años ("echo de menos una casa propia, para decorarla, llenarla de objetos, ir a Ikea…"), puntualiza que todos se "automaquillan", que están bien entrenados también para eso, que a cada elemento le corresponde un color: rojo, azul, verde, ocre…

Y muestra una carpeta con los números que resumen las bondades de este circo mundial: 40 millones de espectadores, 2.500 empleados, edad media de 34 años, 500 artistas, 40 nacionalidades, 25 idiomas, 1.200 trabajadores en la central de Montreal, 160 en Dralion, 49 tráileres que recorrerán Europa hasta 2007. Y sigue: "Aquí el contacto con la cúpula no es protocolario, nunca te sientes sola, hay a quién preguntar de otros shows cuando surgen problemas. Esto es como un pueblo, con ventajas e inconvenientes, alegrías, tristezas; pero el lugar donde al final encuentras amigos, novios; las relaciones sentimentales fuera en su mayoría se agotan; es duro seguirnos, aunque muchos lo hacen, hay 20 niños por ejemplo en Alegría…". Etcétera.

Abierto, cerrado. El vaivén del portillo va marcando el tiempo y el tempo en este mundo del sol. Y así, si estos hombres y mujeres tan jóvenes (los hay nacidos en 1990) aparecen solamente maquillados, tapados con el albornoz negro sello de la casa, es señal de que se vive en fase pre-show. Tranquilidad medida. Tiempo de refrigerio. Las mesas de madera de la cantina, decoradas con motivos artísticos y fotos carné de los miembros de la compañía, se llenan. Platos, sobre todo de arroz, que se consumen. Olor a goffres. Charlas. Alguien da o recibe clases de chino en los sillones. El traductor de este idioma, Si Shufeng, que prefiere ser llamado Steven, aclara lo que su compatriota Zhou Yitao, de 24 años, acróbata, cuenta: que su mujer le espera en China, que telefonea a diario, que en enero regresa porque, como a todos los chinos, se le acaba la visa de dos años, que quiere tener hijos y ponerse a estudiar lo básico, lo que antes no pudo.

Hay quien, como el malabarista ucranio Viktor Kee, aprovecha para consultar Internet, leer, escribir, revisar fotos de otros trabajos. También los que aún no respiran y sólo desean aplacar la sed. "Todo lo que es blanco [señala las carpas] es mi responsabilidad antes del show", asegura Philippe Denoncourt, de 26 años, cargado de arneses y encargado de logística. De lo mismo, pero durante el show, se ocupa Nicolas Zlicaric (antes organizaba y montaba conciertos de rock: "Eso sí que es estrés diario"). Su peor pesadilla no es la lluvia, sino el viento. Sobre él tendrían mucho que contar. "¿Si yo fuera artista, qué me gustaría hacer?", duda Denoncourt, "el paso a dos. Lo hice una vez; todos hicimos que éramos los otros". Terapia de grupo.

Hasta la comida parece combinar con el show, marcada con colores que indican si es o no vegetariana, si se puede comer mucho, si es picante. El cocinero, Charles-Antoine St.-Germain, con bata azul, rebosa humanidad y cuenta cómo se organizan sin problema modos de cocina china y francesa. "Yo siempre intento obtener algo del país que visitamos". Y lo incorpora al menú. Su objetivo en Madrid: el gazpacho.

Comienzan a aparecer los primeros artistas del Cirque du Soleil ya engalanados con esos trajes coloristas hechos a medida, repletos de brocados, metales, sedas, para los que se han gastado "cinco kilómetros de tisú", dice el dossier Villeneuve. Todos ellos los repasa con mucha mano y mimo el encargado hoy de vestuario, Pete Bouchard, que sueña con crear un día su propia colección de ropa. Cada prenda se diseña y cose en la central de Montreal, donde existe hasta una sala llena de moldes de cabezas (la de Pring, por ejemplo, es la número D-1101) y así poder crear en un santiamén un nuevo tocado o sombrero a cada cual.

Transformados por completo, la tez, el porte, el vestido… Todos desaparecen. La cantina se vacía. Nadie entra ni sale. Se nos esfumó el espectáculo exterior. El interior, Dralion, ha comenzado. Se oye (lejos, cerca, según la posición de la puerta-audífono) la música de Violaine Corradi en directo, los aplausos de 2.500 espectadores. A los controles de luces se afanará ya Bernard Letendre y equipo, que manejan todo casi a ciegas ("1.940 veces he visto el show. ¿Lo peor ocurrido? Siempre sucede cuando yo no estoy", bromea). La enorme estructura metálica en anillos subirá y bajará. Seguro que ahora mismo el imponente Viktor Kee lanza al aire y controla milagrosamente, con manos y cuerpo, seis pelotas blancas y una roja de cien gramos cada una; quizá las contorsionistas acaban de colocarse de puntillas sobre las bombillas; tal vez se descuelgan ya los trapecistas o los inmensos draliones ejecutan, entre charcos de sudor, su danza acrobática imposible…

La inalterable Katsy Renaud, coordinadora artística, bailarina antes que fraile, escudriñará cuanto suceda, a la espera de que "todo cuadre y se produzca la magia"; tomará nota y medidas como es propio de su genio y cargo. "Conozco a los artistas, sé cuándo están bien de cabeza y corazón". asegura. Los que esperan turno para saltar a escena siguen el show en una pantalla. Y fuera, la calma no dura. Finaliza un número, luego otro, y otra vez movimiento en el callejón de fieras; la puerta minúscula se abre y se cierra, con prisa, con energía. Todos en busca de aire, de líquido o sustento… Así es hoy. Y será mañana. Hasta que el dios-espectador decida.

Viktor Kee. Malabares con siete bolas

Nacido en Ucrania l 33 años l De formación artística multidisciplinar, eligió malabarismo para convertirse en profesional.

Todos hablan de él con reverencia. Viktor es Viktor, el gran artista, dueño de su número de bolas, con venia para actuar fuera, hacer anuncios o videoclips. Empezó en Kiev y luego creció hasta llegar al Moulin Rouge de París. De físico imponente, ojos penetrantes y porte orgulloso, se define como egocéntrico y perfeccionista. "Competir con uno mismo", ésa es la esencia, dice, de su arte. En él, nunca hay trucos.

Liu Dongliang. Acrobacias de cine

China, 1985 l Al igual que la mayoría de sus compatriotas, procede del Flag Circus, en Kunming l Su sueño: convertirse en especialista de cine en Hong Kong.

Era tan movido de niño que sus padres le llevaron a una escuela de acróbatas para que se tranquilizara. Y aún no lo han conseguido: "Aunque ya han visto el vídeo del show y los tranquilos ahora son ellos". Se ríe con dulzura este muchado que salta alto y sin esfuerzo, admira a Bruce Lee, ha visto los Juegos Olímpicos y conoce a los jugadores del Madrid.

Ren Cui Cui, Xiang Li, Miao Ting Ting. Contorsión y luz

Proceden del Flag Circus, en Kunming (China) l La estancia de los 37 artistas chinos de 'Dralion' terminará en 2005.

Una planea visitar el Museo del Prado (Miao), porque le interesa el arte; otra pregunta sobre la posibilidad de acudir a los entrenamientos del Real Madrid (Ren), porque su 'hobby' es el fútbol; la tercera asegura que sueña con ser profesora. Las tres se conocen de largo tiempo, se esfuerzan con el inglés, leen, van de compras ("lo mejor, París") y se preparan ya para el regreso a casa. Las autoridades chinas sólo conceden visados de dos años. Muchos que estuvieron en 'Dralion' en su origen regresarán para la siguiente temporada. A la izquierda, el personaje del Pequeño Buda.

Henriette Gbou. Marie-Ève Bisson Del trapecio a la Luna

Montreal (Canadá), 1980 l Lleva más de seis años en el Cirque du Soleil l Empezó de niña con gimnasia y baile l Debutó en 'Quidam'.

Menuda, expresiva, de ojos verdes, no para quieta. Cuenta a borbotones que llegó al circo por azar: sustituyó a otra artista y se quedó; que Madrid es especial porque allí debutó con Quidam. Que nunca tiene miedo, sí nervios, y no, no hay envidia entre artistas, sí admiración: "Cada uno es especialista en lo suyo". Que su "momento cumbre" fue cuando se quedó por vez primera sola en escena: "Todo el público allí, pendiente". Que en su familia no hay tradición circense, su madre aún sufre al verla, y de niña nunca hubiera soñado llegar a tanto. Que los amores fuera del circo no suelen prosperar con el trajín, y su novio actual es músico en Dralion. Y odia hacer una y otra vez la maleta. Bailarina Tierra

Soubre (Costa de Marfil), 1972 l De familia de danzantes africanos l Con 15 años debutó como profesional l Llegó al Cirque du Soleil por un 'casting'.

Es cosa de genes. "En mi casa nunca fuimos a la escuela a aprender a bailar o actuar. Sólo bailábamos", recuerda esta mujer de gestos tan poderosos como esa Gaya que interpreta en 'Dralion'. "Aquí todos me llaman 'mamá', porque lo sé todo de familias numerosas", se ríe. "Hace un lustro no tenía idea de inglés ni de qué era eso del circo con nombre de sol. Mi mundo se ha ampliado tanto…". Y se lamenta de que a los bailarines en África no se les considere: "Muchos creen que danzar no es un trabajo. Pero la bandera de mi país está colgada ahí a la entrada, eso tiene un valor". Ella, casada y feliz, sólo piensa ahora en "dar y dar" esa fuerza que lleva dentro. Lo demás llegará.

'Dralion', del 15 de octubre al 21 de noviembre en la Casa de Campo de Madrid.

www.cirquedusoleil.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004