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Entrevista:EDITH ARON

Un personaje de novela

Fuimos a Londres a buscar a La Maga de Rayuela y nos encontramos con Edith Aron, una mujer de carne y hueso sobre cuya historia pasa el siglo, con su carga terrible de diáspora y paradoja. Nacida en el Sarre, emigró con su madre a Argentina y desde allí asistió a la desolación de la guerra mundial y al exterminio de muchos de los suyos. Una vez vislumbró a Julio Cortázar en Buenos Aires, y luego hizo con él, sin que ninguno de los dos supiera del encuentro, el viaje en el barco que la devolvió a Europa, al Sarre y a París; allí coincidió otra vez con Cortázar, salieron por parques y pueblos, hicieron juntos ceremonias surrealistas de las que tantas se encuentran en los libros de Julio y vivieron muchas de las situaciones que el escritor novela en Rayuela.

Era en torno a 1950, el tiempo en que el escritor argentino recopilaba en su memoria, y sin duda en su escritura, la atmósfera que luego fue Rayuela, de cuyo elenco de personajes La Maga es el que ha alcanzado una mayor mitología. Madre de un niño llamado Rocamadour, La Maga de la ficción deambula preguntando y asombrándose, dudando entre la tristeza de la noche y la entonación del duermevela. Edith Aron deambula de un tema a otro con la pasión juvenil de una mujer que no cesa de preguntar e interesarse, y a su alrededor se alza aún la magia que uno imaginaría que fue la magia sobre la que se construyó Rayuela.

Si miras sus fotografías de cuando salía con Julio por las calles de París, y ves la sonrisa ingenua y abierta con la que se relaciona, piensas enseguida que aquella muchacha delicada y quizá preguntona tenía todos los trazos de La Maga tal como fue leída luego por todos nosotros. Y si la escuchas hablar, entrecortada por tantos recuerdos como la asaltan cuando le preguntas por su historia -la propia y la que la relaciona con Cortázar-, encuentras un alma que se parece a las mariposas, danzando de un lado a otro de los mundos que componen el universo de sus recuerdos, que a veces parecen teñidos de la misma nebulosa que domina la novela más famosa de Cortázar.

Pero nada más sentarnos a la mesa de su apartamento del barrio de Saint Johns Wood, el pasado 4 de septiembre, el día en que ella cumplía 81 años junto a su hija -la bellísima Joanna, que ha sido modelo, actriz y ahora se prepara para ser cantante de ópera-, nos dijo: "Conste que yo no soy La Maga".

Es una mujer alta, con una cara poderosa; sonríe con una intensa melancolía, y tiene detrás esa historia personal que hace grave su peso en el mundo. Acaso esa gravedad con la que la historia le fue cargando es la que le hace arañar con más ahínco su propia identidad: es Edith Aron y no La Maga, dice ella. Además es escritora, ha publicado varios libros en alemán, tradujo durante algunos años la obra de Cortázar a ese idioma suyo, y conservó con él una amistad que se revalidó al menos hasta el entorno de 1979, cuando se encontraron -por casualidad una vez y a propósito en otra ocasión- en el metro londinense y luego en este mismo apartamento del norte de Londres. Era una amistad difícil ya: se había interrumpido porque Cortázar no quiso que ella siguiera traduciéndole, un trauma del que da la impresión que ella nunca se ha recuperado.

Pero aquí estuvo Cortázar, de visita, y parece que ni ese encuentro mitigó la herida que de todos modos se nota en el aire como un ramalazo, al lado del indudable afecto perenne que no sólo se transparenta en las palabras -para Julio y para Aurora Bernárdez, su viuda, a la que dedica Edith grandes elogios-, sino en la memorabilia cortazariana (libros, recortes, recuerdos, incluso alguna carta inédita que ella nunca le envió) que Edith atesora con otros documentos, muchos de ellos relativos a su marido, el pintor británico John Bergin, con el que tuvo a Joanna y con el que vivió en Argentina, hasta que se separaron, ya en Inglaterrra, en 1976. Él falleció en 1996; ahora ella trabaja para que se conozca mejor su obra.

En los larguísimos pasillos del edificio que habita Edith Aron desde hace algo más de treinta años es fácil imaginar el cuerpo largo de Cortázar buscando, como en Rayuela, el lugar donde se oye la música. A Edith le divierte recordar cómo Cortázar prefería el laberinto del pasillo más largo de su casa (es un laberinto enloquecedor, y además los números de los apartamentos tienen una conducta tan errática como los números de los capítulos de Rayuela) a una entrada más sencilla de la que también dispone. Aquí estuvo entonces, juguetón como en esa novela tan famosa; Joanna le recuerda como el hombre que le quiso enseñar a hacer ensaladas azules… Y después, yéndose de la casa, recuperando el trayecto borgiano que se sigue para salir a la calle, se puede imaginar a Edith Aron (La Maga o no) contemplando la espalda interminable de un hombre del que es muy difícil pensar que no fue un gran amor de su vida.

La identidad de Edith Aron como La Maga ha sido sugerida muchas veces, y ahora viene a España a contar su experiencia vital, invitada por Bibliotecas de Barcelona, en un acto que ha contado con la ayuda de su agente, Willi Schavelzon.

Con este motivo -anunciar su presencia en Barcelona- fuimos a verla a Londres; cuando entramos en su casa eran ya las diez de la mañana: ella estaba muy ajetreada asegurándose de que todo estuviera en su lugar para un desayuno de cumpleaños, y en esa atmósfera la vimos deambular como si tratara de encontrarse con su propia identidad, la que tuvo antes y después de conocer a Julio Cortázar, la que le hace Edith Aron y no La Maga. Su hija nos preparó una exquisita tarta de chocolate, y luego ella nos pidió que nos quedáramos a almorzar bife argentino; como si el chocolate fuera la infancia en el Sarre, como si el bife fuera el tiempo de Argentina (y de los argentinos).

(Después de vernos nos envió varias cartas que se parecen a la estructura de Rayuela: algunos de los párrafos de esa correspondencia aparecen aquí entre corchetes).

Entonces, ¿quién es usted?

Yo nací en el Sarre hace hoy 81 años; entonces el Sarre era un Estado, hablábamos francés y el dinero también era francés; el idioma era el alemán, pero todos aprendimos francés… Vivíamos en una ciudad muy pequeña, Homburg, en una comunidad judío-alemana muy simpática. El rabino de la sinagoga era el abuelo de una de mis mejores amigas, Ellen, la única amiga de la infancia con la que luego tomé contacto de regreso a Europa…, una gran relación que me emociona. Fue una infancia muy buena, hacíamos juegos maravillosos que aún hoy me hacen reír… Un día, era 1933, mi padre llegó a casa y dijo que Hitler había ganado. Eso fue el comienzo… Una señora de la comunidad judía nos enseñó un verso para defendernos cuando nos atacaran los nazis, y yo lo recuerdo un poco: "No pierdas tu orgullo, pero sé modesto". Mis padres se separaron, y mi madre decidió marcharse a Argentina, donde tenía un tío que era dentista… Mi padre se quedó, y nosotros zarpamos desde Rotterdam; ahí vi una hermosa escultura de Ossip Zadkine, inmensa. Ossip aparece en Rayuela; sí, hay un collar, alguien pregunta quién se lo ha regalado a La Maga, y se lo ha regalado Ossip. Quizá viene de esa historia…

¿Usted sentía que estaba perdiendo un lugar, una patria?

Primero que nada me interesó todo lo que había en aquel barco. En Buenos Aires nos esperaba el tío Carlos, el dentista, que vivía en un pueblo fronterizo que se llamaba Villa Iris. Su mujer se llamaba Cecilia, amaba la música. Bueno, así que nos esperaban en Buenos Aires. Todo era ajeno, era otra cosa, ya aquello no se parecía en absoluto al Sarre; había calles angostas, muchos coches, todo era tan diferente… El tío nos colocó en un hotel que no debía de ser muy elegante, y recuerdo que la primera noche cedieron las patas del armario y nos llevamos el primer susto en el nuevo país. Luego nos llevaron a un colegio alemán, el Pestalozzi, que ha sido muy importante en mi vida. Cuando empecé a hablar se reían de mí, porque yo hablaba en el dialecto del Sarre, que no es nada lindo; todos se reían cuando yo abría la boca, hasta que comencé a hablar normal.

¿Cómo vivían ustedes las noticias que venían de Alemania?

Había cine de actualidades, y ahí veíamos las atrocidades; la gente en cola iba a ver lo que sucedía en los campos de concentración. Nadie podía creerse aquella barbaridad. Ahora me da escalofríos: cuando terminó la guerra recibí una postal de mi papá. Él se había salvado, como sus hermanas y sus respectivos maridos, pero los nazis se llevaron a una prima mía de 18 años. Mi abuela francesa, de 86 años, se quedó completamente sola; después me dejaría un montón de dinero porque ella se sentía responsable de mí por el divorcio de mis padres. Pero ya el dinero no tenía valor. Y ahora me acuerdo: un día salía de mi casa y vi a un chico con un diario en la mano, con un titular que decía: "Guerra". Era un día como hoy, de sol, septiembre de 1939. Oíamos las noticias, esperábamos que ganaran los aliados. En los últimos meses, Perón declaró la guerra al Eje, forzado sin duda por las circunstancias, porque él seguía teniendo simpatía por Mussolini. Ayudábamos a preparar paquetes para los aliados, también había muchos fascistas. Es increíble imaginar ahora cómo, durante 12 años, muchos alemanes decentes le hicieron caso a aquel loco.

Usted debió de tener la sensación de haber perdido su lugar…

En realidad, yo tenía once años y medio cuando nos fuimos del Sarre, pero allí se notaba ya que en cualquier momento aquello podía estallar. Mi madre se quería ir, quería recomenzar su vida; ya en Argentina, mi identidad la salvó el idioma: el idioma alemán siempre lo guardé como una segunda identidad, y en eso fue trascendental el colegio.

Así que Argentina fue su familia, y su patria es la lengua… Pero se marcha a Francia…

Volví a Europa porque quería ver a mi padre. Muchos de mis amigos de Argentina se habían ido a París. Mi último trabajo en Buenos Aires había sido en el Instituto Cultural Argentino Norteamericano, ahí me eduqué musicalmente. Un amigo allí era pianista, era un trabajo de cinco a ocho de la tarde, y yo tenía que organizar conciertos para los estudiantes. Tuve otros trabajos: en una paquetería internacional, y también en el Instituto Colón Argentina, en la calle Maipú, 686.

La calle donde vivía Borges.

Él vivía en el 994. Volví a Europa en barco, hasta Cannes. Mi padre no vino a recogerme; vivía en la frontera del Sarre, con otra mujer, y envió a un primo que tenía en Niza; fui la última en bajar del barco, con mi baúl. Tenía muy poca plata, 15 francos, de modo que era un poco sospechosa, así que una señora gorda me metió en un cuarto para indagar qué iba a hacer yo en Francia y con tan poca plata, hasta que llegó el primo de mi padre, "eh, que yo tengo plata para ti". Tengo un cuento sobre eso, pero lo sitúo en Valparaíso, que suena más exótico. Tenía ganas de ver Europa; era invierno, el 22 de enero de 1950. Cuando el barco pasó por España sentí mucho frío, era pleno invierno, todo era muy emocionante. La cara de la gente era otra cosa. Fue una gran emoción, el olor y sentir el invierno de nuevo; en Argentina no hay invierno. Me puse a pasear por Cannes, y me encontré con una señora que venía en el barco: "¿Qué hace usted, dónde va?", le dije. "Estoy esperando el tren a París. Cuando llegue, le doy una paliza a alguien y me vuelvo a Argentina". Tremenda señora.

Hablaba usted mucho con la gente.

Sí, eso me gusta, hablar con la gente… Bueno, antes de irme a París, yo misma almorcé en Cannes, y me asombró el almuerzo de los franceses: la carne, las papas, la ensalada, el queso, el café…, todo al mismo tiempo en la mesa. Allí había una señora inglesa que se dedicaba a mirar pájaros, decía que le gustaban las toilettes de los hoteles elegantes; tomamos un café en una terraza y fue a la toilette para arreglarse un poco en uno de aquellos hoteles elegantes de la Costa Azul. ¿No quiere un café? Yo soy muy cafetera…

¿No toma mate?, tanto mate que se toma en 'Rayuela'…

En lo de Cortázar siempre tomaba mate, pero no me interesa el mate.

Estábamos a punto de su viaje a París…

Antes la hija del primo de mi padre me llevó al casino de Montecarlo; vi caras terribles, caras de infierno, puse dinero en la ruleta y gané un montón de plata. Luego me llevaron a Lyón a ver a mi amiga Ellen; un encuentro muy emocionante, había sido mi amiga de la infancia en el Sarre. Había nieve. Nos dieron mermelada de la ciudad de donde veníamos todos; fue una sensación extraordinaria, todavía me emociono; después hablamos de los que habían sobrevivido y de los que no habían sobrevivido, y llegó el momento de hablar. La familia de Ellen era muy importante para mí: fueron mi refugio cuando mis padres se llevaban mal, así que era lógico que ésa fuera la primera visita en Europa. Esa experiencia la conté una vez en una entrevista, la titularon La judía del Sarre. Me molestó: cuando nos criamos éramos todos iguales, nadie se llamaba judío o católico; éramos niños, la religión no nos definía.

¿Por qué se emociona tanto al hablar de Ellen?

Es el regreso a mi infancia, quizá, no sé… Siempre cambiamos cartas mientras viví en Buenos Aires; ella murió el 16 de marzo de 1981, y sigo en contacto con su hermano. Bueno, finalmente me encontré con mi padre. Estuve con él 15 días, paseando por el Sarre en el pequeño Renault que él tenía, Homburg; tiene usted que pensar que fue muy emocionante. Volví a ver la casa que habíamos dejado mi mamá y yo, volví al colegio, estuve un día entero en él.

¿Cómo fue el encuentro con su padre?

Me fue a buscar a la estación. Yo me bajé también la última del tren, me peiné, me arreglé; ya todos habían bajado, y entonces oigo que llaman: "¡Edith, Edith…!". Salí, y allí estaba mi padre; fue muy emocionante para los dos, para él y para mí. Él me preparó: "Hay alguien que cuida la casa". Yo sabía que me estaba preparando para que me encontrara con su nueva mujer. Era una sobreviviente de una familia que fue víctima de los nazis. Mi padre se había salvado porque estaba pescando en el río y alguien le avisó; después le avisaron también en un tren. Y sobrevivió. Por eso volví a Europa, si no hubiera sido por eso me hubiera quedado en Argentina. Mi padre había comprado una cama para mí. Él murió luego en esa cama, en 1958. Era muy lindo volver a verle; dicen que yo me parezco, la misma nariz, los ojos verdes, aunque la forma de mis ojos es la de mi mamá, que era muy guapa. Me llevaba a todas partes en su Renault, me presentaba a sus clientes, estaba muy orgulloso de mí; me compró un montón de cosas y fue muy lindo ir con él.

Y París…

Me fui a París a las pocas semanas; recuerdo a mi papá en la ventana, estaba triste y yo no me podía quedar. En París me encontré con el pintor Sergio de Castro, alumno de Torres García. Y fui a dejar un encargo que me habían hecho en Buenos Aires, tenía que dejar algo en una librería de Saint-Germain, y ahí, por fuera de la librería, estaba Cortázar. Es curioso, habíamos venido juntos en el barco. Me había llamado la atención aquel chico tan alto que hablaba con una erre muy especial. Ahí, en el salón de tercera, tocaban tangos, y él tocaba con otra persona a cuatro manos. En mi camarote iba una italiana que se iba a dar a luz en Italia, y un día me dijo: "¿Por qué no se pasa a nuestra mesa, que es tan divertido?". Allí estaba Cortázar, pero en mi mesa había un viejo mozo que iba a jubilarse, me daba lástima, y además en aquella mesa había gente medio tonta. Y cuando nos vimos en París me reconoció enseguida: "Usted venía en el barco". Y días después fui con una amiga que también venía en el barco a ver una película grandiosa, Juana de Arco, y ahí detrás estaba sentado Cortázar. Es curioso, nos íbamos encontrando con la gente del barco. Hablamos un poco, y días después volví a verle en los jardines de Luxemburgo. ¡La casualidad contaba tanto para él! Me invitó a tomar un café y me dio un poema que se titulaba Los días entre paréntesis; desapareció con mis cosas de París. Los días entre paréntesis hablaba de aquel viaje en barco. Fuimos juntos luego a los jardines de Versalles, y ahí me mostró un árbol que tenía unas raíces impresionantes y me leyó un poema inglés sobre las raíces. Después se fue a Argentina, y me mandó esa carta tan bonita que conservo y que trata de esos encuentros en París. La guardo. La perdí y un día la hallé dentro de un libro, ahí está.

[En febrero de 1952 (hacía mucho frío en París) me llevó a un concierto en donde cantó Edith Piaf. Allí estaba ella en el escenario con un vestido negro de mangas cortas y no sentía ningún frío. En la sala estaba alguien a quien conocía Julio, y se acercó a saludarlo. En la mano tenía un pequeño paquete y le dijo: "Le gustan las cosas de Farmacia". Me pareció gracioso, por eso no lo olvidé].

¿Cómo era la vida de ustedes en París?

Él volvió a París en 1951, me parece que ganó una beca, y fue entonces cuando me mandó la carta, para empezar a salir. Íbamos a ver muchas películas; yo no entendía muchas cosas, y él me decía que no las entendía porque no era intelectual; veíamos películas, visitábamos museos… Y nos veíamos con muchos amigos: Sergio de Castro; un amigo que se llamaba Tirso de Molina, no sé si era español o argentino, y con Margarita Fernández, con la que sigo escribiéndome. Una noche de invierno fuimos a tirar bolas de nieve contra la estatua que debe haber aún en la Cité Universitaire. Julio entonces era terriblemente intelectual, con sus anteojos de vidrio. Y no necesitaba gafas, debía de ser como una protección. Era mi primer contacto con los intelectuales; él sabía tanto y yo no sabía nada, yo tan sólo quería estudiar. Él tenía mucho humor, nos reíamos mucho; hicimos viajes en autoestop, pasamos por un sitio donde había curas, y él me dijo que los curas traen mala suerte. En Navidad vino Aurora Bernárdez, y me preguntó cuándo quería pasar las fiestas con él, si en Navidad o en Año Nuevo. Yo quería estar con mi padre en Navidad, en realidad la pasé con Margarita, y cuando pasó la Navidad, ya Julio se había decidido por Aurora. Con Margarita pasamos por debajo del cuarto de Julio una de esas noches, compré unas rosas y le dije a la florista, en español: "Gracias por las rosas". En un cuento donde narro esto termino diciendo: "Las lágrimas que me caían mojaban las rosas"…

[Una noche fuimos a un concierto de Louis Armstrong. Él estaba en el escenario, y al lado de él había como una pequeña torre de veinte pañuelos amontonados, que usaba durante los conciertos. Al día siguiente recibí con el correo un manuscrito lindísimo que decía: "Louis enormísimo Cronpopio". Lo presté a alguien y nunca me lo devolvieron. Creo que está impreso en el libro La vuelta al día en ochenta mundos, que nunca he visto bien].

¿Era consciente de que muchos le identificarían luego con La Maga?

En absoluto. Él me escribió una carta explicándome que en su libro habría un personaje que él inventó y que sale de mi persona…

[Una vez, Cortázar dijo: "Tú tienes un hilo de mi vida. También has visto nacer algunos de mis cuentos". Yo recuerdo Axolotl, en el Jardin des Plantes, donde íbamos con nuestras bicicletas. Y una vez sentado en un concierto en el teatro de Champs Elysées tuvo la idea de Les menades, que sucede en el teatro Colón de Buenos Sires, creo…].

¿Oliveira existe? ¿Y Gregorovius?

Hay un antecedente de un personaje que viaja por Italia, en el caso de Gregorovius… En fin, Julio sabía tanto, era tan inteligente. A veces se quedaba pensando, haciendo bolitas con las migas del pan; quería escribir algo mágico, decía, pero no le salía. Ante él yo tenía un complejo tremendo, sabía tanto y yo no sabía nada. Yo tenía miedo a todo amor verdadero; es curioso, yo tenía miedo. Me envió una carta: "A lo mejor nos encontramos la segunda vez…". Cuando vino aquí, en 1979, lo vi desorientado, yo creo que buscaba a Aurora otra vez.

Oyéndola hablar parece que en su modo de ver la vida y de relacionar unos recuerdos con otros sí que surgen aspectos que recuerdan a La Maga…

Bueno, él cuenta en el libro cosas que en efecto pasaron, pero otras se las inventa. Cuando recibí Rayuela vi en la dedicatoria algo que no me gustó, algo así como que yo era un fantasma que andaba por la Argentina. La saqué y la rompí, y después el libro me produjo un choque. Tendré que hacer un esfuerzo para leerlo. Me había mandando el libro desde Viena. Me recordaba el comienzo de mi vida en París, con Julio. Había sitios, situaciones: por ejemplo, el entierro del paraguas, que yo encontré en una plaza; hacía esas cosas.

¿Y esas conversaciones tan míticas de 'Rayuela' no se producen? ¿No amaba usted a Mondrian?

Todas esas conversaciones se las inventa él, claro. Y sí me gustaba Mondrian, y a él también: el orden… A veces me hacía preguntas, mientras escribía, pero no esperaba que se las respondiera.

En un libro sobre 'Rayuela', Andrés Amorós recoge estas frases de Cortázar: "La Maga existió sin ser exactamente como en el libro. (…) La mujer que fue el personaje de La Maga tuvo mucha importancia en mi vida personal en mis primeros años en París. Era como ella, no es ninguna creación ideal, no".

Qué sé yo. La tendré que releer.

¿Y él era Oliveira?

Era todos. Era Oliveira, era Horacio, era Gregorovius…, él era todos.

¿Y La Maga también?

Él dice que, como todos, La Maga es dos personas.

¿Y qué dos personas serían La Maga en su memoria de lectora?

Quizá la chica simple que yo era y la que fui cuando comencé a emanciparme, no lo sé. Él era muy divertido, y me enseñó, por ejemplo, a descubrir el surrealismo. Un día me dijo: "Hay que poner poesía en la vida de la gente", y escribió un papel con esa frase y lo fue poniendo en las puertas de las casas… Tenía una bicicleta a la que llamaba Aleluya; la mía era de un compañero que me la regaló en el Sarre. En esas bicicletas hacíamos nuestras excursiones. Decía que nuestra vida era de falsos estudiantes en París.

¿Quién era Rocamadour, el niño de La Maga en la novela?

Rocamadour es el nombre de una ciudad francesa. Ah, cuando lo conocí me llamaba Madur, y usó para el nombre del niño el nombre de Rocamadour porque le sonaba bien.

¿Qué significaba el niño en el libro?

Es la muerte del amor del personaje principal: cuando él deja de querer a La Maga, el niño se muere. Él lo explicó así: compara el amor por La Maga con el amor de un niño; lo inventó, evidentemente.

¿Le hubiera gustado a usted ser La Maga?

Para nada, no me interesa para nada. Soy traductora, fui madre a los 44 años, y un día decidí que, o me divorciaba, o escribía un libro. Soy escritora.

Decía Cortázar en 'Rayuela': "La Maga oía hablar de inmanencia y trascendencia y abría unos ojos preciosos que le cortaban la metafísica a Gregorovius".

Es precioso…

¿Usted era así?

Cortázar y De Castro hablaban de todo, y yo escuchaba, aprendía; no podía intervenir en la conversación, pero me gustaba mucho oírlo hablar. Y muchos me dijeron que tenía unos ojos lindos…

O sea, que en esa frase puede estar La Maga…

Puede ser… Una vez me regaló un poema, en 1952, en mayo de 1952, léalo: "Veo el mundo como un caos y en su centro una rosa, veo la rosa como el ojo feliz de la hermosura y en su centro el gusano, veo el gusano como un trocito de la inmensa vida y en su centro la muerte, veo la muerte como la llama de la nada y en su centro la esperanza, veo la esperanza como un vitral cantando a mediodía y en su centro el hombre"… Todavía no estaba escrita Rayuela… Él ya sabía el valor que iba a tener el libro.

'Rayuela'

El escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) deslumbró con su fantasía literaria, arrolladora, en sus cuentos y novelas. La publicación de 'Rayuela', en 1963, fue todo un acontecimiento. Sus referencias a La Maga son numerosas. Éste es un ejemplo:

"Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda…".

Edith Aron participa en un acto literario el próximo miércoles en la Biblioteca Bonmaison. Sant Pere més Baix, 9. Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004