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Reportaje:

El guardián de la economía mundial

Rodrigo Rato, director del Fondo Monetario Internacional, es uno de los hombres más poderosos del planeta. Responsable de una bien engrasada estructura que alcanza los cinco continentes, ahora debe demostrar que el FMI es algo más que un santuario neoliberal. 'El País Semanal' ha viajado con él por África y Estados Unidos.

A juzgar por los espacios siderales que habita, se confirma que es uno de los hombres más influyentes del mundo.

Se llama Rodrigo de Rato Figaredo, y cuenta 55 años. Fue vicepresidente económico del Gobierno español en los tiempos del Partido Popular. Ejerce como director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) desde hace cuatro meses y unas horas. Acaba de presidir la asamblea anual o junta de los 184 gobernadores del organismo guardián de la economía mundial. De su acierto y del que logren los 2.800 empleados de su equipo, de los que dos tercios son economistas (de 141 orígenes nacionales), penden el hambre o la saciedad de mucha gente.

Su despacho, espacioso como un salón de baile, radica en el piso 12º del número 700 de la calle 19, emparedado entre los dos niveles donde trabajan y conspiran los 24 directores ejecutivos o miembros del directorio, que representan, por grupos, a los 184 Estados miembros. No es un piso alto, porque estamos en Washington: ningún edificio debe encaramarse más arriba que el Capitolio.

Junto a su mesa de trabajo se superponen carteras desbordantes de papeles. Enfrente, una estantería acumula decenas de libros económicos más bien anticuados, quizá heredados de algún antecesor ocioso. Tras su asiento destaca un rasgo íntimo, aunque en panel solemne; los dibujos que su chaval pequeño pintó para él cuando se acercó este verano un par de días: una bandera española a todo trapo y un castillo con la bandera británica, porque como aquí hablan inglés, pues eso.

Rato respira satisfacción y ajetreo. Es hoy uno de los políticos españoles con más poder internacional. El cancerbero de la ortodoxia de las políticas económicas. Pero sostiene que el Fondo no es "el Gobierno económico del mundo", papel que correspondería al G-7, los siete países más industrializados. "Nos encargan cosas y tratamos de echar una mano", musita con modestia, defecto o virtud que jamás le adornó. Lo explicite o no, el poder del FMI, la institución que encarna la bestia negra de los antiglobalizadores desde las protestas de Seattle en 1999, es inmenso. "Es el gran Rolls-Royce de las instituciones económicas; si te nombran jefe de esa casa, te han dado sus llaves y el derecho a conducirlo", suele decir Stanley Fischer, antiguo número dos de la entidad en tiempos de Bill Clinton.

Ese poder deriva del ejercicio de tres tareas, que empiezan por sendas aes: análisis, asistencia técnica y ayuda financiera. El Fondo analiza continuamente la economía de los distintos países y sus agrupaciones regionales, las políticas que aplican sus gobernantes, los resultados, los riesgos. De ese análisis dependerá bastante cómo los expertos evalúen a cada país, cómo lo califiquen las agencias, cuánta confianza inspiren a los mercados. Lo que se traducirá en su mayor o menor capacidad de atraer inversiones, en si deberá pagar intereses muy altos -o más bajos- para remunerar los bonos de su deuda. Los análisis concluyen en recomendaciones a los Gobiernos sobre el rumbo de su política económica.

También presta asistencia técnica, sobre sistemas bancarios o presupuestarios, sobre el control de la política monetaria o la lucha contra la inflación. Es algo básico para muchos países que cuentan con administraciones precarias y delgadas en recursos humanos. Lo hace mediante el concurso de sus expertos, profesionales reputados, aunque su enfoque genere a veces agrias polémicas.

La tercera a, la ayuda financiera, es la madre del cordero desde la óptica de los países más débiles. Para otorgarla dispone de unas reservas de hasta 320.000 millones de dólares teóricos. De ellos, 87.000 están otorgados en créditos vivos. Le queda una capacidad máxima de concesión, a un año vista, de 90.000 millones. Pero tanto o más decisivo que el poder directo derivado del manejo de esas cantidades es el indirecto. El poder indirecto se asienta en que el Fondo encabeza la comunidad financiera internacional, ostenta fluidez de diálogo con los acreedores privados, puede sugerir actuaciones a bancos y Gobiernos, y tiene la capacidad de catalizar paquetes de rescate en casos de crisis y pánico financiero. Esos paquetes se llevan la parte del león de su presupuesto disponible para créditos, que los países afectados devuelven a tipos de interés de mercado: la ventaja que obtienen del FMI no es, pues, el coste del préstamo, sino el mismo hecho de poder acceder a él, porque ninguna otra entidad se lo daría.

Una porción menor, la treceava parte de todos los créditos concedidos (6.739 de los 87.000 millones), pero creciente, se destina a los objetivos más sociales. Primero, los programas de lucha contra la pobreza de las 77 naciones menos prósperas, que incluyen créditos bonificados, al 0,5% de interés y amortizables a partir de los cinco años y medio, y hasta un total de 10 años. Después, la iniciativa a favor de los 38 países más pobres, que al mismo tiempo son los más endeudados del mundo. Son esos que se ven obligados a dedicar más dinero para amortizar la deuda que para sus estudiantes y sus hospitales. El pacto con el FMI les facilita la reducción de la deuda de manera que su pago periódico no asfixie gastos más decisivos. En los 14 países que han completado el complicado proceso de acuerdo, la cantidad en promedio liberada para gastos sociales ya multiplica por cuatro las amortizaciones de la deuda.

Pues bien, el primer ejecutivo de todo este tinglado es Rodrigo Rato. ¿Quién ostenta realmente la autoridad en el FMI? Uno de los técnicos ortodoxos que hilan más fino asegura que "esto es como una sociedad anónima, donde manda el consejo; pero la capacidad del director gerente para influir sobre él, ponerle las decisiones en suerte, ponerle en vereda, maniobrar e imponerse es enorme". Al cabo, el núcleo del poder radica en que la capacidad de formular las recomendaciones del Fondo a los distintos países y de aprobar los programas de sus Gobiernos (antes, imponerlos) la ostenta, en régimen de monopolio, su primer ejecutivo, aunque luego deba pasar el cedazo del directorio, que habitualmente asiente. Lo saben bien los países subvencionados. "Ustedes los periodistas son muy simpáticos, pero no tienen un chavo; de modo que acabemos enseguida porque tengo que aprovechar bien mi tiempo con el señor Rato, que es quien maneja el dinero". Así, con este sorprendente desparpajo, el presidente ugandés, Yoweri Museveni, clausuraba una conferencia de prensa conjunta con sus colegas de Kenia y Malaui, los ministros de Economía ruandés y burundés y el FMI, en Entebbe, el pasado 6 de agosto.

De modo que Rato decide mucho. Pero el directorio es el directorio, y en él -"aunque aquí no se vota, se razonan posiciones", recuerda uno de sus miembros, y eso tres veces por semana- hay un socio mandamás, Washington, que por su cuota de contribución dineraria y poder consiguiente (17%) puede vetar algunas decisiones. Más todavía podrían los europeos (42%) si fueran juntos, pero antes de eso aún lloverá mucho. Además, Estados Unidos, o más exactamente el Tesoro estadounidense, por su influencia y porque juega en casa, a veces hace de su capa un sayo. Como cuando quiso implicar al FMI en la iniciativa de rastrear el lavado de dinero negro que financia grupos terroristas adoptada tras el 11-S. Tuvo entonces en contra la opinión de los directivos, los técnicos y la mitad de los miembros del directorio, quienes sostenían que ésa era tarea ajena a las habilidades y calificaciones de la casa. Pero llevó el agua a su molino. El mascarón de proa del Tesoro en el Fondo es Anne Krueger, la directora adjunta, según la regla no escrita de que un norteamericano preside el Banco Mundial, y el Fondo lo encabeza un europeo, pero flanqueado por un muy influyente número dos también de Estados Unidos. Krueger procede del Banco Mundial, donde también trabajó Joseph Stiglitz, quien la considera la encarnación de todos los males del despotismo neoliberal. Dentro de la casa, para unos es una diosa, "una economista enérgica, de prestigio imbatible sobre todo en los asuntos del comercio mundial"; otros, que la califican de "despiadada", aconsejan que "no le ofrezcas una uña porque te agarrará el brazo".

Krueger y el supergris predecesor del español, el hoy presidente de Alemania, Horst Köhler, se peleaban casi a diario. Veremos qué ocurre con Rato. Éste carece de minutos (y parece que de ganas) para litigios menores. Se pasa buena parte del tiempo viajando. Y cuando para en sede, el ritmo es de vorágine, una reunión tras otra. Almuerza rápido en el comedor institucional de autoservicio -ningún lujo, simplemente arregladito para el estándar europeo: ensaladitas, pollo-, y hoy, 14 de septiembre, no podrá siquiera apurar el café. Atruena de repente la alarma, en uno de los frecuentes ensayos preventivos de atentados, inesperada ocasión feliz para la fotógrafa. Sale, mezclado en la riada de empleados. Le reconocen. Le abordan. Le proponen conferencias. Le preguntan, eso sí, desde la timidez de labios economistas.

Contempla desde abajo el edificio, esa pastosa y fría arquitectura de la guerra fría que tanto contrasta con la grácil sede cristalina del Banco Mundial, alzada en la otra acera. Para el boss, esta aventura americana supone también el reencuentro con un país de sus años mozos, cuando estudió administración de empresas en la Universidad de Berkeley. ¿Por qué allí, precisamente en aquel nido de rojerío? "Porque quería irme lo más lejos posible". De entonces le queda una curiosidad cultural, esa capacidad de disfrutar con la magnífica versión de la ópera Andrea Chénier, de Umberto Giordano, que echan en el Kennedy Center dirigido por Plácido Domingo -"no te la pierdas"-. O la de mostrarse cercano, accesible a la peña (fenómeno no tan frecuente en la derecha española ordeñada por Aznar), durante la inauguración, esta noche, de un restaurante. Es el tercer Jaleo de ricas tapas y sexto establecimiento en Washington de José Ramón de Andrés, el exitoso restaurador (escuela Ferran Adrià) nacido en Asturias y crecido en la población barcelonesa de La Palma de Cervelló.

Quizá la pulsión de viajar le nació al desplazarse a la universidad californiana. La sigue. Desde que inició su mandato el 7 de junio, apenas ha recalado en esta capital para comprarse una casa a la que se está mudando, despachar urgencias en la sede, contratar colegio para su hija mayor y celebrar la asamblea anual del FMI. No sólo ha acudido a Nueva York, sino que, saltimbanqui, ha rendido giras a Asia, África (dos visitas, con tres cumbres) y América Latina (Argentina, Brasil).

Quizá sea fuera de Washington donde se puede calibrar mejor la influencia del sillón que ocupa este personaje. Pongamos el África subsahariana, el pasado 4 de agosto. Pongamos la francófona Libreville, capital de Gabón. Huele a mar festoneado de palmeras, como un remedo tropical de Cannes, y suenan las charangas militares en el demasiado solemne palacio presidencial de Omar Bongo. Bongo, acompañado de Rato, recibe en el atrio a sus colegas del área oriental francófona, rica en miseria y en petróleo nuevo: los de Camerún, Chad, Congo, República Centroafricana, Guinea Ecuatorial. Van a celebrar una cumbre. De hecho, la han organizado para estrenar contacto con el nuevo director del FMI. De hecho, la cumbre es sólo un almuerzo.

Lo más sustancial son los encuentros bilaterales previos, entre cada jefe de Estado, primer ministro o ministro de Economía, que de todo hay, y el director gerente. Es el confesonario, las confesiones sucesivas, salpicadas de esperas en las que Rato sale al atrio tratando de enviar un SMS a sus hijos, que en este lugar no hay cobertura para el teléfono móvil y él no perdona un día sin, al menos, un contacto, mejor tres. Vuelto al despacho, repasa con cada líder la situación de su país, la fase que atraviesa su programa económico, los nuevos problemas surgidos. Bajo estas anchas palabras yacen, a veces, "economías inexistentes, como la nuestra", espeta el viceministro de Exteriores centroafricano, Guy Moskit.

El español discute con ellos sobre ritmos de privatización. Apremia a la estabilidad macroeconómica. Acepta preservar los gastos sociales, sobre todo en sanidad: la lucha contra el sida. Reclama, a quien no lo tenga, que cree un "fondo especial de reserva" con el nuevo dinero del petróleo, de forma que el mayor ingreso de las vacas gordas, o sea, de los altos precios, financie los años de vacas flacas. Insiste en que las cuentas del petróleo sean transparentes, para evitar la corrupción; en que los Gobiernos no dilapiden, al modo de ese presidente de Senegal que destinó un 1% del PIB de su país a construir un fatuo estadio deportivo ubicado… en su ciudad natal, naturalmente.

Pero lo que impresiona no son los argumentos, ni siquiera las variadas reacciones de los interlocutores. Lo que sobrecoge es el propio ritual del desfile, ese respeto envuelto en una melaza espesa y silenciosa, quizá de abolengo colonial, con que los confesados acuden a su cita, sabedores de cuánta trascendencia tendrá para su gente. Lo que sorprende no es el mentón alzado del guineano Teodoro Obiang cuando aviene a nivelarse con el de los demás mortales. Lo que enternece son las largas manos del joven ministro de Hacienda de Chad, Ahmat Awad Sakine (33 años), colocadas juntas, palmas abajo, sobre sus rodillas, en una desnuda sala de espera. Se ha entrevistado ya con Rato y no tiene más remedio que esperar largo tiempo ahí, hasta que llegue la hora del almuerzo, dispuesto a recibir conversación de la persona más inesperada.

¿Por qué tanto ajetreo, tanto viaje? Desde luego, para tomar contacto con los socios y clientes. Porque urge cambiar la imagen del Fondo, virada de despotismo tecnocrático e imperial, erosionada desde distintos flancos. También porque hay que aterrizar enseguida, aprender, empaparse de los vericuetos. En el reactor que le traslada del África del Atlántico al África del Índico, Rato no charla, como había prometido. Lee, subraya informes, interroga a sus expertos en la zona, se apresta. Pisa terreno desconocido, y eso le desazona; pero, opositor tenaz, se aprende los detalles, ¡cuánto y cómo le servirán! Ocurre que "tiene olfato para torear a tirios y troyanos", detecta uno de los clásicos de la sede. "Tiene habilidad política, lo que se necesita en ese puesto", concluye Okonjo Iweala, la elegante, populista y mitinera ministra de Finanzas nigeriana, una energética ex vicepresidenta del Banco Mundial educada en el legendario Massachusetts Institute of Technology (MIT). "Se desenvuelve perfectamente en la familia de los ministros económicos de todo el mundo, que es la suya", subraya el español Luis Martí, director ejecutivo del FMI que representa a España, México, Venezuela y Centroamérica.

Algunos le temen. Otros especulan con que vuelva a la política española, lo que él no parece contemplar como nada probable. Pero todos celebran que al frente de la institución figure al fin un político, y no otro burócrata aburrido. Como Jacques de Larosière, que no salía del despacho. Como el expansivo Michel Camdessus, aquel francés grandilocuente, muy duro en la negociación, pero que "algunas veces explicaba chistes, aunque sólo se veía con ministros y curas, porque para él la sociedad civil eran los curas", según relata un veterano malicioso. O como el decepcionante democristiano Köhler, que mataba su inseguridad frente a los periodistas corrigiendo durante horas las comas de las notas de prensa; ante los economistas, enzarzándose en continuas broncas; frente a los ciudadanos, bajando la vista, evitando estrecharles la mano, y zafándose de las preguntas de los discrepantes a golpe de silencios. Y es que "fue la segunda opción [la primera propuesta alemana, el ex viceministro Caio Koch-Weser, resultó boicoteada por el Gobierno de Clinton], y durante todo su mandato continuó siendo una segunda opción", describe, mordaz, un viborilla.

Así que Rato se comporta como lo que es, un político: que saluda a todos, que no deja preguntas sin respuesta, que encaja y debate cualquier discrepancia. Pone altavoz al giro iniciado por el Fondo desde hace algunos años, para responder a la rebeldía del movimiento antiglobalizador que lo designó chivo expiatorio, y a las aceradas críticas de sabios como Jeffrey Sachs, Joseph Stiglitz o Paul Krugman, la flor y nata de los economistas progresistas. ¿En qué consiste ese giro? En asumir bastantes críticas de los críticos; afirmar la utilidad del Fondo, pese a todo, y explicarse hasta la saciedad, en contraste con el mutismo tradicional.

La asunción de críticas es impresionante. Muchos acusaban al FMI de propiciar programas de recuperación redactados con planillo único: ahora éste propugna el traje a medida, "adaptado a cada situación". Se le imputaba dictar las recetas a cada capital desde las oficinas de Washington: hoy se predica la bondad de que "cada país redacte su programa y sea el propietario de sus medidas". Se denostaba su secretismo en la elaboración de planes y recomendaciones: actualmente los airea al público mediante un uso masivo de la web corporativa. Menudeaban las quejas de que sus consignas de austeridad fiscal implicaban reducir injustamente la inversión educativa y sanitaria, y arruinar aún más a los más pobres: decidió "preservar este gasto social de los programas de ajuste" y hacer campaña por la educación y contra el sida. Se sentenciaba que era una institución "irresponsable" y trasladaba sus errores a la corrupción e incompetencia de los Gobiernos: ha reaccionado con severas autocríticas sobre lo que realizó en Indonesia y en Argentina, a través de los informes de la nueva Oficina de Evaluación Independiente.

Más aún: de la dureza en la consideración de los problemas de la deuda del Tercer Mundo ha pasado a activar programas para su reducción o condonación. De entender la estabilidad macroeconómica como objetivo sagrado ha pasado a considerarla como un "instrumento", condición "necesaria, pero no suficiente" para el crecimiento, porque "no conocemos ningún caso de país que experimente un crecimiento sostenido sin que antes haya saneado su cuadro macroeconómico", reitera Rato con ocasión y sin ella.

Todas esas definiciones, que declinan un giro social, o al menos la conversión desde el fundamentalismo neoliberal al pragmatismo posibilista en la estrategia general de la institución, han sido cuidadosamente anotadas a lo largo de múltiples ruedas de prensa, declaraciones oficiales, discursos y acaloradas discusiones mantenidas por Rodrigo Rato con ministros, representantes de organizaciones no gubernamentales, sindicatos, patronales y organizaciones cívicas de toda laya, especialmente en distintas capitales africanas. ¿Inventa? ¿Es fachada? ¿Es retórica? En cualquier caso, su equipo reitera el mismo tipo de enfoques. El subdirector gerente Agustín Carstens, mexicano y antiguo miembro del directorio, reconoce errores y remacha uno de los elementos claves de este giro: "En el pasado se le ponía relativamente poca atención al impacto social de muchas de nuestras recomendaciones, y ahora cada vez más se evalúa el impacto social. Y en prácticamente todos nuestros programas donde se esté pensando un ajuste fiscal, se busca que el gasto social esté protegido".

¿Cómo reciben el nuevo evangelio sus destinatarios directos? Con división de opiniones. Algunos proclaman que ha surgido un verdadero Nuevo Testamento. "A los interesados nos dan más voz en el diseño de nuestros programas económicos; esto nos estimula, es lo que veníamos pidiendo, es la señal de que soplan vientos de cambio en el FMI. Por una vez parece que estamos jugando en el mismo tablero, y que apoyarán nuestros programas en vez de imponernos medidas fabricadas desde lejos", asegura el presidente de Malaui, Bingu Wa Mutharika. "El FMI ha evolucionado en la aprobación de los planes de ajuste: antes cortaba el gasto social por la brava, ahora nos deja mantener las inversiones en salud y educación", coincide Roger Rigobert Andely, ministro de Economía congolés.

Otros son menos enfáticos. "Rato es duro; siempre son así, pero acabamos entendiéndonos, no tenemos otro remedio", se resigna el primer ministro de Camerún, Peter Mafany Musonge. Y en los documentos de las cumbres subregionales africanas se sigue criticando a la institución porque se pretende "infalible", cuando en realidad "también comete errores", y porque se muestra "inflexible", cuando todavía debe "revisar" muchos de sus planteamientos.

Algunos son muy duros. Así, el presidente argentino, Néstor Kirchner, declaró semipúblicamente ante la reciente visita de Rato a Buenos Aires que llegaba "el enviado del diablo". Y en sus contactos discretos con la alta diplomacia española le califica de "el arrogante". Cáustico, el director gerente, que se entiende mejor con el ministro de Economía, Roberto Lavagna, responde: "Hace tiempo que no recibo recados por los periódicos". Y se enroca en que la visita fue "constructiva" porque "lo que yo quería decirle al presidente se lo dije, no se nos quedó nada en el tintero", tampoco la existencia de "importantes divergencias sobre las reformas estructurales". ¿Arrogante? Es verdad que, si le contradicen, a veces se irrita, le asoma el sudor a la frente, se le hinchan las venillas del cuello. Pero también sabe de ironías, como cuando le espeta al presidente de Nigeria, Olusegun Obasanjo, en una comida de gala: "Enhorabuena por su gente, porque es muy vitalista y tiene una gran capacidad de lanzar críticas, al menos contra el FMI: espero que también las formulen contra otros".

Tras estas idas y venidas, la autocrítica pespuntea también unos límites. "Sin duda, el FMI atesora historias de éxito, ha cortado las crisis y las ha hecho menos profundas", asegura Rato. Ha logrado "un mejor manejo de las políticas económicas en muchos países", añade Carstens. "Nos criticaron mucho en ciertos frentes por la crisis asiática, en Indonesia y los países vecinos del sureste asiático, pero los hechos hablan por sí mismos. Al cabo de dos años, y más rápido aún en el caso de Corea, todos estos países estaban creciendo otra vez, y ahora lo están haciendo a un ritmo del 6%: Asia ha vuelto a su plena potencialidad", resalta Anoop Singh, quien fue responsable del área asiática durante la crisis de 1997-1998, y que se encarga ahora de la zona latinoamericana.

Nadie sabe exactamente cuál será el alcance de la nueva estrategia adoptada progresivamente por el Fondo en los últimos años e intensamente voceada por su nuevo director gerente. Mucho dependerá del socio más influyente, Estados Unidos. El presidente Clinton se interesó a fondo por la economía, aunque se autoaplicó el desdichado lema "lord Keynes, en casa, y Adam Smith, en el extranjero"; es decir, zanahoria dentro de las fronteras propias y palo fuera. Su sucesor, George Bush, se ha desinteresado sorprendentemente del Tesoro, que junto con el FMI y el Banco Mundial es el diseñador del llamado "consenso de Washington", un decálogo de raigambre neoliberal cuya esquemática aplicación ha sido criticada por los académicos más avanzados y las masas de jóvenes rebeldes. Conociéndose el pragmatismo de Rato, puede preverse que frente a cualquier candidato muy doctrinal de uno u otro signo preferirá despachar con un interlocutor previsible e investido de autoridad, para saber a qué atenerse.

Pero pocos dudan de que ese giro seguirá. De momento, Rato se ha mojado. Y ha pugnado por escenificar el nuevo mensaje, más social. Por eso aprovecha cualquier desplazamiento para visitar algún hospital que trate enfermos de sida, sea en Abuja, la capital nigeriana, o en Libreville, la gabonesa. En Abuja extrema el respeto y renuncia a irrumpir en las sesiones médicas privadas, aunque le invitan a ello. En Libreville escucha atentamente la queja de Siaka Sidonie, líder de los enfermos y madre de dos hijos: "Los antirretrovirales sin base alimentaria sirven de muy poco", denuncia. Y su reclamación: "Necesitamos medios para ir de pueblo en pueblo a informar, pues no tienen radio ni televisión".

También acude a veces a las escuelas primarias. Como a la de Nakiwogo, junto a Entebbe (Uganda), donde de repente se pone a concursar con los chavales sobre las ubicaciones de España o de Washington en un globo terráqueo. Ahí disfruta como un enano. Y planta con escaso garbo un árbol en la tierra roja y húmeda del jardín del cole: "Será mi árbol en África", musita, con emoción que recuerda el tono gangoso de la verdadera Karen Blixen. Tras los bailes y cantes de los alumnos, entrega una subvención al director. Es un símbolo. El Fondo apoya ahora la escuela del mismo país donde hace unos años se enzarzó en dura batalla contra el presidente Museveni porque éste quiso generalizar la enseñanza gratuita. Contra la arrogante doctrina de la calle 19, que presionaba para que impusieran tasas escolares, los ugandeses, firmes, se negaron. Así, en 10 años, los 2,5 millones de niños de la primaria se han multiplicado hasta 7,7 millones, y los 20.000 jóvenes de la secundaria se han convertido en 900.000, esa lección de los humildes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004