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COLUMNA i

La cara oculta de la Luna

Hace algunas semanas publiqué en estas mismas páginas un artículo sobre la nueva ley contra la violencia doméstica, en el que mostraba mi rechazo a que se excluyera a los hombres como posibles víctimas. A raíz del mismo he recibido un aluvión de cartas de lectores, un material fascinante que es como una cala geológica de las cavernosas profundidades de la convivencia humana. Y así, me han escrito muchos hombres maltratados por sus mujeres, la mayoría psíquicamente, algunos también físicamente; son cartas tremendas, elocuentes, conmovedoras: "Mi mujer es alcohólica, tengo dos hijos, uno de 22 años y otro de 10, al mayor lo humilla siempre que está en casa y el pequeño la ve siempre de la misma manera. ¿Qué solución tengo para evitar esto, separarme y que el juez le dé la custodia?", dice uno. Cito este párrafo en concreto porque todos ellos se sienten desprotegidos por las leyes, por el entorno social, por la mirada pública. Aseguran que el sistema judicial prima siempre a las mujeres concediéndoles usualmente, en las separaciones, la custodia de los hijos y prolongadas pensiones alimenticias. Algunos consideran que ésa es una actitud paternalista y machista por parte de los jueces, puesto que perpetúa un modelo de mujer indefenso y dependiente económicamente, y en eso no les falta razón.

Claro que habría mucho que decir al respecto. Lo primero, que hasta hace muy poco la mayoría de los padres no han querido quedarse con sus hijos. Pero es cierto que hoy los hombres han cambiado, lo mismo que las mujeres. Ha habido un vertiginoso corrimiento de papeles sociales, y es ahí, en los nuevos roles, en donde todos zozobramos, porque no sabemos muy bien dónde tenemos los pies. Y en el caso de los varones este sentimiento de confusión y pérdida me parece que es mucho más crítico y más grave, porque nosotras llevamos décadas interrogándonos sobre lo que somos y lo que queremos ser, décadas de análisis y estudios, de reflexiones personales y públicas sobre nuestra situación y el hecho de ser mujer, mientras que los hombres ni siquiera han empezado a pensarse. He aquí una tarea urgente que los varones han de llevar a cabo, por su salud mental y por la de todos. Ya lo dice en otra carta la socióloga Marichu Rosado Millán, que está haciendo una investigación sobre la masculinidad: "Al ir avanzando me he dado cuenta de que los hombres son los grandes desconocidos del nuevo siglo. Sobre las mujeres se ha escrito todo: nos hemos y nos han analizado por arriba, por abajo, por delante y por detrás. ¿Pero los hombres? Existen poquísimas investigaciones sobre ellos. Es natural. El amo no necesitaba preguntarse si tenía alma. Eso era algo reservado para los esclavos".

Tiene razón: hoy los varones son la cara oculta de la Luna. La avalancha de cartas me ha permitido atisbar por un instante ese territorio lunar desconocido, ese paisaje psíquico masculino, un confuso laberinto que les aturde y asfixia. Y he visto que muchos se sienten desprotegidos, postergados y maltratados. "Los jueces persiguen con celo el impago de las pensiones, pero si la mujer incumple el régimen de visitas de los hijos no pasa nada", dice otro. Todo el tiempo resuena la misma canción: se consideran víctimas. Y tal vez ese rencor puede terminar convirtiendo a algunos en bestiales verdugos de sus mujeres. En muy pocos años, en un lapso temporal históricamente inapreciable, los hombres han perdido un lugar de poder inmenso (e inmensamente injusto) en el que estuvieron instalados durante milenios, y estas decadencias fulminantes siempre son peligrosas: cuando la poderosa Alemania imperial se colapsó tras la Primera Guerra Mundial, de su humillación y su derrota surgió Hitler. Del dolor de perder nacen los monstruos.

Y también es cierto que, en los turbulentos tiempos de transición, pueden cometerse abusos y errores. Una de las cartas es de una mujer, feminista militante desde los ochenta, que a principios de este año vio cómo su hijo era víctima de una denuncia falsa de malos tratos. Al final el chico fue absuelto y el juez inició diligencias contra la denunciante, pero todo el asunto fue una pesadilla: "No puedes imaginarte mi sufrimiento al sentir que un sistema que yo había ayudado a crear se volvía contra mi hijo, que en todo el proceso fue tratado como culpable, sin tener en cuenta las declaraciones ni las pruebas aportadas (…) simplemente se aplicó el binomio mujer-víctima, hombre-culpable". Sí, en este pantano de estereotipos nos movemos y, si de verdad queremos acabar con el sexismo, no podemos caer en el fatal error de anatematizar a todo un sexo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004