Columna
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Ángel

Querido Ángel:

Me han dicho que te has marchado hoy, a media mañana. El viernes pasado, la última vez que te vi en la clínica, no me dijiste nada. Pero al final, cuando me despedía, hiciste un gesto en el cual percibí el signo de un reconocimiento.

Teníamos muchas cosas pendientes de las que hablar: eso es lo que repetías cada vez que por casualidad nos encontrábamos. Ponías en tu voz un especial énfasis y un acento de urgencia, como si la vida te llevara de un lado a otro siguiendo un curso que te era ajeno. Pero ya solamente nos cruzábamos alguna carta de vez en cuando.

Yo te seguía a través de tus crónicas de cine. Con frecuencia, sobre todo cuando hablabas de esas películas que hay que ver más por obligación que por devoción, trataba de percibir en tus palabras el aliento de tu ánimo, e incluso últimamente el verdadero estado de tu salud. Era la noticia más puntual y cotidiana que tenía de ti: leyendo siempre entre líneas. Entre líneas... Casi a la manera de los viejos tiempos de la censura franquista. ¿Te acuerdas? ¡Cuánto nos reíamos!

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Yo tenía entonces veinte años: Y aunque, como Paul Nizan, nunca permitiré a nadie decir que es la más bella edad de la vida, lo cierto es que nos reíamos mucho. Y lo más importante de todo: que pasábamos horas y horas juntos.

De todo el grupo que en los años sesenta formaba parte de la revista Nuestro Cine, tú eras el que mostrabas un propósito más definido de escritor. Además de tu talante cordialísimo, en los consejos de redacción a los que acudías ponías en juego, junto a una gracia muy socarrona, una inteligencia apasionada pero exenta por completo de dogmatismos. Una inteligencia que te hizo capaz de escribir en los Cuadernos del Ruedo Ibérico -Ángel Bernal fue tu nombre de guerra- un ensayo, En el corazón de la violencia, sobre las luchas de los estudiantes madrileños, y casi inmediatamente después, en Nuestro Cine, un texto inolvidable -el mejor que se ha publicado en lengua castellana- sobre una película extraordinaria: La crónica de Anna Magdalena Bach.

En la primavera de 1972 te llamé para que escribieras conmigo el guión de una película que acabó titulándose El Espíritu de la colmena. Durante dos meses y medio nos vimos casi todos los días. Has evocado no hace mucho aquella época recordando tu impuntualidad de noctámbulo empedernido. Te confieso que a veces me desesperaba un poco, pero también que mi mayor preocupación era que no fuera de tu gusto el café de puchero que te preparaba. Dos o tres horas de trabajo contigo daban trigo. Nunca tuve mejor compañía en este oficio de solitarios en el que se ha convertido el acto de dirigir una película.

Fue en ese tiempo cuando nos conocimos a fondo, descubriendo que más allá de nuestros respectivos paisajes originales, tan distintos, poseíamos rasgos muy comunes en nuestra experiencia infantil. De todas las anécdotas personales que entonces intercambiamos, hubo una, tuya, que, acaso por una suerte de pudor, no reflejamos finalmente en el guión de la película. En ella, un niño de cinco años contempla en silencio cómo su padre, maestro de escuela, va arrojando al fondo de un pozo de la huerta familiar una parte de su biblioteca: libros y más libros reunidos con esfuerzo, estigmatizados de pronto por el signo de lo prohibido, convertidos en heraldos de la muerte o la prisión. Ese padre era el tuyo; ese niño eras tú. La fecha: 1939.

Se comprende que el cine fuera para nosotros, además de una fiesta, una forma de resistir. Y que el western -nuestro libro de caballerías más frecuentado- constituyera tu género favorito. Lo escribiste en Más allá del Oeste, la obra que tanto y tan bien te representa: "El lugar poético del western es el instante oscuro, trágico y compulsivo de donde procedemos los hombres de hoy, el instante exacto de nuestro parto histórico".

Ese lugar -imposible, decías- lo has descrito con precisión en la dedicatoria que, de tu puño y letra, escribiste para mí en su primera página: "El oeste del Oeste", un más allá, verdadera tierra de promisión, sin principio ni fin, por el cual te veo ya cabalgando, libre al fin de la historia y el futuro.

Hasta luego, Ángel.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 06 de julio de 2004.

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