FONDO DE OJOColumna
i

Humo

Los irlandeses se sienten protegidos por su gobierno, que los cuida y los mima, impidiendo que se contaminen con los malos humos que exhalan en los pubs sus compatriotas. La noticia de la prohibición de fumar en los bares de aquel país ha causado el natural asombro en nuestra sociedad, mucho más complaciente, relajada y comprensiva en cuanto atañe a los vicios públicos que nuestros vecinos del Atlántico norte. A los fumadores les parece inconcebible tomar una cerveza sin ayudarse del cigarrillo, y a los que no los son les parece en general excesiva la represión de una costumbre que lleva tantos años entre nosotros que casi parece defecto genético no sancionable en vez de adicción voluntaria.

El gobierno irlandés ha debido elegir entre satisfacer el derecho que tienen los ciudadanos a tomar copas donde se les antoje -ya que los males derivados de ese libertinaje alcohólico solo los libertinos los sufrirán- o aquel, que hasta ahora parecía sacrosanto, de fumar en los lugares dedicados al ocio de los adultos -pese a que los mismos se accede sin coacción, por voluntad y consentimiento propios- ya que dicha actividad puede perjudicar a los terceros de buena fe que se aventuraron en el antro en función de la sed que les fustigaba y sin sopesar las consecuencias colaterales que por dicha actitud les pudiesen sobrevenir.

Parece que evaluadas las posibles enfermedades, oído el certero dictamen de las autoridades sanitarias y presupuestados los costes que a la seguridad social de turno le toca satisfacer para la curación o mejora de los enfermados por la cercanía con los fumadores, los mandos irlandeses, muy en papel de padre padrone que las leyes actuales asignan a los gobernantes, han decidido que lo importante es la salud y que debe prevalecer el derecho a la misma ante otros que parecían consuetudinarios y únicamente eran malsanos.

Lástima que este claro ejercicio de poder en favor de los ciudadanos y en contra de los comerciantes -que verán sus ingresos mermados por la disminución de la clientela- no se aplique con la misma clarividencia ante aquellos que a sabiendas de la maldad del tabaco se lucran con los impuestos que de su venta se derivan, y que sin duda son los mismos que caen día tras día en la contradicción de ingresar en las arcas públicas los beneficios de las tasas sobre alcoholes o los provinentes de la multitud de cargas tributarias que contemplan como sujeto pasivo al vehículo que supera bien de largo los doscientos kilómetros a la hora de velocidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 03 de abril de 2004.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50