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Belleza esencial

Interpretar las sonatas y partitas para violín solo de Bach es como responsabilizarse de plasmar la belleza absoluta en estado de total desnudez. Lógicamente, cualquier músico sensato tendrá miedo de hacerlo. Incluso a veces, da miedo escucharlo. Encararse con la esencialidad de la belleza no es fácil. Ni siquiera desde el lado receptor.

Pueden encontrarse partituras (algunas, del mismo Bach) igualmente perfectas. Pero no tan concisas ni depuradas. Aquí, un pequeño violín, completamente solo en el escenario, vierte una música que, despojada de cualquier revestimiento superfluo, aparece como la encarnación más esencial de todo lo hermoso que hay en el mundo, como una milagrosa y trascendente concreción de aquello a lo que tiende el arte en sus diversas manifestaciones, como una especie de revelación que hará muy fácil, después, distinguir el grano de la paja. Se desarrolla ante nosotros una sólida arquitectura, con las líneas estructurales al descubierto, con una solución perfecta de las tensiones, con una funcionalidad tan amplia que descubre la esencia de la emoción, y que, por eso mismo, sirve para expresar todas las emociones. Se nos revela, además, un equilibrio tan conseguido que sólo cabe quedarse anonadado y temeroso. Un creyente diría que es como haber visto a Dios.

Integral de la obra para violín solo de J. S. Bach

Tedi Papavrami, violín. Palau de la Música. Valencia, 31 de marzo y 1 de abril de 2004

Esta vez Dios vino de la mano de un violinista joven, Tedi Papavrami, quien tuvo el valor de atreverse con esas páginas e interpretarlas en dos sesiones. No se trataba únicamente de lidiar con lo intangible (constituirse en intérprete de la belleza absoluta), sino con lo extremadamente material: las dificultades técnicas de estas seis obras ponen a prueba el bagaje de cualquier violinista. El albanés, sin embargo, las resolvió limpiamente: afinación, dobles cuerdas, ataques, colorido, velocidad... debe añadirse a todo ello la capacidad -ineludible en estas páginas- para convertir el violín en un instrumento polifónico, manteniendo límpidas y diferenciadas las líneas que se superponen. Papavrami escanció el vibrato con cuidado, planteó un discurso tan tenso como contenido, y atendió especialmente a la dinámica, concibiéndola, casi siempre, como un elemento clarificador de la polifonía.

En el programa de mano que, como todos los de la sala Rodrigo, no incluía notas (es lástima, porque ello supondría el chocolate del loro para el Palau), tampoco aparecían las Doubles de las cuatro danzas de la Partita núm. 1. Muchos oyentes se hicieron un lío por esta causa, ya que encontraban como Sarabande, por ejemplo, un ritmo que en, realidad, correspondía a la Courante (las Doubles eran danzas a una sola voz escritas tras las correspondientes versiones polifónicas). Son detalles que convendría cuidar, pero que no empañaron el hecho de encontrarnos -no es hipérbole- ante la música más bella jamás escrita. Interpretada por un violinista que, seguramente, cuando madure un punto más, dará que hablar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 03 de abril de 2004.

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