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COLUMNA

Oficio de Semana Santa

Visité, hace un año, por Semana Santa una ciudad pequeña y antigua. No diré cuál. Podría ser cualquiera de estas bellas ciudades que trufan Europa. Ciudades de vida entrañable y provinciana, que mantienen, gracias a las arrugas de la historia, un atractivo turbador (una belleza que subraya, por contraste, la incomprensible fealdad de los barrios nuevos -jóvenes, por lo tanto: todavía sin arrugas, pero de cutis tan desagradable- en los que no tenemos más remedio que vivir). Podría ser Ferrara esta ciudad atractiva y menor. Con su imponente Castello d'Este, en el que Lucrecia Borgia, después de tantos excesos romanos y sentando finalmente cabeza, invitaba a cenar al gran Ludovico Ariosto y a otros sesudos humanistas. O con su catedral, repleta del columnitas y oberturas colgando de su fachada como infinitos piercings lombardos. Y con sus calles discretas, de rigurosos adoquines negros, de uniformadas casas burguesas con puertas verdes y pomos dorados. Calles por las que uno de noche, en soledad, encuentra fácilmente el fantasma reflexivo y amable de Giorgio Bassani, que le invitará, sin duda, a entrar, dietro la porta, en la casa de su literatura con vistas al imborrable jardín de los Finzi-Contini. O podría ser Urbino la ciudad: ensimismada entre los bosques, protegida por los musculosos Apeninos, con el delicioso y a la vez imponente palazzo renacentista del duque Federico da Montefeltro, hoy sospechoso de asesinato, cuya formidable nariz ganchuda retrató no sólo el preciso Piero de la Francesca, sino también un notable vecino, Pedro Berruguete (que intentó disimular el gancho narigudo enfatizando los atributos del poder condal: la armadura, el cuello de armiño que le regaló el rey de Nápoles Fernando de Aragón y, en la pierna, un liguero, un fetiche en negro y oro, rematado con una perla, enviado por el rey de Inglaterra, que, como saben los que han reído con Tirant lo Blanc, instituyó una orden de caballería en recuerdo de una mujer no muy bonita, pero descocada, que le puso a cien cuando a ella, bailando en una fiesta de la corte, dejó caer, por descuido, la dulce prenda que fijaba sus medias).

Y recordé las abarrotadas iglesias de mi infancia, perfumadas de incienso, el latín, las monjas cantarinas, los curas de voz cazallosa, los rosarios...

Podría ser cualquier otra vetusta ciudad: la admirable Cuenca, la edulcorada Carcasona, la escenográfica Toledo. Yo intentaba pasear. En pleno día, en el corazón festivo y ruidoso de la Semana Santa. Hormigueaban las gentes por las estrechas calles, admirando a cada paso los edificios antiguos, curioseando ante los pequeños comercios artesanales y exóticos que se han puesto de moda. En las calles más céntricas, no cerradas al tráfico, el olor a gasolina de los coches se confundía con la mantequilla de las crêperies ambulantes, con la grasa refrita de los bares. Muchos paseantes reestrenaban el gesto, obsceno y cándido, de lamer un helado. En las terrazas cloqueaban familias enteras. Turistas en calzón corto y pantorrilas de color de mortadela. Muchachas en flor, marcando soberbios perfiles. Jóvenes con enormes zapatos y máscaras de fiera. Mujeres mechadas, al borde de la edad perdida. Padres de familia con sus estómagos colgantes. Damas de esculpido pelo. Niños enrojecidos y chillones. Mamás azoradas e inquietas junto a papás que perdían los ojos tras los soberbios perfiles de las muchachas en flor.

El espectáculo de las calles primaverales es vitamina para el espíritu del paseante. También yo soy un turista. Mi indumentaria también respondía al dictado de una secta más o menos estética. Pero, en aquel primer día de vacaciones, no me apetecía el color de las masas. Sin darme cuenta, callejeando ensimismado, me alejé del bullicio y me encontré en la parte menos visitada de la ciudad vieja, entre pesados muros de piedra. Me sorprendió haberme perdido. He visitado otras veces esta ciudad. Suelo volver siempre a las mismas ciudades. Existen dos tipos de turistas. Los que buscan siempre nuevos horizontes y los que siempre regresamos al mismo. Los primeros son optimistas: pretenden conocer el mundo; los otros sabemos que es imposible llegar a conocer incluso lo más cercano. Unos coleccionan postales, otros perseguimos los pasos de nuestra sombra.

Me encantó haberme perdido. El crepúsculo derramó sobre el cielo una botella de tinto. El alumbrado público era débil, como de otro tiempo. Nadie circulaba por las calles. Ni un solo bar. El silencio me conquistó. No quise regresar sobre mis pasos, bajar la cuesta y reencontrar los lugares comunes: seguí callejeando. Oscureció. Estaba en la parte abandonada de la ciudad vieja. Las piedras, que en el centro turístico de la ciudad impresionaban por su espléndida escenografía, aquí sugerían una soledad terca y fúnebre. Nadie parecía vivir allí. A nadie le importaban aquellos angostos muros de piedra. Tuve la fugaz impresión de ser el último visitante de una ciudad muerta, o su primer descubridor. Llegué por fin a la muralla. Un guarda uniformado estaba cerrando el portón de un jardín público. "Podrá usted visitar la iglesia vecina", me dijo; "el sacristán nunca se va de vacaciones". Al entrar, me abrazó un olor frío y húmedo. Arrodillada frente a un altar lateral, una anciana rezaba bisbiseando. Así rezaba mi abuela. Y recordé las abarrotadas iglesias de mi infancia, perfumadas de incienso, el latín, las monjas cantarinas, los curas de voz cazallosa, los interminables rosarios, las populosas misas vespertinas, los severos oficios de Semana Santa. De repente, me apenó la humedad y el enfermizo silencio de aquel templo que había acogido a tantos fieles durante tantos siglos. No sentí nostalgia, sino mareo: un vértigo que me asalta cuando me doy cuenta de la velocidad de los cambios que he conocido.

Quizá, cuando esté restaurada, a esta iglesia vacía llegarán los turistas. Centró durante siglos la vida de un vetusto arrabal y ahora no es más que una ficha pendiente en un catálogo del patrimonio artístico, un esqueleto gótico, un fósil como tantos. Los reclinatorios de madera tenían una capa de polvo y en el techo aparecían grandes manchas de humedad. La mujer que rezaba abandonó el templo arrastrando los pies. Durante un buen rato, admiré las ojivas, las estatuas de alabastro, los sepulcros. En soledad, bajo la húmeda bóveda de aquella iglesia abandonada. En perfecta soledad, buscando en vano algún sentido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004