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CRÓNICAS DEL SITIO
Columna
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Tictac

Después de las vacaciones de Navidad llegan las de la nieve. Y en ambos períodos de descanso a determinados jóvenes de por aquí les entra la ansiedad por dinamitar Madrid, ese oscuro objeto del deseo donde sitúan al "Gran Hermano" que planifica nuestros males patrios. Tanta perversión debe reunir Madrid que, cuando se impide a los dinamiteros alcanzar la meta, no falta quien sospecha de las oscuras intenciones de quienes han impedido la realización del crimen.

Aún a riesgo de que Juan Aranzadi me incluya en la "grotesca legión de ridículos profetas de desastres" a la que criticaba el viernes pasado, he de ser sincera: Si una noche de éstas me encontrase en el garaje de mi casa con un exalumno exconcejal que yo me sé, tampoco dudaría en arrearle con el bolso antes de salir corriendo. Pero esas son cosas mías.

Cosas de improbable comprensión por el personaje de Aranzadi que acaba de despertar de veinticinco años de coma profundo. Quizá lo entendería mejor si se le explica que este enfermo en silla de ruedas con quien se ha cruzado en un pasillo del hospital y que le ha recordado al político vasco a quien tanto admiraba hace dos décadas, va protegido por dos escoltas porque la pesadilla tampoco ha terminado para él. Entonces entendería también que el mayor cambio que ha experimentado mi vida, durante estos años, es que ahora tengo menos amigos, que son más amigos que los que antes tenía. Que algunos de ellos han sustituido a otros de los de toda la vida.

En mis sueños los terremotos siempre producen una profunda grieta que se abre en el suelo ante mis pies. Exactamente lo que yo he sentido al quedarme al otro lado de viejos conocidos, familiares y vecinos. Pero no de todos; solamente de la mitad.

Es verdad que la máquina etarra de matar está arruinada, sus engranajes descompuestos y el combustible tirado por el suelo. Sus operarios son novatos e incompetentes. Y hasta le sorbieron el alma en el encuentro de Lizarra. Un diablo que pierde su alma se convierte en zombi. Un muerto viviente que retoma incansable el camino hacia Madrid, siempre condenado a verse detenido por José Antonio Pardines, aquel primer guardia asesinado, reencarnado en éstos guardianes de la democracia que, de madrugada, esperan despiertos el paso de la furgoneta bomba. Alguna vez los zombis consiguen su obsesivo propósito de asesinar a un guardia, como en las navidades de hace un año a Antonio Molina Martín; o poco después a Joseba Pagaza. Pero ahora todos sabemos por quién doblan las campanas.

En esta ocasión, sin embargo, la alegría es completa, porque los guardias despiertos nos han librado del dolor y de la vergüenza por la infamia cometida en nuestro nombre. Por ello nos apresuramos a celebrarlo en la amistad. Con cierta prisa, eso sí, no vaya a ser que si lo retrasamos nos quedemos en seguida sin excusa.

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