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Los valencianos y el terror

Hace veintitantos años, cuando Italia padecía la embestida de las Brigadas Rojas y con asiduidad mortífera explosivos y extorsiones estremecían a sus ciudadanos, un secuestro pareció poner en crisis las estructuras del Estado. Ustedes lo recordarán. Me refiero al caso de Aldo Moro, el líder del Partido Democristiano. Los terroristas lo ejecutaron sin miramientos y una ruidosa polémica enfrentó a la clase política y a los periodistas. ¿Debía el Gobierno haber negociado o no con los secuestradores para lograr su liberación? En aquellas fechas, Umberto Eco publicó un inteligente artículo sobre la lógica discursiva y sobre las argumentaciones de las Brigadas Rojas. Lo tituló Colpire il curore dello Stato, y hoy puede leerse en su libro Sette anni di desiderio. ¿De qué trataba? Los terroristas, decía Eco, habían emitido un comunicado en donde justificaban el asesinato del líder democristiano y trataban de razonar políticamente. El mundo estaba dominado por las empresas multinacionales, indicaban los brigadistas, e Italia sólo era el títere, el eslabón más débil de una cadena de intereses. El delegado local de ese poder mundial era Aldo Moro, un apoderado al servicio de oscuros plutócratas que estaban más allá de las fronteras. Sobre él recaía la tarea de mantener el engaño de la República italiana, pues la estructura política y el dominio democristiano eran un corsé impuesto desde fuera. Ejecutando a Moro, concluían los brigadistas, se atacaba el corazón del Estado.

Umberto Eco analizó esos argumentos tratando de adoptar su lógica para así examinar mejor el sentido con que los terroristas revestían su acción. ¿Y qué descubrió? No sólo el desvarío moral de quien no se detiene ante la vida humana para conseguir sus fines; no sólo la falta de piedad de esos ejecutores, dispuestos a liquidar a un individuo con sentimientos, con deudos, con afectos. Descubrió, sobre todo, la inconsistencia lógica de la argumentación brigadista: si el Estado carecía de auténtica potestad, dado que estaba sometido al dominio de las multinacionales, si Italia no era más que un nudo de una inmensa red de intereses, si Moro sólo era un servidor de los magnates, entonces un daño infligido localmente no era una acometida seria que pusiera en peligro el poder mundial. Un atentado cometido en aquel país, mero títere, no sería nada en realidad y una muerte, un crimen, únicamente una herida pronto cicatrizada. Ejecutado Moro, otro lacayo fiel de las multinacionales vendría a reemplazarlo sin que se resintiera el corazón del Estado, que seguiría bombeando. ¿Por qué razón? Umberto Eco planteaba dos opciones. Primera, si el Estado tiene corazón, entonces esas funciones no puede desempeñarlas un órgano irrelevante: si Moro es el corazón del Estado, entonces el político asesinado no es un mero servidor, sino su parte más importante, con lo cual la muerte estaría justificada, pero no la premisa analítica de la que partían los terroristas. Segunda, si el líder democristiano es efectivamente un fantoche, un pelele más de una cadena de lacayos, entonces... ¿para qué ejecutarlo? Como ven, era pavorosamente inmadura la inconsistencia lógica de los brigadistas.

Pues bien, la solidez teórica del comunicado que se hizo público días atrás por nuestros encapuchados no era mayor. Dicen excluir a Cataluña de sus acometidas asesinas. Pero..., ¿qué ocurriría si un catalán tuviera la desdicha de hallarse en algún punto de España atacado por la banda? ¿Pagará por no estar donde debiera, por dejarse caer en una ubicación equivocada? Ahora bien, en España aún hay simpatizantes de nuestros brigadistas, radicales desnortados que creen en su lógica infernal. ¿Qué pueden esperar de sus idealizados gudaris? ¿Fuego amigo, daño colateral? Más aún, cuando los terroristas decretan la tregua para Cataluña, ¿a qué territorio se refieren? Porque, si seguimos con su lógica, con su concepción de Euskal Herria, entonces ellos deberían aceptar esta analogía: el Principado sólo es una parte de un territorio más vasto, una nación incompleta políticamente pero de radiante futuro, de venidero cumplimiento (los Países Catalanes). ¿Quedarían incluidos o excluidos los valencianos y los mallorquines en la amenaza? Etcétera, etcétera. Desde luego, no hay de qué sorprenderse: como en el caso denunciado por Umberto Eco también nuestros encapuchados están aquejados por burdas inconsistencias, y los presuntuosos manifiestos de nuestros brigadistas sólo son cuentos de justicieros avenados, argumentos idiotas sobre los que podríamos bromear si esas historietas no se escribieran con tinta roja, con sangre.

Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 02 de marzo de 2004.

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