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Columna
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El dilema

La perversión de nuestro sistema electoral nominalmente proporcional le otorga tal efecto taumatúrgico que sin estar diseñado para el bipartidismo conduce a un tipo de reduccionismo argumental donde sólo dos candidatos se postulan como hipotéticos presidentes, que a su vez, se ven forzados a mostrar sus previsibles coaliciones para obtener la investidura.

El candidato mejor situado de la oposición formuló su paradigma (sólo intentará formar gobierno si obtiene más votos que el candidato gubernamental), a sabiendas de que sólo un cataclismo que no está al alcance ni de la demoscopia con los motores a cien durante estos días ni de la frivolidad con que deberían comportarse los casi dos millones y medio de votos de diferencia que hubo entre PP y PSOE en las generales del 2000 puede convertir a sus listas en las más votadas en el cómputo estatal; mientras tanto, el candidato gubernamental, cuyo reto es mantener una mayoría suficiente para gobernar (el PP no apela a la absoluta), alerta sobre el paradigma del candidato socialista y esgrime para la movilización de los indecisos -que tiñen hoy por hoy los pronósticos más halagüeños, con la pérdida de 10 escaños (dejándoles con 173)-, el dilema siguiente: puesto que el paradigma del aspirante socialista le apea a priori de formar gobierno y no puede ser que ese compromiso resulte serio en un aspirante, hay que ir a la casuística que ofrecen los diferentes mapas políticos en el Estado (autonómico, municipal, coaliciones para el Senado) vigentes o recientes y deducir que si la suma de escaños entre el PSOE y una lista de fuerzas menores de hasta seis siglas alcanzase la mayoría absoluta en el Congreso, o, simplemente, un voto más que los que pueda sumar el PP con algún otro socio (no más allá de dos siglas), aquél no mantendrá su paradigma y romperá el compromiso para liderar lo que sin ningún género de dudas habría de interpretarse como un mandato de cambio lanzado desde la pluralidad de la izquierda y de los nacionalismos progresistas.

Esta hipótesis de trabajo lleva al candidato gubernamental a sembrar la desconfianza en la sinceridad del candidato socialista y a plantear la cita electoral como un combate a dos, en el que, en principio, a la ventaja de no menos de 5 puntos que el PP puede obtener sin demasiados agobios, suma la confianza de que el hipotético gobierno liderado por el candidato socialista reuniría las suficientes contradicciones como para introducir incertidumbres tanto en la política económica cuanto en las grandes líneas de cambio a que los socios llevarían al PSOE.

Además, y a pesar de que la campaña del líder socialista pretende y poco a poco va consiguiendo superar en estética a la del gubernamental, las recientes pancartas a las que se asió el PSOE, sus contradicciones internas, y la mala suerte en la elección de algunos de sus socios son factores que invitan al electorado centrista a no abandonar todavía la comodidad de evitarse sobresaltos con un gobierno de liderazgo débil y una capacidad de cohesión más bien escasa.

Por otra parte, no me parece coherente que la participación esperable sea menor del 70%, y que, al mismo tiempo, esté en peligro la mayoría absoluta del PP; de mantenerse esa cuota, tengo pocas dudas de que se tratase de una mala noticia para la oposición y, particularmente, para el PSOE, puesto que ningún estudio solvente detecta hoy por hoy que la abstención afecte a los que votaron PP en 2000.

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