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Reportaje:EL DOPAJE COMO INSTRUMENTO POLÍTICO | La penosa factura de los esteroides en la antigua Alemania Oriental

"Mataron a Heidi"

Andreas Krieger, que, como mujer, fue campeona europea de peso, ejemplo extremo de las prácticas fraudulentas de la RDA

Andreas Krieger abre una bolsa de la compra en su cuarto de estar y esparce su pasado: uniformes de atletismo, un álbum de recortes y documentos relativos a su condición de atleta de la antigua República Democrática Alemana (RDA)... Las fotografías de los credenciales le resultan familiares, pero su rostro era más lleno y suave de rasgos y el cabello le cubría las orejas y el cuello. Era Heidi Krieger, la campeona europea de lanzamiento de peso de 1986; quizá, el ejemplo más extremo de los efectos de un insidioso sistema de dopaje patrocinado por el Estado en la Alemania Oriental. El consumo de píldoras e inyecciones de esteroides anabolizantes le dieron características viriles e incrementaron la confusión sobre una identidad sexual ya incierta, declara, lo que influyó en su decisión de operarse para cambiarse de sexo en 1997 y pasar a ser conocida legalmente como Andreas. "Mataron a Heidi", concluye Krieger.

En 2002, tras los juicios, el Gobierno estableció un fondo de indemnización de dos millones de euros

El programa secreto era conocido con el eufemismo orwelliano de 'Medios de apoyo'

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Más de 14 años después de la caída del Muro de Berlín y más de tres años después de los procesos criminales que llevaron a la condena de la máxima autoridad del deporte de la RDA y de un prominente médico de deportistas, Krieger y varios atletas más siguen intentando resolver asuntos legales, médicos y psicológicos relacionados con el programa secreto de dóping, conocido con el eufemismo orwelliano de Medios de apoyo.

Muchos de los afectados eran menores en aquel tiempo y dicen que, sin que ellos lo supieran, les suministraban fármacos para mejorar su rendimiento. Karen König, una nadadora retirada, tiene presentada una demanda civil contra el Comité Olímpico Alemán en la que enfatiza que éste ha heredado de la RDA más de dos millones de euros en bienes a raíz de la reunificación de 1990 y, por tanto, tiene la responsabilidad de asistir a los antiguos deportistas del país desaparecido. Pide 10.000 euros en un caso que podría constituir un precedente legal y hasta 140 colegas, entre los que se encuentra el propio Krieger, están pensando en entablar querellas similares. Un tribunal estatal de Francfort dictaminó el mes pasado que el caso König puede proseguir. Hay indicios, eso sí, de que podría dirimirse fuera de los tribunales, según informes publicados por la prensa germana.

Jens Steinigen, el abogado de König, manifiesta en una entrevista telefónica que está explorando también la posibilidad de demandar a la empresa farmacéutica VEB Jenapharm, antes una sociedad estatal y ahora subsidiaria del grupo Schering AG. Según quedó constancia en los juicios de finales de los años 90, Jenapharm produjo el esteroide Oral Turinabol, que fue suministrado a los atletas alemanes orientales. "No podemos deshacer el daño, pero aquéllos podrían al menos utilizar el dinero para su terapia o sus medicamentos", apunta Steinigen.

Krieger opina que no hay dinero capaz de devolverle su salud, que considera afectada para siempre por el consumo de esteroides y sus efectos secundarios. Por culpa de haber levantado pesos enormes cuando consumía estos fármacos para mejorar su rendimiento, padece dolores tan intensos en las caderas y los muslos que ya no puede dormir de lado y solamente soporta el ejercicio físico si es muy suave. Parado de larga duración, ahora trabaja dos días a la semana como administrativo en una agencia inmobiliaria.

Recientemente, el mismo día en que el presidente estadounidense, George Bush, hizo un llamamiento para poner fin al abuso de esteroides en el deporte en su discurso sobre el Estado de la Nación, Krieger volvió a contar su historia, sintiéndose obligado a arrojar más luz sobre uno de los capítulos más sombríos de la historia del dopaje para aumentar el rendimiento.

Hasta 10.000 alemanes orientales estuvieron envueltos en el intento patrocinado por su Gobierno de convertir un país de 16 millones de habitantes en toda una potencia deportiva, capaz de rivalizar con Estados Unidos y la Unión Soviética, ahora también extinta, según han revelado los juicios y los documentos de la policía secreta. Incluso se cree que entre 500 y 2.000 deportistas padecen serios problemas de salud relacionados con los esteroides, entre los que se incluyen tumores de hígado, enfermedades del corazón, cáncer tanto de testículos como de mama, problemas ginecológicos, infertilidad, depresión y trastornos de la alimentación. Algunas atletas han denunciado abortos y deformaciones de sus hijos, como los pies zambos.

En 2002, dos años después de que terminasen los juicios, el Ejecutivo germano estableció un fondo de indemnización de dos millones de euros para las víctimas del dopaje, con un pago máximo de 12.500. Sin embargo, apenas 311, Krieger entre ellos, han presentado reclamaciones antes de la fecha límite, según Birgit Boese, miembro de la junta de Ayuda a las Víctimas del Dopaje, un grupo de apoyo, que añadió que algunos deportistas no conocían siquiera la existencia del fondo mientras que otros se sentían avergonzados, tenían miedo de perder sus empleos, no pudieron obtener pleno acceso a sus informes médicos o fueron incapaces de convencer a los médicos de que sus achaques están directamente relacionados con el consumo de esteroides. "Hubo mucha negación y sigue habiéndola", comenta Boese; "muchos nunca entendieron, o empiezan a hacerlo ahora, que aquellas personas en las que confiaron abusaron de ellos".

Algunos de los que más han hablado han padecido amenazas y hostigamiento. Inés Geipel, una velocista jubilada que hizo una crónica del dopaje en el libro Juegos perdidos, dijo que en 2001 se habían enfrentado a ella, en lecturas públicas, antiguos funcionarios del régimen comunista. Semanas atrás, recibió una llamada telefónica anónima en la que le dijeron: "Sabes que no te queda mucho tiempo".

Pero ni Krieger ni ella se amilanan. "La gente debe saber lo que sucedió y qué efectos secundarios pueden producirse", proclama Krieger hablando por medio de un intérprete desde un edificio de cemento de los tiempos pasados, en Magdeburgo, a 90 minutos en tren de Berlín. Ahora tiene unos hombros anchos y una cintura estrecha y es guapo al estilo de los tres mosqueteros. Al comentar esto, su esposa, la ex nadadora Ute Krause, le califica de D'Artagnan. Ante ello, jocoso, él no vacila en hacer el ademán de combatir con una espada diciendo "en guardia" a un enemigo imaginario.

Al hablar de los efectos del dopaje, Andreas Krieger siempre se pone serio y se enardece o, a veces, se emociona mientras fuma cigarrillos y se frota nerviosamente las palmas. Cuando era Heidi, el frotarse las manos se convirtió en un acto compulsivo, llegando en ocasiones a hacerse sangre. Aunque ha afirmado que es feliz, su vida sigue siendo complicada. Tiene 38 años y está casado con Ute, de 41. Se conocieron en Berlín, durante los juicios. Antes de que contrajera matrimonio, él le explicó a Katia, una hija anterior de Ute, que había sido antes una mujer. Katia aceptó su explicación y su madre y Andreas se casaron en mayo de 2002. Aquello empezó siendo un amor desesperado. Eran antiguas deportistas de élite afectadas por los esteroides, traicionadas por entrenadores y funcionarios en los que habían confiado y ávidas de testificar contra ellos. Las dos habían tenido alguna vez ideas de suicidio. Se apoyaron mutuamente en las vistas. Tenían el convencimiento de que sus resultados, obtenidos con sustancias prohibidas, no eran legítimos.

La medalla de oro de Krieger en los Campeonatos de Europa de 1986 forma ahora parte de un trofeo diseñado a modo de molécula de esteroide que se entrega como premio anual a alemanes comprometidos en la lucha contra el dopaje. Ute conserva un certificado enmarcado de su clasificación en la especialidad de espalda en 1978 en un lugar simbólico: el retrete.

Krieger, contento de haberse convertido en hombre, explica que Heidi se sentía fuera de lugar y deseaba vagamente ser un chico. Lo que le enfurece, matiza Ute, es la convicción de que fueron principalmente los esteroides los que tomaron la decisión por Heidi, dejándola incapaz de descubrir por sí sola su verdadera identidad sexual. "La expulsaron de su sexo", sentencia Geipel, la velocista y escritora amiga de Krieger.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004