Reportaje:CRÓNICA EN VERDE

Aire de niños

Los factores ambientales multiplican la incidencia de algunas enfermedades infantiles

La Comisión Europea ha puesto en marcha una iniciativa denominada SCALE (Science Children Awareness Legislation Evaluation) con la que pretende poner freno al impacto sanitario que está causando el deterioro del medio ambiente. En la actualidad, y según datos de la propia Comisión, un 20% de los enfermos europeos padecen dolencias relacionadas con factores ambientales, una situación que genera cierta inquietud en lo que se refiere, sobre todo, a la población infantil.

La comisaria europea de Medio Ambiente, Margot Wallström, ha puesto de manifiesto algunos datos que refuerzan esta inquietud. En Europa, por ejemplo, uno de cada siete niños padece asma, enfermedad cuya incidencia se ha triplicado en los últimos 30 años. Asimismo, otras dolencias, como la leucemia, el cáncer infantil más frecuente, también están experimentando una progresión alarmante. Y en ambos casos, sostiene Wallström, hay que culpar de este fenómeno a los factores ambientales.

Diferentes grupos de trabajo, compuestos por especialistas en la materia, han comenzado a estudiar los riesgos que plantean determinadas sustancias químicas en la salud infantil. Entre otras están siendo analizadas las dioxinas, los bifenilos policlorados (PCB), los metales pesados y los disruptores endocrinos. Estos últimos, presentes en multitud de elementos de uso cotidiano, actúan como falsas hormonas alterando el correcto funcionamiento del organismo.

La amenaza de éstas y otras sustancias nocivas no sólo está presente en el aire contaminado de las grandes ciudades o en espacios abiertos sometidos a un intenso deterioro atmosférico. El interior de los edificios y viviendas también acumula concentraciones notables de agentes tóxicos. Los europeos pasan entre un 85% y un 90% de su tiempo en espacios cerrados, y aunque en ellos se crea la falsa sensación de estar a salvo de las agresiones ambientales, recientes estudios amparados por las autoridades de Bruselas revelan cómo los niveles de contaminación en el interior de inmuebles pueden llegar a duplicar las cantidades medidas en el exterior.

La preocupación no es exclusiva de los responsable políticos y los especialistas en cuestiones sanitarias, ya que los propios ciudadanos comienzan a ser conscientes de la situación. Uno de los últimos eurobarómetros, sondeo periódico que mide la opinión de los europeos sobre múltiples cuestiones, revelaba cómo cerca del 89% de los encuestados se sentían afectados por el impacto potencial del medio ambiente en su salud.

En España lidera la investigación en este campo el Grupo de Trabajo de Salud Ambiental de la Sociedad Valenciana de Pediatría, algunos de cuyos integrantes han acudido en diferentes ocasiones a divulgar su trabajo en Andalucía. En este tipo de exposiciones, Josep Ferrís, especialista en la Unidad de Oncología Pediátrica del Hopital Infantil Universitario La Fe, suele esgrimir un dato incontestable: "Menos del 10% de las más de 100.000 sustancias químicas que contaminan el medio ambiente han sido valoradas en función de sus efectos en la salud infantil y juvenil".

En definitiva, argumenta con cierta contundencia este pediatra, "si a finales del siglo XIX los mineros utilizaban canarios para detectar la peligrosidad ambiental de los fondos de las galerías subterráneas, actualmente nuestros niños son los canarios de la irresponsabilidad, el egoísmo, la avaricia y la falta de respeto al medio ambiente". Si bien es cierto que la mortalidad infantil no ha dejado de reducirse en nuestro país, poco se sabe aún de los efectos a medio y largo plazo que tendrá la exposición a un creciente número de sustancias químicas.

Algunos de los trabajos científicos de este grupo ya se han hecho públicos, y revelan, por ejemplo, los efectos que el cambio climático puede ocasionar en la incidencia de determinadas enfermedades pediátricas. También se han ocupado de analizar aquellas dolencias que están asociadas a la contaminación atmosférica originada por el uso de combustibles fósiles, o los efectos nocivos de ciertas sustancias químicas.

Aun cuando su actividad plantea numerosas críticas a las decisiones empresariales y políticas que tienen que ver con el medio ambiente, los responsables de este grupo de trabajo advierten de que sus aportaciones "son indudablemente intelectuales y científicas", debido a que, como recalcan: "Somos sanitarios y pediatras y no ecologistas". La información que están generando en torno a este tema se encuentra disponible en Internet (www.socvaped.org), con apartados específicos dedicados a las enfermedades ambientales, toxicología, epidemiología y formación.

sandoval@arrakis.es

Los más vulnerables

Diferentes factores explican por qué los niños son particularmente vulnerables a las alteraciones ambientales y a las agresiones de algunas sustancias químicas.

Tanto en la etapa fetal como en los primeros años de vida hay una evidente inmadurez anatómica y funcional, de manera que tanto los órganos vitales como las funciones que éstos desempeñan pueden verse alterados por determinados agentes químicos, capaces de provocar efectos adversos a corto, medio y largo plazo. Especialmente graves son las alteraciones que por esta causa pueden originarse en el desarrollo neurológico o en la eficaz puesta a punto del sistema inmunológico.

El rápido crecimiento que se manifiesta en estas primeras etapas hace que los niños coman más alimentos, beban más líquidos y respiren más aire por kilogramo de peso corporal que los adultos. Y esto quiere decir que también incorporan más sustancias nocivas por kilo de peso que un adulto, con el agravante de que no tienen aún plenamente operativos los mecanismos para neutralizar o eliminar estas sustancias. La capa córnea de la piel, al ser menos consistente, facilita, asimismo, el que se introduzcan, por absorción, algunos contaminantes.

Por último hay que anotar los comportamientos sociales, ya que los niños, por ejemplo, aún no saben interpretar los signos de alerta que previenen a los adultos. Además, pasan mucho tiempo a ras de suelo, reptando o gateando, con lo que están más expuestos a los contaminantes presentes en la tierra o el polvo. Incluso en ambientes domésticos los niños que aún no son capaces de andar respiran compuestos orgánicos volátiles que son más densos y pesados que el aire y que, por este motivo, los adultos no inhalan.

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