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Tribuna:

El secreto de Zópiro en Babilonia

La comisión de investigación nombrada por el Senado de Estados Unidos quiere que la Casa Blanca diga todo lo que presumiblemente sabe sobre el 11 de septiembre de 2001 y espera descubrir así el origen de la presunta negligencia cometida por los servicios de seguridad nacional. Su perseverancia es ejemplar, pero no parece que a estas alturas George Bush Jr. renuncie al soberbio atributo de todo presidente que se precie de serlo: el secreto de Estado. Una prerrogativa de la que ningún político en su sano juicio abdicaría sólo para dejar a merced de sus adversarios la prueba de unos deslices impertinentes o el arsenal de datos a cuya celosa administración se aplica sin desmayo.

Que haya asuntos públicos a los que en ningún caso deba acceder el ciudadano es una presunción vigente en la cultura política contemporánea y, aunque se niegue con vehemencia, un hombre de Estado se considera autorizado a omitir informaciones de interés general y súbitamente facultado para distinguir cuáles conviene mantener en secreto.

Es una desconcertante mutación la que una y otra vez tiene lugar ante nosotros: el representante elegido mediante sufragio universal sale de las urnas y, acto seguido, ingresa en un club de juramentos confidenciales. Y a despecho del mandato conferido por los ciudadanos, los electos se transforman en selectos miembros de una casta distinguida por el privilegio del secreto.

Ni la pestilencia emanada de las cloacas del Estado ni el degradante espectáculo de los traficantes de información -mercancía política al servicio de pugnas mafiosas- desprestigian definitivamente el usufructo del secreto. En la democracia moderna subsiste como carisma de responsabilidad la ocultación de ciertas historias a la opinión pública y, por más que se le critique, no deja de admirarse al gobernante que sabe sacar provecho de lo que calla. Es sorprendente que cause tanto respeto este vestigio teocrático en comunidades políticas vinculadas por el ejercicio de la razón democrática e históricamente impulsadas hacia la demolición de lo oscuro.

Para intentar remediarlo podríamos consultar las vivísimas lecciones que ofrece la historia y acoger con más escepticismo la versión oficial de acontecimientos envueltos en una maraña de complicadas intenciones. La maestría de los clásicos, como tantas veces se ha dicho, es insuperable y nos enseña a comprender para qué sirve un secreto en manos de un Gobierno que quiere confundir al enemigo y, al mismo tiempo, despistar al mundo.

En el siglo V antes de Cristo, Herodoto de Halicarnaso, haciendo de la memoria y de la capacidad de observación un nuevo género literario, y dando a sus lectores y oyentes la veracidad que empezaban a reclamar, recogió, entre otras muchas noticias, la historia de la expedición de Darío contra Babilonia. Herodoto nos cuenta cómo se afligía el ejército persa durante el prolongado asedio a la ciudad amurallada y cómo se ensayaron todos los ardides y todas las astucias mientras los babilonios se mofaban de los persas bailando en lo alto de las almenas. Sólo uno entre los notables del séquito de Darío, persuadido por un prodigio sobrenatural, sabe que la victoria persa está ya fijada por el destino. Zópiro, para gran confusión y espanto de Darío, comparece ante su rey horriblemente mutilado: se corta la nariz, se corta las orejas, se azota y se rapa descompuestamente los cabellos. En este lamentable estado, Zópiro confía a Darío su plan: diré a los babilonios que me martirizaste, y seré uno de ellos. Diez días después enviarás mil hombres de tu ejército contra la puerta de Semiramis. Que no traigan más armas que sus puñales, que no te dé pesar alguno si pierden sus vidas. Siete días después enviarás dos mil hombres contra la puerta Nínive y, veinte días después, cuatro mil contra la puerta Caldea. Después de hacer partícipe a Darío de su secreto, dice Herodoto que Zópiro huyó hacia las puertas de Babilonia "volviendo la cabeza como un verdadero desertor".

Cuando los babilonios vieron a uno de los hombres más importantes de Persia con las narices y las orejas cortadas, con las marcas de los latigazos y de la sangre, quedaron enteramente convencidos de que decía la verdad.

Pusieron a las órdenes de Zópiro un ejército y cuando, según lo acordado, llegaron los primeros mil soldados, los mató a todos. Luego exterminó a dos mil en la puerta Nínive y finalmente a cuatro mil en la puerta Caldea.

Asombrados, los babilonios consideraron a Zópiro el mejor de sus generales y le entregaron el cuidado de la fortaleza. Darío envió entonces al grueso de su ejército y encontró abiertas las puertas de la ciudad. Herodoto concluye el relato evocando el afecto de Darío por Zópiro, a cuya mutilación y sacrificio debía su victoria. Por ello le concedió la satrapía de Babilonia, exenta de tributo.

Es posible que Zópiro hubiera leído a Homero y encontrara en la Ilíada inspiración para idear nuevas estrategias de engaño militar y convertirse él mismo en una sombría y doliente versión del caballo de Troya. Pero, a medida que el mundo va perdiendo interés por la inventiva heroica de Zópiro y admiración por la gloria de Darío, se preocupa mucho más por la humillante suerte de los siete mil soldados enviados a una muerte segura.

En la historia de Zópiro está claramente expuesto el principio en que reposa la economía de guerra: sin sacrificio no hay conquista. Ya sea el martirio voluntario de un visionario o la matanza deliberada de la clase de tropa, el dolor y la muerte se truecan a cambio de posiciones y dominios. Esta penosa certeza, fruto de una agobiada memoria histórica, conduce a las comisiones de investigación, sostiene el derecho a saber esgrimido por los ciudadanos y anima la constante indagación llevada a cabo por los medios de comunicación. Todos ellos, en Estados Unidos y en Europa, quieren saber qué hacen los soldados en esa satrapía oriental y conocer al fin el verdadero secreto de Zópiro: el enigma hipnótico de la mutilación y el poder de seducción que despliega un hombre sangrando, sin nariz y sin orejas. Al verlo, un corazón desprevenido tiembla. Enmudece de tristeza. La piedad lo torna crédulo y confiado. Pues ¿quién se haría a sí mismo tanto daño para conquistar Babilonia?

Basilio Baltasar es editor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003