Tribuna:CLÁSICOS DEL SIGLO XX (2)Tribuna
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La memoria lejana

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Max Aub, como Galdós o como Flaubert, concibe siempre las tramas de sus novelas de madurez en la encrucijada de los acontecimientos públicos y los destinos particulares, y la historia de España no está menos presente en La calle de Valverde que en cualquier otra de sus obras maestras: el tiempo de la acción es, explícitamente, la dictadura de Primo de Rivera, y los personajes de ficción se entrecruzan en sus páginas con los de la vida política y literaria de la época, de modo que, por el influjo de su cercanía, se nos vuelven tan reales como ellos, y a la vez les conceden parte de su propia identidad de criaturas imaginarias. Nos parece que caminamos por ese Madrid, entre menestral y moderno, con nuevos edificios, con automóviles veloces, con muchachas que ya no trabajan como modistillas, sino como mecanógrafas, y que se han aficionado a bailar los ritmos de la música americana. Al fondo de un café, o entre las mesas de un colmado, distinguimos las figuras familiares de Valle-Inclán, de Juan Negrín, que todavía no es más que un brillante cardiólogo, de Manuel Azaña, que no pertenece todavía a la historia ni a la vida pública, sino a la celebridad modesta y local de la literatura y de las aulas del Ateneo.

Ésa es una clave del libro: la historia, en esos años, todavía es una promesa, y las esperanzas políticas del país, las energías difícilmente contenidas por la dictadura, se confunden con las ilusiones personales de la juventud, con los sueños de progreso y de éxito en el amor, en el trabajo, en la vocación. La República casi se vislumbra en el horizonte, pero el monstruo de la guerra, para la que en realidad no faltan muchos años, nadie puede presagiarlo.

Ese juego de pasado y porvenir, de realidad y ficción, de mentira y memoria, de casticismo y modernidad, da al Madrid de La calle de Valverde su tono tan peculiar, su aleación tan perceptible de vitalismo y melancolía. Como sus personajes, nosotros mismos casi llegamos a creer que el futuro de aquel tiempo no está escrito, que la historia hubiera podido suceder de otro modo. Quién podía imaginarse que sobre ese Madrid moderno y popular de la novela acabaría cerniéndose un horizonte de bombardeos y de incendios, un mañana negro de hambre, derrota y dolor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 23 de octubre de 2003.