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Cristina Rivera Garza viaja al dolor de un manicomio mexicano

Para la novelista mexicana Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964) la locura es trágica y mágica: "Tiene una serie de flores y sabores, de sonidos y elementos relacionados con el cuerpo, la visión y los sentidos, que difícilmente encuentran su lugar en el ensayo académico". Por eso sus investigaciones en los archivos del manicomio de La Castañeda durante cinco años tomaron forma, por un lado, de tesis doctoral, y por otro, de novela: Nadie me verá llorar fue publicada en México en 1999 y ahora aparece en España en Tusquets. "Como suele suceder con esta serie de híbridos que van de la historia a la literatura había cosas que no podía decir en el lenguaje académico", explicaba ayer en Madrid.

"Hay muchos elementos en la novela que están anclados en datos comprobables. Me interesaba que se notara que éste era un recorrido histórico, pero sin camuflar el lenguaje haciéndolo pasar por un lenguaje de inicios del siglo XX", señaló Rivera Garza, profesora de Historia en la San Diego State University. La escritora retrata la vida en La Castañeda, "el bote basura de los tiempos modernos y los tiempos por venir", en la que conviven un fotógrafo de locos, Joaquín Buitrago, y una enferma, Matilde Burgos, que cree haber conocido años atrás en un burdel.

"El personaje de Matilde sí aparece en un expediente del archivo con otro nombre. Hay elementos de su propio lenguaje e incluso en algunas secciones de la novela los he transcrito tal cual", continuó la autora, que ha ganado con este libro el Premio Nacional de Novela de México. Un fotógrafo encontró en un bazar unas imágenes del manicomio firmadas con las iniciales J. B. y la novelista imaginó el nombre de Joaquín Buitrago.

Fascinación por la locura

La autora de La guerra no importa confiesa que comenzó su investigación "con una fascinación un poco romántica por la locura, por lo que estaba al otro lado del mundo llamado racional a inicios del siglo XX". Pero tras bucear en los archivos su opinión cambió: "A veces vemos la locura como un proceso de resistencia ante la opresión de la persona y se nos olvida las condiciones trágicas y difíciles que imperan en la vida de los manicomios".

No quiere encasillarse en un estilo. "Lo que me interesa de la escritura es siempre tratar de descubrir las reglas del texto conforme lo estoy escribiendo. Más que definir un estilo que va de trabajo en trabajo, quiero descubrir la tensión específica del lenguaje en cada trabajo que emprendo", precisa. "Pensándolo bien, ahora haría de manera distinta la tesis. Tal vez trataría de violentar un poco más la forma del ensayo académico para hacerlo más híbrido", opina. Entonces su compatriota Carlos Fuentes no hubiera descrito Nadie me verá llorar como "una de las obras de ficción más notables de la literatura no sólo mexicana, sino en castellano, de la vuelta de siglo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2003