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Crónica:LA CRÓNICA

Bosque tan negro

Más que el color negro, lo que ofende es el olor que ha dejado el incendio. Un olor acre que se incrusta en forma de áspero picor en la garganta. Visito los montes quemados de Maçanet de la Selva. Paseo por el entorno del Castell de Torcafalló. El manto de la tierra es negro, son negros los árboles, negras las piedras, negros los cacharros que alguien tiró por ahí. Negras las bellotas. Recojo un par. La cáscara se desprende sin esfuerzo y muestra un negrísimo huevo en miniatura que brilla como una perla rara. También el negro de los troncos brilla, a veces, con fulgor de plata. El contraste del bosque quemado con las zonas que se han librado del fuego es inquietante: las malas hierbas, las zarzas y los apretujados arbustos forman una muralla verde, pero fea e impenetrable; mientras que el fúnebre esqueleto de los árboles surge de un limpísimo suelo de charol.

Visito los montes quemados de Maçanet de la Selva. El manto de la tierra es negro, son negros los árboles, negras las piedras

Llego a la urbanización Mas Altaba por un puente que salva la autopista. Enseguida aparecen las primeras casas. La urbanización ha sido construida con evidente modestia de recursos. Los chalecitos imitan, en forma de involuntaria caricatura, las residencias burguesas. Barbacoas profusamente decoradas, jardines con abundancia de enanos de piedra, edificios parcheados que exhiben los pobres materiales con que fueron alzados, casas diminutas de ingenua pretensión versallesca. Aquí y allí, entre jardines o huertos, o en las parcelas vacías, rastros demasiado evidentes de suciedad y descuido. De vez en cuando, alguna caravana, algún barracón e incluso algún chalet realmente sólido. De manera abrupta, la montaña se empina llevándose las casas por mochila, creando pequeños valles angostos en los que resuenan los incansables ladridos de la legión de perros vigilantes y la música radiofónica de unos obreros que trabajan en una parcela. No hay gente por las calles. Flota en el ambiente una impresión de abandono. El lugar está situado en plena naturaleza y, a lo lejos, más allá de los bosques incendiados, el paisaje es verde e infinito; pero el run-run de la autopista y los ladridos dominan el escenario. El chocante escenario en el que viven los que huyeron de la gran ciudad para instalarse junto al caudaloso río de asfalto de una autopista.

He hablado esta mañana con el alcalde de Maçanet, Josep Romaguera, elegido recientemente. Esta es una de las mejores urbanizaciones de su tipo, me explica. Otras son mucho más precarias, con gran abundancia de caravanas y barracones. La mayoría de ellas fueron creadas en la década de 1970, y todas con parecido guión. Un promotor avispado compraba una montaña por esta zona (entre el Maresme y la Selva), cercana al tren y a la autopista. Vendía las parcelas a precios módicos y, normalmente, desaparecía sin haber construido los servicios básicos. Los servicios de Mas Altaba están a punto de terminarse. Pronto el Ayuntamiento podrá acusar recibo de las obras a la Junta de compensación: 30 años después. No es extraño que el fuego meta la nariz en las urbanizaciones. Al ocupar la alcaldía, Romaguera ha descubierto que no existía en Maçanet un registro de propietarios. "Es imposible obligar a mantener las parcelas limpias si no sabemos a quién pertenecen". Ha destinado a la tarea a una brigada de cuatro personas. Pregunto: ¿Todas estas urbanizaciones nacieron en tiempos de Franco, verdad? "¡Qué va! Con democracia y autonomía han seguido desarrollándose".

La negrura que ha dejado el fuego subraya la desolación de Mas Altaba. La arena se acumula en algunas calles, arrastrada por unas lluvias que se han apresurado a erosionar las pendientes. En lo alto de una loma, entre parcelas quemadas, trabajan los obreros con la radio encendida. Mientras una locutora diserta sobre las operaciones de cirugía estética, ellos me cuentan su vida en la caravana. Durante los cuatro o cinco días que tardarán en montar una estructura prefabricada comerán y dormirán en ella. "Después vendrán otros para hacer los interiores". Cobran 800 euros al mes trabajando a destajo. En menos de un mes la casa estará terminada. "No me llega para la comida de mis hijos y Cáritas me ayuda". Son bolivianos y colombianos. Sin papeles. Sometidos a tres niveles de subcontratación: tres empresarios ganan dinero a su costa. Unos ancianos, sentados en su balcón, contemplan el bosque negro. No parecen percibir el acre olor a quemado, que me ha causado dolor de cabeza. Bajo la piel negra del incendio aparece una Cataluña invisible y deprimente, pero real como la vida misma: la de los promotores que estafan y los humildes compradores trasquilados, la de la barbarie urbanística y la pésima educación estética, la de los grandes espacios residenciales sin alcantarillas.

Antes de marchar, charlo con unos empleados que reparan la línea telefónica. Uno de ellos acusa a los bomberos. "Yo estuve aquí, el segundo día del incendio, trabajando para reconectar la línea. Pregunté a unos bomberos, dos tipos con el pelo hasta los hombros, por dónde podíamos pasar. No sabían nada. ¿Cómo pueden ser bomberos con aquellos pelos, si cualquier chispa les puede encender la cabeza?". El que habla es un hombre fuerte, de casi 60 años, con el torso tiznado. Un hombre duro de los viejos tiempos. "Antes, no se prendían tan fácilmente los fuegos. Y, en todo caso, se apagaban rápidamente: los que se dedicaban a ello conocían la zona". Antes, antes. Cuando llegan los desastres siempre hay quien pinta el pasado como una Arcadia con sentido. Me despido sin mencionar al olvidado escritor Prudenci Bertrana, quien relató, precisamente, los frecuentes incendios que se producían, 100 años atrás, en estos montes de la Selva. Los payeses llamaban "el roig" al fuego. Primero llega el rojo y después, el negro. Así sucede con los fuegos del monte y así, tal como narró Stendhal, con los fuegos de la vida. Stendhal, Bertrana: ante la desolación, queda por lo menos el consuelo de la literatura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2003