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COLUMNA

Horacio

Encuentro frente al parador de turismo de Cádiz un anuncio en el solar donde se construye un aparcamiento, el futuro Parking Tenis: "La vida es corta. No pierdas tu tiempo aparcando". Es difícil aparcar por aquí y ni siquiera es aconsejable el espacio reservado para coches a la puerta del parador hotel Atlántico, bajo esbeltas palmeras. Hay peligro de que los coches se manchen, según advierte la dirección: estamos en zona de anidamiento de cotorras protegidas, el periquito gris de Argentina o Myopsitta monachus, ave gregaria y verde. "La vida es corta. No pierdas tu tiempo aparcando", dice el anuncio del Parking Tenis, y me suena a traducción contemporánea del poeta latino y aparentemente difunto Horacio: "La vida es breve... Mientras charlamos, se nos escapa el tiempo ruin: aprovecha el día".

Existe una prisa, un ansia o una angustia por aparcar que a veces desemboca en ataques de ira motorizada o de irresponsabilidad transitoria. Yo he visto en Granada a quinientos conductores atascados por un solo coche que desestabilizaba en aquel mismo instante la red de transportes públicos en un día de calor claustrofóbico. Un autobús, incapaz de doblar una esquina invadida por el coche mal puesto, taponaba el tráfico sin posibilidad de retroceso ni avance. Yo iba en aquel autobús y vi cómo el culpable de toda aquella irritación masiva, irrisoria y violenta sólo era un buen padre que jugaba con su hija en un jardín con columpios.

El anuncio horaciano del Parking Tenis me recuerda que aparcar es banal y la vida es breve (poca y peligrosa, dijo otro más rudo), pero incluye un último eslogan positivo: "Muy pronto aquí tu plaza de garaje", frase económica y algo contrahecha, rítmico verso de 11 sílabas, una especie de pentámetro yámbico que suena a promesa bíblica como aquella de Dios a Abraham: "Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino". Veo que la gran cruz de la capilla de Nuestro Padre Jesús Caído se alza junto al solar del futuro parking, que hasta ayer mismo fue un club de tenis (dos pobres pistas de red floja sobre las que sonaba, yo la oí, la canción del verano), y pienso en la proliferante arquitectura especializada en aparcamientos. Son edificios que tienen algo de templo colosal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2003