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Entrevista:CHANO LOBATO | Cantaor | TALENTOS CON ÉXITO

"Si me quito de cantar, palmo"

Si Chano Lobato hubiera nacido en Francia, Italia o cualquier otro país sensato, ahora quizá sería académico de la lengua o doctor por La Sorbona y tendría dos Mercedes y un chalé en las afueras. Como nació en Cádiz, sus 55 años de carrera apenas le han dado para una modesta casa de dos plantas en el barrio sevillano de Heliópolis, junto al campo del Betis, una diabetes, un yorkshire y diversos premios flamencos que comparten estantería con el Cossío. Pero Juan Ramírez Sarabia está conforme con lo que tiene. Sobre honores, inmuebles y esculturas hace mucho tiempo que disfruta de lo que más le importa: el cariño y la admiración del público, "monstruo de siete cabezas" que él se mete en el bolsillo en hora y media de cantes y embustes, ese ritual mágico inventado por él mismo. Chano Lobato actúa mañana en el Festival del Cante de las Minas y declara: "Cantar es mi vida. Y si me quito, palmo".

"Como artista, admiro a Morente. Por inteligencia, a Rancapino, que siempre cobra. Y como vendedor, a Mercé"
"Lo que más me gusta del mundo es reírme. El cante, el baile, el toreo, el son, el arte, hablar, pasarlo bien con la gente. Soy rico en amigos"

Pregunta. ¿Quiere resumir su historia en 10 líneas?

Respuesta. ¡Imposible, sobrino! Bueno, allá vamos. Fui hermano de cuatro niñas, quise ser torero, vi una vaca y salí corriendo, mandé a las niñas al Auxilio Social, de noche me arreglaba mucho pero tenía el estómago mirando a Rota. Abusé de la vida golfa, trabajé cinco años en la fábrica de tabaco y fue peor: perdí el hilo y vengan borracheras y juergas con los embarcaos ricos que llegaban a Cádiz. Los flamencos íbamos con ellos en los coches de caballos. Parecíamos una gramola ambulante. El cochero se llamaba Mojones y el cantaor, El Peste. El caballo sabía bailar a compás, ¡por la gloria de mi madre! Luego conocí a Pepe Blanco, un taxista que cantaba con mucho sabor, y me fui a Madrid con la compañía de Carmen Moré. Parecía Onassis. Me compré dos hogazas de pan en Alcázar de San Juan, fui a Saldos Arias y me equipé como Rodolfo Valentino: mi peazo de traje y mi sombrero. Una noche me oyó cantar Antonio el Bailarín, me contrató y pasé 18 años con él. Dimos dos vueltas al mundo. Un día de fin de año estábamos en Hawai y nos comimos las uvas. Cogimos el avión, llegamos a Los Ángeles, ¡y otras 12 uvas!

P. ¿Qué recuerda de la guerra?

R. Unos moros muy malos y muy grandes llegaron con el general Varela y disparaban desde las azoteas a las gallinas de Constantino. Del hambre nos defendíamos en el muelle, con la carga y descarga siempre había pescao. También había un sindicato muy anárquico. Un día, Juan Pérez pidió 20 o 30 veces la palabra, y el secretario, Terrada, que era el único que sabía escribir, no se la daba. Cuando por fin se la dieron, dijo: "Era para decir que el escribiente tiene la cara como una liebre bizca". Y ahí se acabó el sindicato y perdieron la guerra y todo.

P. ¿No vio ninguna tragedia?

R. ¡Muchas! Yo nací en la calle de la Botica, enfrente de la cárcel, y aquello era una tragedia viva. Un primo mío, Pepillo, le puso una maleta a un santo, como diciendo que ya se iba. Lo fusilaron.

P. ¿Y la dictadura cómo la vivió? Dicen que los flamencos, como vivían de noche, no notaban la falta de libertad.

R. ¡No hasta ese extremo! A alguno incluso lo mataron, y siempre estabas con las carnes abiertas, porque cualquier policía podía cerrarte la venta o el cabaré, nunca sabías. A veces nos juntábamos en El Escorial, escondidos. Lo que pasa es que nos cogíamos una clase de borracheras que nos atrevíamos a cualquier cosa. Yo cogí mi primer avión con Paco Toronjo, y como nos daba miedo, nos pusimos ciegos de coñá. Toronjo llegó borracho y se tiró borracho 30 años. Una noche, en el Arco de Cuchilleros, con El Beni, cogimos un mulo de los que usaban para recoger la basura y lo metimos al tablao. Dimos la vuelta al ruedo, lo tiramos todo al suelo y nos fuimos. ¡Nos dieron unas ovaciones!

P. Conocería a Ava Gardner, como todos los flamencos.

R. ¡Sí, una noche le di una bofetada! Íbamos en el coche, le tiré un sopapo a Diego Pantoja, se agachó y le di a ella. Y ya no quiso que fuera más con ella. Culpa de Dieguito, que era muy gracioso.

P. Así que de sexo ni hablamos.

R. Todos ronean de que se lo hicieron con ella: ¡Mentira! Con Sinatra, sí. Con Luis Miguel Dominguín, sí. Con Mario Cabré, bueno. ¡Pero con el Niño de la Escoba, una mierda! Una noche, en la Feria de Sevilla, le dijo a El Poeta, un tocaor muy conquistador, que la sacara de allí ligero. Se fueron en la vespino de él, al campo, y al rato volvieron. ¿Qué, poeta? "Superior". Di la verdad, poeta. "¿La verdad? Estaba loca por hacer caca". Ésa era la verdad.

P. Dinero no habrá ganado mucho, pero reírse, todo.

R. Lo que más me gusta del mundo es reírme. El cante, el baile, el toreo, el son, el arte, hablar, pasarlo bien con la gente. Y he tenido esa compensación, soy rico en amigos. Nunca me ha gustado la guasa, siempre que he visto venir la guasa he salido corriendo. Los artistas me camelan, aunque tengo todos los síntomas del flamenco: embustero, impuntual...

P. ¿Tuvo un maestro?

R. Uno sólo, no. Pericón, Matrona, Espeleta, Vallejo, eran sabios, gente extraordinaria, muy larga, que tenía todos los pases daos. Me abrió mucho la mente la antología de 33 cantes de Perico el del Lunar. Unos la asimilaron y otros no, pero ahí estaba todo.

P. ¿Y ahora a quién admira?

R. Como artista, a Morente, no hay más que ver la intriga que despierta y cómo le roban todos. Por inteligencia, a Rancapino, que siempre cobra por delante. Y como vendedor, a Mercé. ¡Qué manera de vender y de marcharse! ¡Pero chico, dónde vas, si cobras 18 pesetas y la cosa va por 9! Pues él se va, y se va. Aunque le pidan otra. A mí me piden otra y me tiro cantando hasta el día siguiente. Él es frío de cuello, canta un fandanguito muy bien vocalizao, se larga y la gente se lo come. ¡Eso es dominar al monstruo de siete cabezas! Yo quisiera asimilar ese poquito, pero ya no lo asimilo.

P. Bueno, usted tampoco es manco en dominar al público.

R. Tengo sentido de la medida. Si con esta edad salgo y canto media hora por soleá los ronquidos llegan a Pamplona, la gente se va y no vuelve más. Mejor cortito, una pincelada por siguiriyas, un fandanguito de Huelva, una guitarra viva, cuatro o cinco embustes y la gente, al suelo. Así me aguantan en todas partes. Este año he estado en el norte, Bilbao, Logroño, Burgos, y es una satisfacción grande ver a la gente entrar. Me dicen: "El flamenco nunca me ha gustao, pero con usted no sé qué me pasa". Yo nunca roneo porque soy muy humilde, pero eso es muy difícil. Y me da mucha alegría. Con 75 años no se puede estar mejor.

P. ¿Tiene el caché que merece?

R. No sé, y por eso cuando me preguntan en qué flamenco me miro siempre digo: en Rancapino. Si me llaman a un sitio, digo: "¿Qué haría Rancapino?". Pero me gusta tanto esto que trabajaría gratis. A veces llego a una peña y me dicen: "Mira, Chano, tenemos una rifa, patatín, y no podemos pagarte". Con que me digan "mira", yo ya sé, digo "no se lo digáis a nadie" y salgo a cantar.

P. ¿El escenario es lo que más le gusta?

R. Y un whisky a tiempo. Por eso digo que he tenido una suerte que no merecía. A pesar de esa imagen que me han puesto de gracioso, de que muchos no me ven como un cantaor largo, he sido responsable y generoso. Lo ficticio se ve, la verdad se palpa, y la gente lo ha reconocido. Es verdad que lo que hago está trillao, pero le meto algunas cosas de Filadelfia. Una vez, en Francia, me puse malo y no podía cantar. Me dijeron: "No importa, cante por señas". Eso es lo que cuenta.

P. Estar en paz con uno mismo.

R. ¡Qué bonito, sobrino! Déjame apuntarlo en esta servilleta.

75 CASTAÑAS

Como testimonio de una forma que se extingue de ser, cantar y contar, Chano Lobato ha narrado sus recuerdos y ha grabado algunos de sus cantes y anécdotas mejores en el libro-disco (no se esfuercen mucho, es casi inencontrable) Memorias de Cádiz, que han escrito los periodistas Juan José Téllez y Juan Manuel Marqués y ha editado la Diputación de Cádiz. Ahí está su mundo peculiarísimo, hecho de sabor y surrealismo, una simpatía arrolladora y una personalidad enorme, dentro y fuera del escenario. Aunque dice que "con 75 castañas uno se encuentra más pastueño y más centrado", Chano sigue haciendo diabluras en los escenarios al menos cuatro veces al mes. El resto del tiempo lo pasa en casa "viendo películas (es un gran cinéfilo) y leyendo en el Cossío esas críticas maravillosas de Parrita y de Bombita".

Ahora está deprimido porque su hijo Chano tiene problemas de salud, "no he llorado más en mi vida", pero hablando de flamenco ante dos cervecitas sin alcohol y una con se le iluminan los ojos y da la habitual exhibición de inteligencia y sinceridad. Dice que la fuente del flamenco es la antología que se hizo en Francia en los años cincuenta. "Aquellos discos eran el libro, la tabla, y a partir de ahí tienes que investigar y robar lo que mejor te vaya y darle personalidad, eso tan bonito y tan difícil".

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