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El juez convoca a Videla para comunicarle su detención ante su posible entrega a España

El ex dictador argentino acudió al tribunal rodeado de policías y en medio de insultos

El juez federal argentino Rodolfo Canicoba Corral comunicó ayer las razones de su arresto preventivo al ex general Jorge Rafael Videla y otros altos cargos de la dictadura militar de los años setenta, acusados por delitos de genocidio, a los que el juez español Baltasar Garzón reclama para ser juzgados en Madrid. El ex almirante Emilio Massera, miembro junto con Videla de la primera junta militar que encabezó el golpe de Estado de 1976, justificó su ausencia con certificados médicos. A fines del pasado año, Massera sufrió un derrame cerebral y estuvo dos semanas en coma.

Videla ingresó en la sede de los tribunales federales en medio de insultos, gritos y rodeado de guardias que le protegían de un grupo de manifestantes. Sólo dijo "no" cuando el juez le preguntó si tenía algo que declarar. Sus abogados defensores presentaron un escrito ante el tribunal para "recordar que los delitos por los que le reclama Garzón ya han sido juzgados en Argentina, los comandantes fueron condenados y, años más tarde, indultados por el ex presidente Carlos Menem". El ex dictador Videla, que el pasado 2 de agosto cumplió 78 años, permanece bajo detención en su apartamento del barrio de Belgrano, al norte de Buenos Aires, desde 1998, cuando le imputaron en los procesos que se siguen por el robo de cinco niños nacidos en cautiverio.

 

El pasado miércoles fue detenido también el sacerdote Christian von Wernich, ex capellán de la policía de la provincia de Buenos Aires entre 1976 y 1979, cuando la fuerza de seguridad quedó a cargo del ex general Ramón Camps. Sin embargo, un juez federal de La Plata le dejó ayer en libertad tras admitir el recurso de habeas corpus interpuesto por su defensa. La Cámara Federal de la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, el tribunal donde se sigue uno de los llamados Juicios por la Verdad en los que se investiga el destino final de los miles de desaparecidos, imputó a Von Wernich por delitos de secuestro, torturas y asesinatos.

 

Unas horas antes, en la capital federal, el presidente argentino, Néstor Kirchner, recibía por primera vez al presidente de la Conferencia Episcopal de Argentina, monseñor Eduardo Mirás, al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, y a los representantes de la Iglesia católica para hablar de los "problemas sociales". Monseñor Mirás dijo que las "opiniones personales" como las del arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Auger, que había advertido sobre "los reclamos de Justicia que suenan a clamores de venganza" no representaban al episcopado, "porque aún no se ha tomado posición sobre el tema" de los juicios a los militares acusados de graves violaciones a los derechos humanos. De todos modos, monseñor Mirás señaló: "En estos temas hay dos extremos que hay que evitar, uno es el de la impunidad y el otro el de la venganza".

 

El sacerdote Von Wernich, de 65 años, hijo de una familia de clase alta de Concordia, provincia de Entre Ríos, que aún ejerce de sacerdote y pertenece a la Iglesia argentina, escuchó el pasado miércoles 22 testimonios de supervivientes de la dictadura que le señalan como cómplice y partícipe necesario en secuestros, torturas y asesinatos. Cuando el juez le concedió la palabra, sólo dijo: "Haciendo uso del artículo 18 de la Constitución nacional, no voy a declarar". Tres hijos de ciudadanos desaparecidosse abalanzaron sobre él, le pegaron, arrojaron huevos, yogur y le insultaron. El público comenzó a gritarle "asesino" y el juez ordenó desalojar la sala. Luego le impuso la detención preventiva.

 

En 1984, el ex policía Julio Emmed declaró ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep): "Se iba a retirar de la Brigada de Investigaciones de La Plata a tres subversivos quebrados, supuestamente para ser trasladados al exterior. El padre Christian von Wernich bendijo a los ex subversivos. En el coche donde iba yo se encontraba el padre Christian von Wernich. Yo debía dar el golpe que adormecería a la persona. Pego el golpe cerca de la mandíbula pero no logro desvanecer al joven, Giménez saca la pistola reglamentaria. Cuando ve el arma se precipita contra ella y se entabla una lucha, que me obliga a tomarlo del cuello y le descargo varios golpes en la cabeza con la culata de mi arma. Se producen varias heridas y sangra abundantemente, tanto que el cura, el chófer y los dos que íbamos al lado quedamos manchados. Los tres vehículos entran por una calle lateral de tierra hasta un paraje arbolado, allí estaba el oficial médico [Jorge] Bergés. Se baja a los tres cuerpos de los subversivos que en ese momento estaban vivos. Los tiran a los tres sobre el pasto, el médico le aplica dos inyecciones a cada uno, directamente en el corazón, con un líquido rojizo que era veneno. El padre Von Wernich me habla de una forma especial por la impresión que me había causado lo ocurrido. Me dice que lo que habíamos hecho era necesario, que era un acto patriótico y que Dios sabía que era para bien del país".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2003