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Tribuna:

Madrid se ha ido

Hace un par de años escribí un artículo en este diario indicando que Madrid parecía estar olvidándose de España. Parecía embarcada, Madrid, en una aventura americana (que por ende empezaba a flaquear); en un vuelo hacia la globalización. ¿España? España era tan sólo el lago donde ir a pescar empresas para consolidarlas en otras de mayor tamaño y para proyectar el resultado en el mercado global, que era el importante. España pasaba a ser un conjunto de puntos más o menos cercanos al centro, a la capital: "Todo a tres horas de Madrid, como máximo", era la consigna del Gobierno.

El magnífico paisaje pintado por la Constitución, una España plural, con idiomas, pueblos y nacionalidades unidas en un proyecto común, se iba como destiñendo para permitir la aparición de la auténtica, inmarcesible e incombustible pintura de fondo, la de la España radial, díscola, difícil y necesitada de una mano firme en el centro para dominar sus demonios; si bien ahora una mano tan económica como política, tan "liberal" como antes dictatorial, tan obvia e inocente de todo pecado como nunca antes lo había sido. Ya ni se necesitaba repetir la frase del XVIII, en aquella pragmática sanción que procuraba la desaparición del catalán "sin que se notara el empeño": las cosas irían en este sentido, en efecto, casi sin percibirse.

"¡Es el mercado, estúpidos!", nos decían desde Madrid a los catalanes y otros periféricos que cuestionábamos la actitud del Estado.

Pues bien, las cosas han ido evolucionando a peor. Primero porque la economía y la política globales se han complicado. Y segundo porque el Gobierno español, y en concreto su presidente, soñando ya en su retiro, se desabrocharon el cinturón antes de tiempo, y se les cayó el firmamento encima a partir de la primavera de 2002: cumbre europea sin gloria, decretazo, huelga general, cambio de Gobierno para echar a los culpables, más cambios para aprovechar la ocasión (ministros, presidentes autonómicos, alcaldes, presidente del Senado -lo nunca visto, al menos en Europa y Norteamérica), Perejil, chapapote y guerra de Irak. De todo.

Pero Aznar reaccionó, hay que reconocerlo. Aplicando la vieja máxima: a lo hecho, pecho. Más de lo mismo. Más antiterrorismo, más antitodo. A la guerra si hacía falta. Fuimos a la guerra y la gente se echó a la calle. La mayoría silenciosa, por definición, se quedó en casa. Se "ganó" la guerra, y aunque siguieron los desastres, los periodistas muertos en combate, los soldados muertos en accidente aéreo, los trenes chocando una y otra vez... llegaron las elecciones y el partido del Gobierno no se hundió. Sólo pasó de primer a segundo partido en España, de segundo a tercero en Euskadi y de tercero a cuarto en Catalunya. Menos desastre que el que los desastres anteriores anunciaban.

Y en eso llegó Tamayo. Madrid volvió a ser tema. En Alcorcón se prevé doblar la población -son 160.000 personas y se proyectan 30.000 nuevas viviendas en una sola operación urbanística-. Parece que existe otro proyecto semejante en Chamartín. Cada uno de esos proyectos mueve un billón de pesetas. Lo que se gastó en Barcelona en diez años en torno a los Juegos Olímpicos, incluyendo las obras públicas y privadas, estadios, transportes, tendidos de red de fibra óptica, museos, rondas de circunvalación, hoteles, alojamiento de 10.000 atletas y 15.000 acompañantes, etcétera, era algo menos de un billón de pesetas del año 1992. En Madrid se podría emplear el doble en ampliar dos barrios.

Calculen ustedes cuánto pueden gastar en comprar voluntades y torcer procedimientos los que quieran llevar a cabo esos proyectos. Cueste lo que cueste, siempre será ridículo en comparación con lo que se espera ganar.

Es cierto que Ruiz-Gallardón mantuvo esos proyectos en suspenso. Pero también lo es que Simancas propuso algo más concreto: sustituirlos por otros totalmente distintos, basados en vivienda pública.

Es cierto también que la Federación Socialista Madrileña no tiene fama de ser la más perfecta de las federaciones del PSOE. Tarradellas volvió de Francia recordándonos los problemas de esa federación durante la República. Tierno fue un paréntesis. Madrid fue una fiesta de democracia y libertad. Pero Tierno no cambió el partido. Leguina lo intentó. Le toca a Zapatero hacerlo.

Pero volvamos a la política. La hazaña de Aznar al meter a la derecha en la Constitución no le ha salido gratis a España. Su empecinamiento nacionalista -la otra cara de la moneda- amenaza con dar al traste con unos equilibrios que han funcionado bien durante 25 años. Su insistencia en la Unidad con mayúsculas, en vez de la unión con minúsculas, desde abajo, y su terquedad en hacer la bandera más grande y de plantarla en un islote perdido, que es un poco símbolo de lo mismo, de un deseo mal expresado de jugar en la liga de las grandes potencias, han alentado al independentismo y han devuelto la bandera republicana a las calles.

Recapitulemos: Madrid fue una pieza esencial del cambio a la derecha de 1996. El PP ganó entonces por tan sólo 300.000 votos sobre 30 millones. Pero en Madrid comunidad ganó por 600.000. Por decirlo así, España no había abandonado a los socialistas, pero Madrid sí.

El resultado fue recibido con alivio por muchos, incluso por sectores liberales de la derecha que temían, con nosotros, que la agresividad de Aznar ("¡Váyase, señor González!") iba a llevar las cosas adonde ahora finalmente han llegado. Recuerdo, y los invitados recordarán también, que un mes antes de las elecciones nos reunimos informalmente en el Palacete Albéniz de Barcelona representantes de varios partidos políticos españoles, de izquierda, derecha y nacionalistas, y llegamos al acuerdo de reclamar el necesario respeto a las instituciones y al diálogo, ganase quien ganase. Se publicaron incluso dos artículos en este sentido, uno en Madrid y otro en Barcelona.

En el año 2000, ETA decidió por nosotros, y no ingenuamente. Terminó la tregua un mes y medio antes de las elecciones. Y tres semanas antes asesinó a Fernando Buesa. España entera -salvo Catalunya y el País Vasco- abonó entonces la dureza antiterrorista de Aznar.

El ciclo se cierra. El día 1 de julio de 2003, Aznar se ha casi despedido del Parlamento. Asistí un día antes al debate con Zapatero, durísimo, a cara de perro. Aznar se retira fiel a su principio. Sólo faltaba el "¡Váyase, señor Zapatero!".Madrid, el Madrid político, no está en su mejor momento. Y ahora me pregunto: ¿cómo es el PP madrileño? No lo sé con precisión, pero intuyo que no debe ser una cofradía piadosa. En todo caso, tal como van las cosas, es probable que tengamos antes de dos meses alguna respuesta a esos interrogantes.

Es preciso que los ciudadanos de toda España tengan una idea clara de lo que pasa en Madrid. Porque si no hay una reacción en toda España frente a la deriva de la política en la capital, podemos pagarlo muy caro.

En Catalunya el efecto de todo lo que está pasando en Madrid va a ser menor que en otras comunidades. Aquí estamos a las puertas de un cambio que se masca en todos los ámbitos. Tras las elecciones municipales, el 71% de los ciudadanos catalanes tienen alcaldes socialistas, el 17% alcaldes nacionalistas y el 5% alcaldes republicanos.

Pujol, aliado de Aznar, conviene recordarlo, desde que le apoyó en julio de 1995 pidiendo, y consiguiendo, la dimisión del vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra, se ha despedido también del Parlamento y también con malos modos. Con su abogado personal, su juez preferido y su empresario modélico en la cárcel o pagando fianza para evitarlo, considera desagradecidos e inútiles a todos los demás, lógicamente.

Si Pujol no lo ha hecho antes, el día 22 de septiembre se autoconvocan las elecciones para el 16 de noviembre. Pujol puede especular con que el PP le inflija al PSOE y a la izquierda un correctivo severo en Madrid a finales de octubre. Pero no cuenta con que, aparte de que no está claro cómo el resultado madrileño vaya a influir aquí, ese resultado puede no ser en octubre el que ahora se predice. Veremos qué ocurre en verano. El verano es la noche de la política.

Yo confío en que la sociedad civil madrileña reaccione y se plantee seriamente cuál ha de ser el papel de esa comunidad en la política española; y para empezar, cómo debe Madrid regenerarse políticamente.

Cuatro años más de deriva como la de los dos últimos y España perdería el norte. Y nunca tan bien dicho.

Pasqual Maragall es presidente del Partit dels Socialistes de Catalunya.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003