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Un buen caramelo amargo

Arranca El compromiso con maneras convencionales y deja ver pronto que mueve hilos de cine genérico. Pero es en medio de este arranque con formas sabidas cuando surge por debajo de la imagen algo que no se aviene con esos hilos genéricos y rompe por dentro la uniformidad de su engarce, creando una curiosa disonancia. Se trata de toques de rareza y singularidad que unas veces rozan lo surreal -los sueños de Jake Gyllenhall, el muchacho conductor del relato, el vómito del perro- y otras son incorporados a la exterioridad del relato, a su verosimilitud.

Es el caso -y de ahí procede la capacidad para crear instantes de sorpresa de un relato lleno de lugares comunes- de los chocantes comportamientos que, moviéndose en los bordes de la comedia, ocurren paradójicamente dentro de una situación no ya dura, sino durísima, de tragedia, como es la extraña flema, casi irónica, de Dustin Hoffman y Susan Sarandon mientras comienzan a reconstruir sus vidas tras el asesinato de su hija. Es un arranque moldeado con leyes genéricas, que descoloca al espectador y le hace asistir a una especie de caramelo amargo. Hay un choque entre patetismo e ironía -y conviene detenerse en lo que este instante tiene de llave del subsuelo del filme- en una crispada y extraña escena que Dustin Hoffman resuelve en clave formal de comedia: entra en un bar y pregunta con brusquedad en qué taburete estaba sentada su hija cuando la mataron. Y el gran actor se abre así a un salto interpretativo de gran vuelo, desvelador del desgarro interior de su personaje.

EL COMPROMISO

Director: Brad Silberling. Guión: Brad Silberling. Intérpretes: Dustin Hoffman, Susan Sarandon, Jake Gyllenhaal, Aleksia Landeau, Richard Messing. Género: drama. Estados Unidos, 2003. Duración: 117 minutos.

Es este salto de Hoffman hacia dentro similar al que poco más tarde da Susan Sarandon en un momento magnífico, doloroso pero de gran luminosidad. Es su encuentro, en un amanecer, con Jake Gyllenhall, el novio de su hija asesinada, que a su vez dispone -gracias al hábil trenzado del guión del director, Brad Silberling- de otro salto hacia dentro de gran eficacia en la escena del proceso. Estos saltos hacia dentro abren en los personajes de El compromiso un territorio psíquico escondido y un subsuelo sentimental que les proporciona riqueza y da la impresión de ser una carrera de relevos in crescendo continuo a cuanto hacen Sarandon, Hoffman y Gyllenhall, que en cada intervención descifran un rasgo de su máscara visible.

Este enriquecimiento de los personajes permite que, por detrás de las evidencias, discurra otra película e incluso una tercera, una comedia sentimental a la que da cuerpo Aleksia Landeau -que se sitúa muy por encima del otro personaje muleta, Holly Hunter, la abogada, que es lineal, sólo funcional, lo que crea un agujero en el guión-, la bella camarera que da una vivísima réplica lírica a la sombra de la muchacha asesinada sobre la que gira la trama de este buen y amable tragedión con adornos de comedia, que deriva hacia el melodrama y el enigma procesal y finalmente, a través de una serie de dulces happy end engarzados, hacia la comedia de tristona y sentimental.

El juego de El compromiso es obra de cinco maravillosas máscaras correctamente dirigidas por Silberling, que pierde la compostura en el montaje y nos machaca con una banda sonora atestada ad nauseam de canciones. No se merecen Sarandon, Hoffman, Hunter, Gyllenhal y Landeau, que dan carne viva al filme, esta intrusión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 05 de junio de 2003.

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