Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
GUERRA EN IRAK | El debate en Europa

¿Cabe competir militarmente?

La invasión de Irak por los ejércitos de la coalición anglonorteamericana ha puesto de relieve la enorme debilidad europea. No hemos podido impedirla, manteniendo una posición común, aunque no deje de filtrarse un rayo de esperanza por la rendija que se ha abierto cuando algunos Estados de la Unión, y no de los menos influyentes, se han atrevido a romper con el anterior seguidismo. Pero con ello se han ido al traste todos los esfuerzos realizados, cierto que estábamos dando los primeros pasos, en la construcción de una política exterior y de defensa comunes que Maastricht consideró imprescindible para que pudiese durar un mercado único con una sola divisa. Mientras la Convención diseña un futuro para una Europa ampliada, divagando en torno a una posible Constitución europea, ha saltado a la palestra la cuestión principal que hasta ahora permanecía sumergida: las relaciones de la Unión Europea con Estados Unidos. No es ya la Europa federal frente a una confederación de Estados, o una simple coordinación gubernamental de las políticas de los Estados miembros, lo que está a debate, es la existencia misma de la Unión Europea como una entidad autónoma capaz de distanciarse del unilateralismo imperial de Estados Unidos.

El tipo de relación entre Estados Unidos y Europa que seamos capaces de establecer define el modelo de Unión al que podemos aspirar. Asunto que no puede resolverse en abstracto, haciendo esta o aquella opción; es un proceso que se irá configurando según sea la evolución a ambos lados del Atlántico. Al dejar traslucir una comprensión muy distinta del Estado de derecho y del respeto de los derechos humanos, del papel de las instituciones internacionales o incluso de la política social que exige poner en un primer plano la dignidad del ser humano, esta guerra ha puesto de manifiesto hasta qué punto se ha resquebrajado la comunidad atlántica de valores. No cabe la menor duda de que la comunidad atlántica se sostiene en férreos vínculos materiales -las economías de Europa y de Estados Unidos se penetran mutuamente, con posiciones comunes frente a terceros- y sobre todo por la dependencia absoluta que en materia de defensa Europa tiene de Estados Unidos.

La Unión Europea ampliada supera en habitantes, se aproxima al producto interior bruto, y tiene una mayor capacidad industrial y comercial que Estados Unidos; en cambio, es inferior en tecnología de punta, control de los mercados financieros, con el dólar como divisa de reserva, pero sobre todo en donde ya no cabe ni siquiera hacer comparaciones es en el aspecto militar. La superioridad militar absoluta de Estados Unidos respecto a Europa impide que podamos acercarnos a nuestro ideal de ser tratados como aliados parejos, en vez de ser simplemente vasallos sumisos. Tanto los estadounidenses, como los europeos que se identifican con ellos, nos recuerdan continuamente que las relaciones no cambiarán, mientras exista el actual abismo en el tamaño y capacidad técnica de los ejércitos de ambos lados del Atlántico.

Si los europeos hemos elegido un mayor bienestar social y no estamos dispuestos a gastar mucho más en defensa, dejándola en manos de Estados Unidos, no debe extrañarnos que al final el fuerte imponga su voluntad. La paradoja que viven los europeos consiste en que, por un lado, la potencia hegemónica nos pide que aumentemos sustancialmente los gastos militares, pero, por otro, una carrera armamentística para competir con Estados Unidos, no sólo parece una política descabellada, es que llevada a cabo en serio, contaría con la oposición radical de Estados Unidos: "Nuestras fuerzas serán lo suficientemente vigorosas para disuadir a potenciales adversarios de intentar un rearme militar dirigido a igualar o sobrepasar el poder de Estados Unidos". Mantener la supremacía militar es el principal objetivo de Estados Unidos; nuestro único recurso, conseguir que el potencial bélico no sea el factor principal en las relaciones entre los Estados. Lamentablemente, la guerra de Irak comporta la lección contraria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003