Tribuna:PIEDRA DE TOQUETribuna
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El largo viaje

Hace dos mil quinientos años, muchos hombres hacían el mismo recorrido que yo hago ahora, pero en condiciones más difíciles, rumbo al centro ceremonial de Chavín de Huántar. Cruzaban los desiertos candentes de la costa, escalaban los Andes occidentales hasta alturas que rozaban los cinco mil metros, y luego de cruzar lo que muchos siglos después se llamaría el Callejón de Huaylas, iniciarían el descenso de la vertiente oriental andina, entre precipicios vertiginosos y montañas cargadas de vegetación o de nieve, y súbitas lagunas que sobrevuelan bandadas de patos salvajes y esas garzas de largos cuellos y vistoso plumaje llamadas parihuanas.

En esos remotos tiempos el paisaje era más bravío y salvaje, sin los eucaliptos de ahora, y cargado de bosques infestados de pumas y serpientes, que debían de dar cuenta de buen número de peregrinos antes de que llegaran al imponente santuario. Y lo mismo ocurriría con los hombres y mujeres que subían hasta aquí desde la selva, la futura amazonía -la fuente de la civilización que representó Chavín de Huántar, según el arqueólogo Julio C. Tello-, desafiando el espanto y el vértigo, para pedir mercedes a ese horrible dios, híbrido de pájaro, crótalo y felino que todavía nos contempla recién llegados, con sus fríos ojos de piedra y sus cuatro colmillos cruzados.

Carezco de imaginación arqueológica y, generalmente, cuando visito ruinas me quedo en tinieblas sobre lo que debió haber sido la vida, la muerte, los ritos, las creencias, la guerra y el amor entre las gentes, cuando estas piedras eran templos, palacios, viviendas, hormigueantes ciudades. Pero en Chavín de Huántar he tenido por primera vez la sensación de acercarme, a través de estos restos -plazas, murallas, ídolos, galerías subterráneas, el célebre "Lanzón"-, a quienes hace casi tres milenios peregrinaban hasta aquí, venciendo el miedo y los indecibles obstáculos de la geografía y la ignorancia, para pedir salud, venganzas, poder o magia, a estas sanguinarias divinidades que, todavía hoy, incluso a un incrédulo pertinaz como yo, producen escalofríos.

El lugar es uno de los más bellos que he visto en mi vida. El gran templo o santuario está cercado por escarpadas montañas donde florea la amarilla retama, entre quenchuales, eucaliptos y pequeños sembríos de papas y ollucos casi verticales, a orillas de un río que canta en las piedras y al que desaguan las lluvias y corrientes que deshiela la montaña aún ahora por conductos subterráneos que fueron construidos hace cientos de años. El cielo es diáfano, hay manchones de nieve en las cumbres y aquí abajo, mientras trepamos escalinatas, recorremos túneles, visitamos aposentos, nos ahogamos de calor. Hay una gran plaza cuadrada y otra circular que algunos imaginativos llaman "la plaza del hombre" y "la plaza de la mujer", y de las enormes cabezas-clavas de piedra sólo una permanece aferrada a la muralla, tal como la colocaron quienes la labraron y clavaron aquí, para que cuidara el santuario y alertara a los peregrinos sobre el desmesurado poder de los dioses y demonios que lo habitaban. A las otras cabezas las derribaron los terremotos o los aludes (los huaycos) que han desarreglado la arquitectura de Chavín de Huántar, sepultando algunas de las construcciones bajo toneladas de rocas y desenterrando otras, desplazando paredes y decapitando y mutilando estelas, ídolos, ceramios. Un anciano, que fue testigo y casi víctima del terrible huayco de los años cuarenta, nos señala la trayectoria que siguió el desprendimiento de la montaña, imita el rugido infernal que acompañaba la carreras de esos bólidos de piedra y barro que destruyeron medio pueblo y evoca el pánico de él y sus amigos, mientras corrían, despavoridos, alejándose de la avalancha. Pero pese a las catástrofes naturales, a la incuria de los humanos y a la usura del tiempo, Chavín de Huántar está todavía ahí, entre la selva y la montaña, como testimonio de uno de los más avanzados intentos civilizadores en la prehistoria de América.

Según arqueólogos e historiadores, Chavín no fue un imperio, ni un Estado, sino una laxa confederación de poblaciones y culturas desparramados por la costa, la selva y la región andina, que tenía en este santuario su centro ceremonial, y, también, el nudo gordiano de un vasto tramado de intercambios y relaciones comerciales. Pero cuando uno visita este soberbio complejo arquitectónico -ayudado por las explicaciones del amable arqueólogo del sitio- no tiene la menor duda: la función espiritual y religiosa de Chavín prevaleció sobre la económica y la política. Los primitivos peruanos venían hasta aquí arrostrando los más grandes peligros, antes que a comerciar y a guerrear, a salvar sus almas, a asegurarse un porvenir de paz o de dicha en el otro mundo, luego del trámite de la muerte.

Esas mujeres y esos hombres vivían, día y noche, en la más absoluta inseguridad, devorados por el miedo. De ese misterioso entorno geográfico que amenazaba con enterrarlos súbitamente cuando la tierra se encolerizaba y se ponía a temblar y a rugir hasta que las montañas de deshacían y les caían encima, o los inundaba y ahogaba con las bruscas subidas de las aguas que hinchaba los ríos y los desbordaba en aniegos que arruinaban las cosechas y hundían las viviendas y sumergían a los perros, los cuyes, las llamas, las vicuñas. Pero, más todavía que al temblor, al rayo, los aniegos y el huayco, la razón primordial de su pavor eran las garras y los colmillos del puma y el jaguar, o la mordedura del crótalo, que anidaban por doquier en estos bosques intrincados y que debían causar innumerables víctimas en las aldeas y caseríos. Por eso los convirtieron en divinidades y trataron de sobornarlos y aplacarlos, construyéndoles este majestuoso santuario, donde venían a traerles ofrendas y hacer sacrificios atroces, desde las regiones más remotas. El miedo que sentían explica el salvajismo al que se entregaban, la inaudita violencia a que recurrían tratando de conseguir la benevolencia de esas fieras que seguramente, además de sus bosques y riscos, poblaban también sus sueños y sus pesadillas, e, incluso cuando dormían, los picaban y mordían, inoculándoles un veneno que los hacía morir a cuentagotas, entre dolores horribles, y descoyuntándolos y cercenándoles piernas, brazos, manos.

A curarse de ese miedo cerval -miedo pánico, en el sentido cabal de la palabra- venían a Chavín de Huántar, desde los cuatro confines de lo que sólo dos mil años más tarde se llamaría el Perú. Eran tantos, que el santuario se llenó de habitaciones y recintos para alojar a estos peregrinos, que hablaban distintas lenguas y se vestían con atuendos diferentes, se entendían por señas, y tenían de común sólo su miedo inconmensurable y su fe en estas divinidades pétreas. La espera debía ser larga, de días y semanas, por la afluencia de peregrinos y por la estrechez de los túneles que tenían que recorrer a cinco o seis metros bajo tierra rumbo al encuentro con el dios.

Entiendo perfectamente lo que sentían mientras, al bajar a estas galerías de ultratumba, angostas, iluminadas por sustancias resinosas, se desnudaban, y en estos cubículos que parecen nichos, se entregaban a los ritos purificadores, acaso azotándose y lavándose y depilándose, y tomando cocimientos alucinógenos. Cuando, por fin, el peregrino entraba al minúsculo reducto, donde quedaba a solas, frente a frente, con el Lanzón, la formidable piedra esculpida de más de dos metros de altura donde la trinidad de la teología Chavín -el felino, la serpiente y el pájaro- se confunden en un tremebundo personaje pesadillesco, debía sentir algo muy parecido a lo que siente el devoto mahometano que llega a la Meca, o el católico que entra al Vaticano y besa la mano del Papa. Pero en Chavín todo era más dramático y espectacular, de acuerdo a la barbarie de los tiempos. Porque el Lanzón al que se enfrentaba el peregrino en la soledad asfixiante de este recinto que a mí me acelera el corazón por la insoportable claustrofobia que de pronto se apodera de mí, estaba impregnado de sangre humana, que chorreaba sobre él, de las víctimas sacrificadas por los sacerdotes, allá arriba, en el templo, en la piedra que era el ara propiciatoria, estratégicamente colocada del tal modo que la sangre del sacrificado bañara al dios de la caverna. Muchos peregrinos caerían fulminados, aquí, de terror y devoción.

¿Regresaban a sus comunidades aliviados, exaltados, reconciliados consigo mismos, luego del largo viaje a Chavín de Huántar? Eso no hay manera de saberlo, desde luego. Pero cabe suponer que así sería, pues, si no ¿por qué seguirían emprendiendo la peregrinación a Chavín de Huántar aún ahora tantos brujos, chamanes, curanderos, desde los más remotos pueblos del Perú, dos mil novecientos años después de construido el santuario? El arqueólogo del sitio me asegura que vienen muchos, que en esta plaza y sobre estos muros perpetran sus ceremonias, con coca o ayahuasca, y que luego parten, envalentonados, purificados, fortalecidos en sus magias, por el contacto con los manes de este sagrado lugar, hacia sus lugares de origen. Qué tales bobos ¿no es verdad? ¿Pero, por qué diablos, al emprender el retorno a Huaraz, de repente empiezo a sentir cierta envidia de estos aprendices de paganos?

© Mario Vargas Llosa, 2003. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2003.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 01 de febrero de 2003.

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