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Reportaje:HISTORIA

Stalingrado, una herida abierta todavía

Rusia conmemora hoy el 60º aniversario del fin de la batalla de Stalingrado (ahora Volgogrado), que fue un punto de inflexión decisivo en el avance de las tropas de la Alemania de Hitler hacia el Este. Pese al tiempo transcurrido desde los encarnizados combates a la orilla derecha del Volga, Stalingrado es todavía una herida abierta para las generaciones maduras de Rusia, donde quedan cerca de 40.000 supervivientes de la batalla. Más de 2.600.000 combatientes (entre invasores y soviéticos) perdieron la vida, fueron heridos o hechos prisioneros en Stalingrado. Sin embargo, los historiadores siguen sin estar de acuerdo sobre la cifra de bajas de ambos lados, sin hablar ya de las víctimas civiles, que no fueron evacuadas cuando comenzaron los bombardeos alemanes en agosto de 1942. Casi 10.000 personas siguieron en la ciudad durante los combates, y, de ellos, casi 1.000 eran niños.

Los historiadores no coinciden sobre la cifra de bajas en ambos lados en la batalla. Se estima que más de dos millones de personas murieron, fueron heridas o hechas prisioneras

El plan para erigir un monumento a los caídos germanos tuvo que ser archivado debido a la oposición local, pero existe un cuidado cementerio donde descansan 40.000 soldados

La glásnost (transparencia), que el presidente Mijaíl Gorbachov aplicó a la época de Stalin, se abre paso con dificultad en Stalingrado. En torno a aquel episodio están muy arraigadas las tendencias a cultivar los mitos heroicos y a rechazar las miradas críticas. En vísperas de los festejos de aniversario, a los que acudirá Vladímir Putin, el parlamento regional, dominado por los comunistas, ha redoblado sus esfuerzos para que la ciudad recupere el nombre del dictador bolchevique con el que fue rebautizada en 1925 (antes se llamaba Tsarítsino). Si bajo el mandato de Putin, Rusia ha recuperado el himno de la URSS y la bandera roja en el Ejército ¿por qué no el nombre de Stalingrado?

Las esperanzas de restauración siguen vivas incluso después de que el presidente se manifestara en contra del cambio de nombre el pasado diciembre. "La devolución del nombre de Stalingrado (...) engendraría sospechas de que volvemos a los tiempos del estalinismo. No estoy seguro de que esto nos fuera útil", dijo Putin, según el cual la última palabra corresponde a los órganos de poder local y al parlamento federal. Hace pocos días, su consejero, Serguéi Yastrzhembski, volvió a dejar abierta la posibilidad de un cambio de nombre si así lo decidían la mayoría de los habitantes de la ciudad. De momento, los sondeos indican que los partidarios del cambio alcanzan un 30% de los encuestados locales.

El Kremlin, sin embargo, ha dado alas a los comunistas para defender sus posiciones. La semana próxima, la Duma Estatal debe decidir si admite a debate el proyecto de ley que la asamblea de Volgogrado le ha enviado. Los diputados locales, que decidieron cambiar el nombre de la ciudad ya en junio del 2001, usan argumentos a tono con la nueva época de economía de mercado y con la vista puesta en los comicios parlamentarios de diciembre. Stalingrado es una marca, una etiqueta para identificar una mercancía. Con el "apoyo moral" de los "amigos de Rusia" en diversos países (entre ellos España), el parlamento de Volgogrado propone recuperar el nombre que le permitirá "conservar el recuerdo histórico de la batalla de Stalingrado" como "base moral" para devolver a la Rusia moderna su "antigua grandeza y poderío". "Con el nombre de Stalingrado, los círculos económicos del país adquirirán una marca comercial conocida en todo el mundo, que compensará fácilmente todos los gastos relacionados con la recuperación de la justicia histórica", señala la asamblea regional.

La sensibilidad de la ciudad, donde residen muchos militares, está a flor de piel cuando de la historia se trata. "Ya se pueden cuidar los cementerios de los alemanes, pero es demasiado pronto para construir monumentos", señala el historiador Yákov Drapkin. El plan para erigir un monumento a las víctimas germanas de Stalingrado tuvo que ser archivado debido a la oposición local, pero en Rossoshki, a las afueras de la ciudad, hay un cuidado cementerio donde descansan 40.000 soldados de la Wehrmacht. El mantenimiento de las tumbas y el pago de los jardineros corre a cargo de entidades alemanas.

En Volgogrado una exposición de cartas de soldados alemanes tuvo que ser cerrada por las presiones de los ciudadanos, y la película El enemigo a las puertas, una versión franco-estadounidense de la batalla de Stalingrado, se topó con la resistencia de los veteranos locales. Estos días, los antiguos combatientes se ven confrontados por otra nueva prueba con la inauguración de un museo-restaurante en el sótano del supermercado central de Volgogrado, que fue cuartel del general Friedrich von Paulus hasta su rendición.

¿Celebración conjunta?

Para que rusos y alemanes celebren juntos la batalla de Stalingrado es aún pronto, mientras que para símbolos de reconciliación nacional como la genuflexión de Willy Brandt en el gueto de Varsovia o las manos enlazadas de Helmut Kohl y François Mitterand en conmemoración de la batalla de Verdún (1916) tal vez resulte ya demasiado tarde. En los festejos de hoy Alemania estará representada por su embajador en Moscú, Hans-Friedrich von Plötz. El nivel formal elegido por Berlín para estar en el evento subraya la falta de una cierta dimensión emocional entre los dos países, por muy bien que se desarrollen las pragmáticas relaciones entre el canciller Gerhard Schröder y Putin. El dato es significativo en el análisis de las barreras históricas o culturales que separan aún a los pueblos de Europa.

Pero esta falta de gestos simbólicos de reconciliación ruso-alemana no impide a los historiadores cooperar sin interferencias ideológicas o emotivas, sobre todo en los últimos años. El historiador Guennadi Bordiugov cree que "los alemanes han superado su historia; los rusos, no". "Los alemanes pueden hablar de los crímenes de la Wehrmacht y organizar una exposición sobre ello; los rusos no pueden hacer lo mismo con el Ejército Rojo, y sólo con gran dificultad abordan temas como los delitos cometidos por las tropas soviéticas en su avance por Europa", señala.

Bordiugov observa también otras diferencias de percepción. "Los alemanes se ven a sí mismos como víctimas, sin preguntarse qué hacían en Stalingrado y sin reflexionar sobre el triste destino de los soldados rusos en los campos de prisioneros de guerra que instalaron allí". Drapkin, al constatar la creciente convergencia en las posiciones de los historiadores de ambos países, señala: "Antes nosotros nos concentrábamos en nuestra victoria y los alemanes en la catástrofe. Ahora las perspectivas han cambiado, porque Stalingrado fue una victoria relativa para la URSS que se pagó con un alto precio en vidas humanas. El foco de las investigaciones se centra hoy en los aspectos psicológicos, el material humano, la correspondencia de los alemanes y de los rusos, en su estado de ánimo y no en la reconstrucción de lo sucedido".

Los canales de televisión de Rusia y Alemania se llenan estos días de películas, documentales y seriales sobre Stalingrado. La programación en parte coincide, pero cada país celebra el aniversario por su lado y a su manera. A los rituales tradicionales se les superponen las realidades de la Rusia postsoviética. El cinismo se filtra en el argumento comunista sobre el valor comercial de la marca Stalingrado y en la limosna que el gobierno ruso da a los viejos soldados para festejar aquella victoria: 950 rublos (menos de 25 euros) para los veteranos y 400 para las viudas de veteranos (si no se casaron de nuevo).

Reflexiones sobre Stalin

LA SINIESTRA REALIDAD de la guerra se filtra poco a poco en los manuales escolares de historia de Rusia, que en los últimos años han reflejado una gran pluralidad de puntos de vista y análisis muy críticos de la figura de Stalin. En el manual de historia de Dolutski, uno de los varios recomendados por el Ministerio de Educación, se abordan los batallones especiales que colocaban a los soldados ante el dilema de recibir un tiro en la frente o en la nuca.

Los datos al respecto son impresionantes: según documentos publicados en la década de los noventa por el Servicio Federal de Seguridad (SFS), 41 batallones especiales, encargados de evitar las deserciones, actuaban en la zona del Don y de Stalingrado. Del 1 de agosto al 15 de octubre de 1942 fueron detenidos 140.755 soldados soviéticos que huían del frente. Casi 4.000 fueron arrestados y 1.189 fusilados. Durante la batalla de Stalingrado cerca de 13.500 soldados y oficiales fueron condenados a muerte por los tribunales militares. Los fusilaban por retroceder sin orden, por autolesionarse, por deserción, pillaje y por agitación antisoviética.

El manual invita a los alumnos a reflexionar sobre el comportamiento de Stalin, que olvidaba su propia culpa frente al pueblo y odiaba a éste, hasta el punto de planear detalladamente operaciones de castigo. Concluye, sin embargo, que las motivaciones para resistir a los alemanes no fueron ni el miedo a los batallones especiales ni el Volga, sino el "odio al invasor". En opinión de algunos historiadores, a la mitificación de Stalin del pasado le sustituye una mitificación del pueblo soviético como sujeto de la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003

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