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El Parlamento desdeñado

POCAS VECES se habrá hurtado al debate público un asunto de tan graves consecuencias como la decisión del Gobierno español de participar como un firme aliado en la agresión que EE UU prepara contra Irak. Supimos hace seis meses por la prensa que, reduciendo la elección a un maniqueo "entre Bush y Sadam", el Gobierno español optó incondicionalmente por Bush; sabemos hoy, cuando Estados Unidos ha puesto en marcha su gigantesca máquina militar, que el Gobierno actuará "con firmeza y sin complejos" apoyando en el Consejo de Seguridad la agresión americana. La pretendida "posición propia" de la que presume el presidente Aznar no es más que una cortina de humo para ocultar lo que de verdad importa: que nuestro Gobierno se desvive para demostrar a EE UU que no flaquea en su incondicional apoyo.

Esta opción estratégica de largo alcance exigía al menos un debate parlamentario que sirviera para que el Gobierno se explicara ante la opinión pública y las diferentes oposiciones plantearan sus argumentos. No es ni será así, una vez más. El Congreso de los Diputados ha sido sistemáticamente despreciado como espacio de discusión de las políticas adoptadas por el Gobierno, poniéndose en evidencia con ese desdén, por si falta hacía, el carácter presidencialista que ha adoptado el sistema político español: el presidente parece haber recibido su mandato de los cielos y vuela por encima del Parlamento al que, en todo caso, cuando bien le parezca y sin que nadie pueda urgirle ni obligarle, informará de sus decisiones, sin aceptar ninguna réplica, ni dar curso a ningún debate. En el Parlamento no habla nadie más que el presidente cuando se trata de cuestiones que afectan a la posición de España en Europa y en el mundo. Esas son cosas graves, no para habladas ante los representantes de la nación, sino entre gente seria, gente que sabe de qué va todo esto.

¿Y de qué va en efecto todo esto? No es tan difícil de adivinar cuando los verdaderos protagonistas de esta historia no han tenido reparo alguno en revelar sus intenciones. Sadam Husein será todo lo déspota que se quiera, pero lo último en lo que está interesado EE UU es en acabar con un régimen, éste o cualquier otro, por el hecho de que sea despótico: no aparece nunca esa razón en los documentos estratégicos elaborados por el grupo dirigente de la política americana. Lo que de verdad les importa es colocar en Irak a un régimen que pueda contarse entre lo que la Casa Blanca llama "amigos y aliados", un deseo bastante normal, por lo demás, si no fuera porque para colocar en Bagdad a los amigos y aliados, EE UU ha decidido emprender una agresión que liquida los fundamentos del derecho internacional, que consagra la doctrina del ataque preventivo como exclusivo derecho de su Gobierno, que alienará a una enorme masa de población árabe, que dará alas al Gobierno israelí para culminar su política de destrucción del pueblo palestino y que, por último pero fundamental para nosotros, dividirá a la Unión Europea y pondrá en peligro las históricas relaciones entre Europa y EE UU.

Si todos los aspectos de la cuestión son de interés para los españoles, el que se refiere a la Unión Europa nos afecta de manera especial y directa. La opción estratégica por Estados Unidos ha arrastrado como inevitable secuela el alineamiento de España con el Reino Unido e Italia frente a Francia y Alemania. En los burdos términos de Rumsfeld, España habría optado por la joven frente a la vieja Europa. Es, de todo lo que hemos oído, lo más inquietante: el canto a la juventud de las naciones pertenece al lenguaje fascista: la joven Alemania, el nuevo Estado, el nuevo Orden, todo aquello que se oyó en los años treinta, antes de la agresión alemana y como preparación de los espíritus a combates heroicos. Francia era también entonces vieja; ahora ha contagiado su vejez a Alemania, cuando hizo saber que no iría de comparsa a una guerra que es simplemente la guerra de EE UU. España ha elegido a la joven Europa, la que prefiere servir de coro que cumplir un papel de contención a los delirios imperiales que se han adueñado de la elite dirigente de EE UU.

Si esta es la opción, habrá que explicarla, someterla al escrutinio de los españoles, porque en vísperas de una agresión que puede marcar un punto de inflexión en la historia europea y mundial, como lo fue en su día la Gran Guerra, tenemos al menos el derecho de saber y discutir adónde se nos lleva y con qué razones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 01 de febrero de 2003.

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