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Reflexiones sociales de un 'baby boomer'

Entre 1957 y 1977 nacimos en España 14 millones de niñas y niños, el baby boom español. Según la última actualización del censo, constituimos aproximadamente la tercera parte de la población española. La pertenencia a este grupo de edad, que será el más numeroso durante prácticamente toda nuestra vida, ha condicionado particularmente nuestra trayectoria vital.

Considerando el año 1967 como aquel que marca el centro de gravedad de este heterogéneo grupo, la biografía típica de un baby boomer podría ser la siguiente. En 1975 teníamos una edad media de 8 años, insuficiente para participar en la transición, pero sí para recordarla. Fuimos niños felices que nos beneficiamos de la apertura económica de los últimos años de la dictadura, del incipiente bienestar de entonces y de aquellos veraneos desarrollistas. Crecimos con mucha libertad en una España que ya no existe, sin apenas conocer la cara más oscura y represiva del franquismo, aunque somos el resultado del mismo. Nos formamos en un sistema educativo obsoleto, con medios muy modestos y bajo unos principios que poco o nada tenían que ver con la realidad que iba a estallar con la llegada de la democracia. Muchos de nuestros padres nunca entendieron la profundidad de los cambios que venían y poco o nada pudieron hacer para facilitar nuestra socialización en esos nuevos valores. Pasamos mucho tiempo solos, mucho más que los niños de ahora. En los descampados de los suburbios, antes o después de ir a aquellas escuelas públicas destartaladas o a los austeros colegios concertados de curas y monjas, donde nos segregaron por sexo hasta la mayoría de edad. Y eso marca.

Maduramos, vivimos mucho de noche y conocimos de cerca las drogas o el sida con muy poca información. En la Universidad conocimos el hacinamiento de las facultades sentados en suelos y ventanas, los números clausus, fuimos masacrados en las ingenierías y padecimos la peor de las formaciones profesionales. Casi todos hicimos la mili, aunque, al ser tantos, al menos a alguno le tocó la suerte de ser excedente de cupo; también objetamos. No aprendimos inglés y vimos por primera vez un ordenador cuando ya teníamos 20 años. En 1982, cuando el partido socialista ganó las elecciones, teníamos 15 años, demasiado jóvenes para participar en el cambio. Cuando comenzaron a notarse las reformas en la educación, en la Universidad, y la economía española comenzó a transformarse rápida y profundamente gracias al ingreso en las comunidades europeas, entre otras razones, digamos en 1988, teníamos ya 21 años. Así es que la célebre generación mejor preparada de la historia de España no es la nuestra, es la siguiente, la de los que nacieron a partir de 1977.

Con este bagaje entramos en el mercado de trabajo en dos fases. Los que abandonaron pronto el sistema educativo, en 1985 y a los 18 años, en los años de la concatenación de contratos temporales de 6 meses. Los que llegamos a la Universidad, en 1992 y con 25 años de media, otra vez en plena crisis, con las ofertas públicas de empleo congeladas o reducidas a su mínima expresión. Los contratos indefinidos y las numerosas plazas dotadas en la Administración del Estado o en la autonómica durante toda la década de los ochenta quedaron fuera de nuestro alcance, y siempre nos dio la sensación de que fueron copados por la generación inmediatamente anterior, la generación tapón que ronda los 50 años.

Quizás por todo ello en 1996, cuando el Partido Popular ganó las elecciones, el apoyo que recibió de los baby boomers fue muy grande. Teníamos entonces 29 años y la verdad es que hasta entonces ni lo habíamos tenido fácil ni tampoco se nos había permitido participar demasiado en casi nada. Queríamos emanciparnos y salir de la precariedad laboral. Pero eso fue en 1996. En el 2004, en las próximas elecciones generales, tendremos casi 38 años de media y a esa edad las cosas se ven de otro modo. Y es que estamos bastante cansados porque llevamos camino de replicar hasta la ancianidad el esquema de vida de los protagonistas de la serie Friends, cuarentones solteros sin hijos y compartiendo piso.

Algunas de las cifras que nos caracterizan son inquietantes. Por ejemplo, la edad media de la maternidad fue en el año 2000 de 30,7 años, situándose la mayor fecundidad entre los 30 y 34 años. Ese año la fecundidad entre los 35 y 39 años fue el doble que la de las mujeres de 20 a 24. El número medio de hijos por mujer -fecundidad- es de 1,2, el más bajo del mundo. Ello se debe a que somos el país que menos recursos dedica a la protección social por habitante en la Unión Europea -un 20% del PIB, que sigue bajando, frente a una media del 27,6%-, y también a nuestra relativa pobreza económica respecto a la media comunitaria, consecuencia también de ese menor desarrollo social.

La natalidad constituye el mejor indicador del verdadero bienestar social en las sociedades desarrolladas. Los países de la UE que más invierten en políticas de igualdad de género, en apoyo de la familia, y en los que las mujeres están más y mejor integradas en el mercado de trabajo son precisamente donde nacen más niños. Nuestra tasa de temporalidad -el 31,5%-, que duplica la media europea, y el bajo nivel medio salarial, hacen el resto. La Encuesta de Fecundidad del INE destaca como principal motivo para tener menos hijos de los deseados la insuficiencia de recursos.

No tiene sentido alguno que por no dedicar dos o tres puntos del PIB a políticas de apoyo a la familia -el 2,1% frente al 8,5% de media en la UE-, o uno o dos a la vivienda -1,9% frente al 3,8%-, la tercera parte de los españoles -o sea, nosotros- renuncien a su descendencia y tengan que dedicar el 50% de su renta, durante décadas, para adquirir una vivienda, o el 25% para pagar una guardería. Es evidente cómo nos afecta esta intransigente austeridad social. Hoy, gracias a este esquema insolidario, hemos conseguido que no haya niños, y si no reaccionamos, en el futuro habrá millones de ancianos solos, con prestaciones ínfimas y sin familias que se puedan hacer cargo de ellos.

En España hace falta más reflexión económica. Conceptos fundamentales como el de la redistribución de la renta han sido olvidados. Debates como el del gasto público o el del déficit se plantean desde posiciones que rozan el integrismo económico y el autoritarismo intelectual. Por estas razones, 200 economistas del mundo académico, de los mercados y de la regulación, hemos redactado el Manifiesto por otra Política Económica, en el que proponemos un giro radical en la que se practica en España. Estamos convencidos de que la política económica actual no nos lleva a la convergencia real con la UE, al bienestar y la calidad de vida, sino a una sociedad de renta media, de trabajo barato y de baja productividad en la que será imposible satisfacer las más mínimas expectativas vitales de una mayoría. No es cuestión de gastar más, sino mejor, en un marco de mayor competencia, transparencia e igualdad de oportunidades. No se puede converger con Europa cuando se es cada vez más deficitario en lo fundamental, en aquellos elementos de los que depende la generación de renta en las sociedades modernas, el capital humano -técnico, científico, cultural y artístico-, la I+D+I, las nuevas tecnologías, las infraestructuras de transporte y medioambientales, o la vivienda, la sanidad y la protección social. Los baby boomers queremos ser europeos, y, a pesar de que nos acercamos ya a los 40 años, todavía no lo somos del todo. ¡Atención al 2004!

Juan Moscoso del Prado y Hernández es profesor asociado de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 11 de diciembre de 2002.

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