Columna
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El prodigio Ciges

Corre el absurdo rumor de que Luis Ciges ha muerto y no volverá a contar historias como la del modo en que consiguió salir en las películas del maestro Luis García Berlanga gracias a que conocía las palabras clave del autor de El verdugo, repetidas en todas sus obras, que eran astrolabio, rotoprint y austrohúngaro; ni la de cuando rodó su primera película, Molokay, a las órdenes de Luis Lucia: "Íbamos a un lago del Manzanares, el director mandaba poner una palmera y decía: hala, a trabajar, esto ya es Filipinas". Las murmuraciones han llegado hasta tal punto que los periódicos de ayer publicaron informaciones con pinta de esquela, dijeron que tenía 81 años; que falleció a las cuatro de la mañana, a causa de un fallo cardiaco, en la clínica San Camilo de Madrid; que la capilla ardiente iba a ser instalada en el tanatorio de la M-30 y que sus restos mortales se incinerarían en el cementerio de la Almudena. Qué absurdo. Ante tales habladurías, yo fui inmediatamente a buscar el vídeo de Plácido y ahí estaba Ciges, completamente vivo. Y lo mismo sucedió con París Tombuctú, Todos a la cárcel y La escopeta nacional: nadie había borrado la cara surrealista de Ciges de mis películas de Berlanga. Tampoco lo habían sacado de Arrebato, de Iván Zulueta, ni de Young Sánchez, de Mario Camus, ni de El bosque animado, aquel extraño largometraje de José Luis Cuerda basado en un libro aún más extraño de Wenceslao Fernández Flores. Me quedé mucho más tranquilo.

Luis Ciges, del que siempre me acuerdo cuando subo a un avión o a un tren porque es el autor de la frase gloriosa "Fuera de casa, como en ninguna parte", no puede desaparecer: si lo hiciera, habría que cortarle al país entero una parte de su Historia que conviene recordar. El actor, madrileñísimo de 1921 -no deja de ser curioso que debutara en la pantalla, en 1956, en la película de Ramón Comas Historias de Madrid-, que vivía en un piso de Villaverde Bajo con vistas a la carretera de Andalucía, era un hombre-resumen, hijo del escritor republicano Manuel Ciges Aparicio, asesinado por los fascistas, y sobrino de Azorín. "Tenía yo 15 años cuando mataron a mi padre", le contaba hace tres años Ciges, en EL PAÍS, a Miguel Mora, "que era gobernador civil de Ávila. El 3 de agosto del 36, con el equipaje hecho para irse a Cuba de embajador, lo detuvo la Guardia Civil. Al día siguiente lo mataron los nacionales de un tiro en la cabeza, en el cementerio. Mi madre y mi hermana se fueron a un convento de clausura, y yo y mis hermanos, a uno de frailes, castigados. Cuando acabó la guerra, nos dieron a elegir: seguir allí o entrar en el Tercio de Orden y Policía. Así que nos fuimos, mi hermano pequeño y yo, a Elizondo, con los requetés, a andar las vías del tren por si había petardos y a cerrar burdeles".

Después, Ciges se buscó un trabajo aún más raro, en Rusia: se alistó, en calidad de mercenario, en la División Azul, y solía decir que anduvo 1.200 kilómetros en un mes, a 56 grados bajo cero. A la vuelta a España, y después de ver Solo ante el peligro, ingresó en el Instituto de Investigación y Experiencia Cinematográfica, hasta que el cura que le había casado lo denunció por subversivo y lo expulsaron. Dio lo mismo: Ciges hizo cien películas y, si Dios existe, el cura delator estará en el infierno. Así son las cosas, a veces.

Desde luego, no creo que Luis Ciges sea Marlon Brando, Vittorio Gassman o Fernando Fernán-Gómez, pero sí que su historia merecería una película y que el personaje está pidiendo a gritos ser nombrado algo en Madrid, su ciudad; no sé, hijo predilecto o algo de esa clase. O, si no, que le hagan como al buen poeta Vicente Núñez, muerto tan en silencio hace poco: al autor de Ocaso en Poley le acababan de nombrar hijo predilecto de su ciudad cuando se le acercó una vecina y le dijo: "¡Hombre, Vicente, cuánto me alegro, ya me he enterado de que te han nombrado niño prodigio!". Pues eso, que a Ciges le nombren, como poco, niño prodigio de Madrid. Se lo merece.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 11 de diciembre de 2002.

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