Tribuna:Tribuna
i

Audacias liberales

Los individuos transitamos entre múltiples esferas en las que los actos posibles están regulados por convenciones diversas. Esos lugares suelen ser sucesivos y en cada uno de ellos nos las vemos con reglas que no siempre son coincidentes ni visibles ni expresas aunque, eso sí, reglamenten los comportamientos adecuados. La educación y la maduración nos auxilian en la tarea de identificar y aprender la naturaleza de dichos espacios, nos ayudan a reconocer y asimilar las normas que rigen las conductas correctas. Esas reglas definen los dominios por los que nos aventuramos, y no siempre se las debemos a un solo individuo ni son resultado del tiempo actual. Por el contrario, suelen ser préstamos de la tradición, obra de la herencia, logros de la colectividad que nos precede, que nos acoge y que nos envuelve, del pasado remoto o próximo, de las rutinas que otros adoptaron y que nosotros reproducimos por inercia, porque siempre se hizo de ese modo, porque así lo dictaron nuestros mayores. Vivimos enmarcados, insistía el microsociólogo Erving Goffman, y con ello dictaminaba nuestras maneras de acción, describiendo esos actos previsibles que emprendemos, detallando, en fin, esas conductas que es fácil vaticinar.

Hay, sin embargo, episodios en la vida y en la historia en que los asuntos dejan de funcionar del modo previsto, o por una catástrofe que todo lo trastorna o por la audacia de unos hombres que se obstinan en remover las cosas. Cuando este último caso se da nos hallamos ante auténticas epifanías del género humano: ya no hay augurio que anticipe lo que va a suceder ni expectativa que se cumpla. Son momentos del pasado y del presente en que todo cambia o lo hacemos cambiar y un vértigo de hechos sucesivos e inauditos ponen a prueba a sus sorprendidos testigos. Algunos individuos sacan entonces lo más recóndito de sí mismos volviéndose mejores, héroes que descubren lo que ignoraban poseer. Se elevan y se revelan como protagonistas clarividentes de su tiempo, humanos que saben remontar las perezas de los suyos, individuos que se afirman contra lo que de ellos se espera. Hay momentos históricos en que esas reglas, esas convenciones obvias, esos comportamientos atávicos se abandonan o se impugnan. Uno de esos momentos decisivos es el que corresponde al nacimiento del Estado constitucional en el siglo XIX, aquella fase en que la realidad social e institucional de Europa se sometió a escrutinio, poniéndose en entredicho casi todo lo heredado y aceptado.

Los doceañistas de la Constitución de Cádiz, por ejemplo, invocaban el pasado y decían encarnar una tradición, pero en realidad iban más allá: vaticinaban un porvenir distinto y se empeñaban en recrear a su manera la política, la sociedad y la vida, la idea misma de felicidad. "Todo ha de ser examinado, todo ha de ser reorganizado, sin excepción y sin miramientos", había establecido Diderot y algunos de ellos, herederos del iluminismo, confianzudos, se obstinaron en deshacer el orden que habían recibido de sus mayores, sus normas, sus propias definiciones, precisamente por entenderlas llenas de defectos, de vicios. Impugnaron la soberanía del monarca, propugnaron la separación de poderes, establecieron el principio de la igualdad jurídica, pensaron, en fin, un mundo de buenos burgueses. Aquellos constitucionales creyeron posibles esas metas porque esperaban algo del hombre, porque le dispensaban al género humano todo su crédito, porque eran progresistas que confiaban quizá exageradamente en la mejora de la sociedad, de los individuos, de las instituciones. Aquellos constitucionales no se dejaron amilanar por cataclismo alguno, no se dejaron derribar por sus reiterados fracasos, por la fiereza de sus enemigos o por los obstáculos que la Europa o la España de entonces les oponían. Quisieron guiar y guiarse, dirigir y capitanear su acción y el gobierno de los pueblos. Para ello se tomaron en serio sus ideas, aguardándolo todo del saber y del poder de la palabra, ese ejercicio de la inteligencia y de la audacia. Por eso, muchos de ellos se volcaron en la acción, incluso cuando esa existencia ajetreada iba contra sus propios intereses materiales. Sin embargo, no se dedicaron a la vida pública, a la reorganización del mundo y a la recreación de las instituciones llevados por el altruismo o por la benevolencia, por la entrega abnegada, sino por un egoísmo racional, para así oponer resistencia a las injurias del pasado, para enfrentarse a la adversidad a la que parecían condenados. Sabían o creían acabado el tiempo de las tiranías y del absolutismo y no había en ellos fatalidad ni desinterés que predicar, sino el empeño estrictamente individual de quien quiere habitar en un espacio colectivo menos aterrador, más hospitalario. La vida cambiaba, pero eran ellos, esos constitucionales, quienes la transformaban al designarla con nuevas voces, calificando de otro modo las cosas, dándoles otros rótulos, haciendo de la palabra un acto mismo, una enunciación propiamente realizativa que edificaba mundos.

Los liberales de entonces se propusieron refundar o remendar la realidad burlando el destino, arrogándose el derecho de definir las cosas, disputándole a Dios dicha tarea. De ahí que concibieran algo inaudito, un sistema político representativo, embrión aún lejano de una democracia que ellos no llegarían a conocer, unos derechos civiles como fundamento de la ciudadanía, y, en fin, una nueva moral que regulara la vida y la acción y que facilitara a los individuos la satisfacción de sus sueños, de su felicidad y de sus metas. Desde entonces hemos aprendido muchas cosas más y sabemos cuáles fueron los límites y las exclusiones de aquella temprana experiencia española, la miopía con que se enfrentaron a sus adversarios o la rémora católica de un Estado aún confesional que hicieron propia. Pero el ideal último sigue siendo el mismo: la constitución de un espacio público en donde no domine el infortunio fatal, la formación de individuos libres, inviolables, autónomos, dignos. Se trataba de una gesta titánica, de una gesta deliciosamente burguesa que tienden a olvidar algunos de sus descendientes actuales, entregados a la desconfianza y a la pasividad y la molicie bienestante de quien cree tenerlo todo ganado. Se trataba de un prodigio histórico insólito que nadie podía vaticinar. Removieron certidumbres milenarias, reglas seculares, obstáculos que impedían edificar un espacio para la libertad. A esos antepasados heroicos les debemos un recuerdo, aunque sólo sea por haber sido la suya una audacia sencilla pero decisiva: la empresa constitucional y civilizadora, resuelta y activa, de ponerse al frente, manos a la obra, una hazaña que a la postre no pudo frenar cataclismo alguno ni un monarca antiliberal, felón, un petimetre inseguro y desconfiado, amante del servilismo, de las chinchorrerías y emblema de la inacción.

Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 11 de diciembre de 2002.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50