Reportaje:

Los bajos de la autovía

Cientos de rumanos chabolistas de Sevilla temen que les obliguen a regresar a su país

Ioan muestra un carné de vendedor de La Farola, un periódico que se distribuye por las calles. También María, su esposa, recorre el centro de Sevilla con la publicación en la mano para ofrecerla a los viandantes. Ioan y María, de 28 y 24 años, se disponían el pasado miércoles a comer una sopa con zanahorias y pollo cuando recibieron con una mezcla de amabilidad y pudor la visita inesperada de periodistas en su chabola. Viven desde hace 18 meses en Sevilla. Malviven en una barraca, construida bajo el hormigón del viaducto de la A-49, a poca distancia de la localidad de Camas, junto a otro centenar de familias rumanas, de etnia gitana.

Los dos cabecean con insistencia para corroborar las palabras de uno de sus vecinos de poblado, que asegura que las condiciones que tienen en el núcleo chabolista son mejores que las que nunca tuvieron en su tierra rumana. María habla de sus orígenes. Su vecino, que ejerce de improvisado y precario traductor, asegura que nació en "las tierras de Drácula".

Hasta la chabola de Ioan y María llega el agua que la familia transporta en bidones desde Camas, el butano que compran en la misma localidad y la luz que generan a partir de la energía acumulada en la batería del coche. De ese modo alumbra una lámpara barroca que pende del techo de la chabola, que es lo bastante espaciosa para albergar en un rincón un camastro, un armario, una cocina de gas y una mesa baja donde la pareja come. Invitan a los forasteros a compartir su comida, con una hospitalidad evidente que les diferencia de algunos gestos de sutil amenaza de otros vecinos, molestos por la presencia de curiosos.

María y Ioan apenas chapurrean español, pero cuando sonríen muestran al menos un diente dorado. El oro está muy presente en el poblado, en los zarcillos de las mujeres, en los dientes artificiales de muchas bocas, en las cadenas que adornan los cuellos de numerosos varones y en algunos negocios inciertos.

Los primeros rumanos comenzaron a fabricar sus chabolas hace cuatro años, explica uno de ellos, que se presenta a sí mismo como el jefe del grupo. Prefiere que no se hagan fotos durante la breve visita al núcleo. Desde la reunión de las Administraciones públicas el pasado martes 3 ha comenzado a cundir cierto nerviosismo. Temen que los envíen de regreso a Rumania, y ninguno de los que habla desea tal retorno.

Un grupo de agentes comenzó esa misma semana a detener los vehículos del poblado para tomar datos sobre la filiación de los chabolistas. La intención es hacer un censo para saber cuánta gente vive allí. A ciencia cierta tampoco se conoce su procedencia anterior ni sus actividades, más allá de la venta de chatarra y publicaciones por la calle en algunos casos. En otros, las instituciones sospechan que salen adelante con actividades menos lícitas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 11 de diciembre de 2002.

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