Columna
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Matices

Se han avanzado, sobre la Ley de Partidos, toda suerte de opiniones, al derecho y al revés. De modo que me limitaré a destacar dos extremos, resignándome, de antemano, a ser poco original. El primero no se refiere a las consecuencias que la ley tendrá dentro del País Vasco, sino, más bien, a las que ya ha tenido en el resto de España. La más notoria quizá, es el afianzamiento de Rodríguez Zapatero dentro del PSOE. Desconozco los pensamientos íntimos del secretario general del partido socialista. Pero no hace falta conocerlos para comprender que Rodríguez Zapatero ha quedado más afirmado, más aplomado, después del Pleno en que el Congreso decidió instar la ilegalización de Batasuna. El punto se aprecia mejor haciendo un mínimo ejercicio de álgebra política. Zapatero se encontraba arropado -y tutelado- por corrientes del PSOE vinculadas a la etapa anterior. Esas corrientes eran proclives a mantener acuerdos y alianzas con el nacionalismo democrático. El que haya prosperado, dentro del partido que Zapatero lidera, una medida incompatible con esa proximidad al nacionalismo, coloca a los disidentes ante un dilema: o el de desmarcarse formalmente, o el de transigir. Ha ocurrido, con sus más y sus menos, lo segundo, y por tanto, con sus más y sus menos también, ha sido Zapatero el que ha marcado la agenda. Es obvio que ello entraña peligros. Si se produce un revés judicial, Rodríguez Zapatero estará en la picota. Pero no es posible vadear el río a pie enjuto, y Zapatero ha empezado a hacer el tipo de cosa que, en cayendo la moneda de cara, asegurará su posición en la orilla socialista.

El segundo extremo se refiere a los argumentos esgrimidos contra la ilegalización de Batasuna. Más allá de los reparos técnicos que han adelantado algunos expertos en Derecho Constitucional, esos argumentos han asumido dos formas. El PNV ha sostenido que la ilegalización frenaría un proceso cuya conclusión natural es la derrota política de ETA. El argumento sería bueno si Batasuna se restringiese a defender causas extremas, aunque ateniéndose a los procedimientos democráticos de rigor. Pero el problema no es ése. El problema está en que ETA elimina físicamente a los candidatos socialistas y populares, distorsiona la pugna electoral y altera, de modo escandaloso, la representación política. Dar tiempo al tiempo, no equivaldría, por tanto, a dejar que el fuego se apague por consunción. Conllevaría, a la vez, abandonar los asuntos vascos, y su manejo público, a ritmos y modos absolutamente irregulares desde el punto de vista democrático. La derrota política se verificaría, en el supuesto de que se verificara, en un contexto, y unos términos, no elegidos por los constitucionalistas, y, no necesito decirlo, por completo desventajosos para estos últimos.

El segundo paquete de argumentos podría resumirse así: la ilegalización de Batasuna es una puñalada dirigida al corazón del nacionalismo, vasco y no vasco, democrático o no democrático. El que, en el Pleno del Congreso, expuso esta opinión con mayor crudeza fue el portavoz de Esquerra Republicana de Cataluña. El alegato puede interpretarse en clave maquiavélica: lo que en realidad buscan Aznar y Zapatero es finiquitar el nacionalismo. Esto es un proceso de intenciones, a propósito del cual cada uno puede pensar lo que mejor la parezca. Dejadas a un lado las cosas secretas e imponderables, el argumento adquiere un perfil distinto, estrafalario e interesante. Lo que tendríamos es que el nacionalismo, sin distinción, está autorizado a formas de expresión que incluyen, como un matiz peculiar, aunque legítimo, la violencia. El concepto de que el pueblo -en la acepción nacionalista- constituye una unidad ontológica, complementa, y agrava, la extraña composición de lugar. Puesto que si el pueblo, en tanto que uno, uno con independencia de intereses concretos, circunstancias históricas, o contextos políticos o institucionales, está llamado a exteriorizarse, a dar de sí lo que ya es en sí, la represión de cualquiera de sus exteriorizaciones, entre otras, la batasuna, significará un agravio colectivo a los partidos nacionalistas que con él se identifican. Estoy persuadido de que el razonamiento pondría los pelos de punta a convergentes, peneuvistas y nacionalistas del bloque. Y mirado con calma, a la propia Esquerra.

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