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Crónica:Campeonatos de Europa al aire libre | ATLETISMO

Noche mágica del fondo español

Chema Martínez consigue la medalla de oro en los 10.000 metros, y José Ríos, la de bronce

El fondo español es una fraternidad de pelo rapado, cráneo rasurado, que en Edmonton, el pasado verano, descubrió que delante de ellos, sólo los africanos, y que detrás, los demás. Estaban aquella calurosa noche canadiense, en la misma carrera en que Haile Gebrselassie demostró que no era invencible, tres fondistas pelados, dos madrileños, Fabián Roncero, el hombre bandera, el zumbado del fondo que llevaba a todos detrás, y Chema Martínez, y un catalán, José Ríos, un atleta que, como Roncero, provenía del atletismo popular, un corredor que dos años antes había decidido entre la carnicería, que le robaba 13 horas al día, y el atletismo, que era lo que le permitía soñar, quedarse con el sueño. Se hizo profesional del atletismo. Y en Edmonton, viendo lo que había, supo que tenía razón. Martínez, no, Martínez llegaba del atletismo federado, era un veterano de mil batallas que seguía teniendo fe en el progreso y en el trabajo. De Edmonton volvió con las ilusiones más altas que nunca y con una maquinilla de rapar el pelo.

Chema vuelve a cambiar el ritmo. No suelta a nadie, pero nadie le rebasa

Ayer, en Múnich, faltaba Roncero, que tiene fastidiadas las plantas de los pies, y sus amigos, que habían pasado el último mes con él, respirando el aire limpio de Navacerrada, le echaban de menos. Pero no dudaron. Sabían que ésta era su carrera. Se raparon la cabeza por la mañana y, relucientes y brillantes, dando un poco de grima por la lluvia, que rebotaba en sus cráneos, se lanzaron a la conquista. Hicieron un trabajo a dúo, un trabajo perfecto de demolición que les condujo hacia el podio. El oro, para el veterano, para el que menos sonaba, para el sonriente Martínez, huesudo y fuerte. El bronce, para Ríos, el menudo carnicero, el chico que sólo pesa 48 kilos y parece que se le puede llevar cualquier soplo, pero que aguanta y aguanta. Y tira. Ríos era el favorito de la prensa, el atleta que dicen que tiene más clase, pero Martínez actuó con la libertad de los que no sienten la presión.

Hace dos años Ríos disputó la final de los Juegos de Sydney y vio desde la distancia el fantástico duelo final, los 200 metros históricos en los que Gebrselassie derrotó, como casi siempre, al keniano Tergat. Lo vio de lejos y adivinaba, quizás presentía, que alguna vez él sería tan grande para protagonizar un final así, el deseo más querido de todos los fondistas, correr casi media hora y ganar por décimas de segundo. La felicidad le llegó dos años después: aquello no sería una frustración de por vida, un acto fallido.

Fue después de 9.600 metros corridos a tirones, a estilo etíope o keniano, casi, con trampas tácticas, zancadillas, codazos y hasta caídas. Como la del francés Behar, que tropezó y resbaló sobre el agua y arrastró luego el cuerpo del holandés Maase encima. Behar no lo dudó y acusó a Ríos de zancadillearle, le voceó y quiso acompañar la acusación con un puñetazo al español nada más acabarse la carrera. Fue, en suma, una carrera dura. Y, encima, llovía. Quedaban 400 metros y delante sólo había cuatro supervivientes de la batalla: Ríos, Martínez, el italiano Baldini y el favorito local, el veterano Dieter Baumann, que ya ganó el oro en Barcelona 92 y regresaba este año al atletismo después de dos años de suspensión por dopaje. Era la carrera de su redención. Y con esa fuerza detrás, empujándole, disputó los últimos metros. Pero esa fuerza no valía anoche. Martínez y Ríos, que se habían turnado los últimos miles de metros en la faena de trabajo sucio, de agotar con tirones y acelerones, de romper el ritmo de los demás, no iban a dejar escapar la carrera. Era su oro. Era el final que esperaban. La última vuelta. Los últimos 57 segundos. Los decisivos.

Chema pasó por delante y cambió el ritmo, con lo que se descolgó Baldini. Los tres que quedaron ya sólo lucharon por la victoria. El podio ya lo tenían seguro. Chema volvió a cambiar el ritmo. No soltó a nadie, pero nadie le rebasó. Y se entró en la última recta, el sprint de los fondistas. Baumann, el temible, con su final, es mítico. Pero Martínez lo fue más. Era su noche mágica. Tenía fuerzas y resistencia. Soportó el dolor y el lactato que le envenenaba la sangre. Bajo la lluvia parecía sonreír. Imbatible. Baumann sólo pudo superar a Ríos, al más joven de los tres, al chaval que aún puede esperar y que ha visto más cerca que nunca una llegada de fondistas, un sprint en el que el primero le ganó por dos décimas al segundo, como suele pasar en las grandes carreras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002