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COLUMNA

La hora estelar de un Parlamento honesto

Señores y señoras, cuatro buenas noticias. No es poco en esta actualidad tenebrosa. Primero: en los cafés de Viena -el café Sperl como vanguardia- prohíben el uso de los teléfonos móviles. Retorna la tranquilidad que tanto gozaban Karl Kraus y Kurt Weil. Más: Pavel Kohout ha publicado en España la maravillosa novela La hora estelar de los asesinos. Después: los ingleses se reconcilian con su monarquía, la institución que, junto a su Parlamento de Westminster, los hizo ya hace siglos los ciudadanos más libres de la historia. Finalmente -y es lo que nos ocupa-, los parlamentarios alemanes hicieron ayer de su debate en el Bundestag sobre el antisemitismo un alarde de honestidad, introspección histórica y contundencia democrática.

Quienes fueron testigos del debate sobre el antisemitismo en el Bundestag en Berlín, convocado por todos los que se resisten allí a que las tentaciones populistas en fase electoral se sirvan de miserias como el antisemitismo y la xenofobia, tuvieron oportunidad de ver la capacidad de reacción de la resistencia democrática. Quienes aquí en España, y especialmente en el País Vasco, aún tamborilean que hacer frente a los dinamiteros amenaza con incomodar aún más a las víctimas de los mismos, debieran pedir la grabación de esa sesión parlamentaria.

Sin soslayar sus -a veces abismales- diferencias políticas, todos los partidos políticos, incluido el causante del debate, el Partido Liberal (FDP), dejaron claro que existen límites que no pueden pasarse sin perder la decencia y traicionar la lealtad a un Estado de derecho cuya creación y estabilidad ha costado tanta sangre, sudor y lágrimas. Resultaba ya insoportable en las últimas semanas comprobar cómo el FDP, en su día capitaneado por magníficos estadistas como Walter Scheel o Hans Dietrich Genscher, se lanzaba al lodo del populismo antisemita bajo la batuta de su vicepresidente, Jürgen Möllemann, que considera compatible su cargo con la presidencia de la asociación de amistad germano-árabe, sin duda retribuida. Mölleman considera que los atentados contra civiles israelíes son comprensibles y que los judíos en Alemania son los responsables del antisemitismo porque no se callan. Volviendo a los paralelismos, Möllemann se alía con los obispos carpetovetónicos septentrionales que advierten a los que protestan contra las amenazas que o callan o recibirán más.

Ayer, hasta el presidente del FDP, Guido Westerwelle, antes ambiguo, dejó claro en el Bundestag que la higiene democrática exige el respeto de unos límites infranqueables. En el antiguo Reichstag, en el que se dictaron leyes criminales contra los judíos y otras minorías, los parlamentarios dieron a una sociedad a veces adormecida una gran lección de ética y conciencia histórica. Fue una fascinante sesión, de las que devuelven la fe en las instituciones.

Después de Hitler y de Auschwitz, la existencia de una comunidad judía entre alemanes es un lujo casi inverosímil. El Bundestag ayer demostró que está dispuesto a defenderlo. Ojalá cundiera este ejemplo de solidaridad con las víctimas, pasadas, presentes y futuras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002