Tribuna:LA POLÍTICA ECONÓMICA DE AZNAR
Tribuna
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Años peligrosos

La autora hace un repaso a las consecuencias que acarreará la política económica y fiscal del Gobierno del Partido Popular

Tal vez para redimirnos de la aridez de su lenguaje, la literatura económica ha frecuentado el uso de imágenes y de historias. La fábula de las abejas, la mano visible y la invisible, el apólogo del emperador desnudo o las mil y una paradojas de Alicia en el país de las maravillas han ayudado a los autores a iluminar razones y aclarar situaciones que, con el único apoyo de los indicadores y las cifras, resultarían poco menos que indigeribles. Por ejemplo, a la política económica del Gobierno de Aznar le viene que ni pintada la historia de la cigarra y la hormiga. Siendo el Gobierno de Aznar la cigarra, compositora feliz de baladas de tan regocijante recuerdo como el 'España va bien', la 'España de las oportunidades' o el 'Vamos a más', y la hormiguita ese álter ego narrativo que aparece en los cuentos para reconvenir a la cigarra inconsciente de que, en materia de política económica como en la vida misma, lo importante no es cantar mientras dura el verano, sino saber administrar el tiempo y los recursos, o llegará el momento en que nos pasen factura los años que vivimos peligrosamente.

Debería utilizarse el margen presupuestario para la bajada de los impuestos indirectos
El despegue del IPC no es ajeno a la conversión nepotista de las empresas públicas en oligopolios

Pasado el verano del ciclo económico, la evolución de los indicadores de inflación o desempleo, por referirnos sólo a algunos de los parámetros más significativos, va poniendo de relieve las cuestiones que la cigarra olvidó abordar y desvelando el efecto pernicioso de las desafortunadas medidas puestas en marcha desde que, hace ahora seis años, el azar hizo coincidir la fase alcista del ciclo económico con la llegada de los populares al Gobierno.

El despegue del IPC no es ajeno a la conversión nepotista de las empresas públicas en oligopolios privados que, lejos de contribuir a bajar los precios, como postulaban los populares, han supuesto una presión añadida sobre los mismos. O a las medidas de política fiscal que, si ustedes lo recuerdan, prometían por boca de la cigarra 'más solidaridad y menos impuestos', y que han constituido un episodio más de doblez política. En estos años se ha incrementado más de un 19% el peso de la presión fiscal indirecta sobre el PIB, tanto por la subida de los impuestos que gravan el consumo del tabaco, alcoholes e hidrocarburos como por la creación de impuestos nuevos tales como el de la electricidad, los seguros o los hidrocarburos en fase minorista. Ello ha repercutido directamente sobre el coste estructural de los productos, castigando los bolsillos sin reparar en la capacidad de cada uno y haciendo girar cada vez más rápido el círculo vicioso de una inflación desmandada. Y para rematar la faena, los casi 5.000 millones de euros 'liberados' por la reforma del IRPF se han traducido en un incremento de la demanda que ha presionado la espiral inflacionaria.

Con este cúmulo de precedentes, el redondeo del euro ha puesto la guinda roja a la tarta de una inflación ya precocinada. Con la subida del 1,4% del IPC en abril, la inflación acumulada se ha situado ya en el 2,1%. En sólo cuatro meses rebasa el objetivo marcado para todo el año por el BCE. A mayor abundamiento, el dato ha hecho ascender el diferencial de precios con la media europea desde los 0,8 puntos de marzo hasta el 1,4 de abril, y ha situado nuestra inflación interanual en el 3,6%.

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Los riesgos que lleva consigo en términos de pérdida de eficiencia económica, de sangría de nuestra capacidad adquisitiva y de duro golpe a la competitividad de nuestros productos son aún más graves si se ponen en relación con la evolución de la inflación subyacente o estructural. A la luz del brusco desplazamiento desde el 3,5% de marzo al 3,9% de abril, en datos interanuales, creo que o ponemos manos a la obra o nuestra inflación estructural comerá las uvas habiendo más que duplicado el objetivo del 2% de la zona euro.

Para completar el panorama, la EPA ha confirmado la senda descendente del empleo iniciada en el tercer trimestre de 2001 y ha arrojado un saldo negativo de 189.300 nuevos parados. Se trata de la primera destrucción neta de empleo desde hace siete años, 65.600 puestos de trabajo menos.

¿Puede calificarse de sorprendente este paso a dos de los datos del IPC y la EPA? En absoluto. No hacía falta ser adivina para poder asegurar que una economía que se ha limitado a cabalgar a lomos de la fase alcista, como la cigarra en el verano, y a dejarse mecer por un viento de cola macroeconómico puntualmente aprovechado en términos de apropiación y de cantilena electoralista, acabaría por estrellarse en su propia ineficiencia. Eso sí, echándole la culpa a los carburantes, al Gobierno socialista o al sursuncorda, pero echando balones fuera.

Por mi parte creo que es tiempo de que cada uno extraiga sus moralejas. Yo ofreceré dos. La primera es que urge plantearse las medidas adecuadas para corregir el rumbo y poner remedio a ese perverso maridaje entre el dejarse acunar por el buen clima macroeconómico y la puesta en marcha de medidas que han hecho descender la calidad y el volumen de trabajo y tensado la inflación.

Una buena manera de empezar sería retirar el decreto de la reforma del desempleo y acercar posiciones en torno a una cuestión que, en virtud de una ética política elemental, no puede criminalizar a quienes deben ser considerados víctimas. Cualquier propuesta pasa por el acuerdo con los agentes sociales, con el margen de poder usar el superávit de las cotizaciones sociales, más de 3.000 millones de euros, para la puesta en marcha de políticas activas de empleo y para mejorar la cobertura por desempleo. Sin duda, y dado que estamos hablando de los ingresos generados por cotizaciones sociales, éste sería mejor destino que el de bonificar las cuotas empresariales o pagar las nóminas del Inem, partidas que deberían haberse financiado con cargo a la fiscalidad general como exige el Pacto de Toledo. Todo ello además de no insistir en este camino con una reforma que pretende seguir incrementando este superávit a costa de los desempleados.

En relación con la política fiscal, debería utilizarse el margen presupuestario que, según los populares, haberlo haylo, para la bajada de los impuestos indirectos, sin utilizar como coartada una normativa europea cuyos límites mínimos rebasamos en todos los impuestos indirectos vigentes armonizados. Existen márgenes suficientes para una bajada de 0,06 euros por litro en las gasolinas con plomo, que se sitúan un 17% sobre el mínimo de la UEM; de 0,11 euros por litro en la sin plomo de 95 octanos, actualmente un 29% por encima del mínimo, o de 0,08 euros por litro en el resto de las gasolinas sin plomo, dado el margen del 23% que el actual precio tiene sobre el mínimo armonizado. Incluso los gasóleos como carburantes y como combustibles pueden reducir su precio hasta 0,07 euros por litro, una rebaja del 79%, respetando escrupulosamente los mínimos comunitarios.

Sería una forma de empezar a atenuar el riesgo de impacto de las tensiones inflacionarias sobre la subida de tipos de interés y el efecto dominó que desencadenaría sobre los bolsillos de los españoles el descenso de nuestro potencial competitivo y la evolución a la baja de nuestras expectativas de crecimiento. Y una forma, sin duda, de imprimir un giro realista y benéfico a nuestra política económica, echando a andar el círculo virtuoso de la moderación en los costes de producción, la eficiencia económica, el aumento de la competitividad de nuestros productos y la repercusión directa en el empleo.

En cuanto a la segunda moraleja, es aparentemente irónica y muy escueta. Lo peor de las cigarras económicas, como la que el Gobierno Popular ha demostrado ser, no es que, en vez de trabajar, canten a pleno pulmón mientras dura el verano. Lo peor es que suavemente nos matan con su canción.

Magdalena Álvarez Arza es consejera de Economía y Hacienda de la Junta de Andalucía.

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