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LA HORMA DE MI SOMBRERO

El París de Hemingway

En 1964, a los tres años de su muerte, se publicaba A moveable feast, el primer texto póstumo de Ernest Hemingway. El libro, de unas 130 páginas, está dividido en 20 breves relatos, que abarcan de 1921 a 1926, los años en que el joven Hemingway, su esposa Handley -la primera de las cuatro que tuvo- y el pequeño Bumby -nacido en 1923- vivieron en París. En cuanto al título -en el texto no figuraba ninguno-, parece ser que lo sacaron de una carta que Hemingway había escrito, en 1950, a un amigo suyo, en la que se refería al París de su juventud como 'a moveable feast', es decir, como una fiesta movible y, también, transportable, que viaja, que llevas contigo vayas a donde vayas, a través de los años. Gabriel Ferrater realizó una excelente traducción al castellano del libro de Hemingway con el título de París es una fiesta.

Para el escritor, la capital francesa era una fiesta transportable, que viaja, que llevas contigo vayas a donde vaya

¿Existe hoy un París de Hemingway? ¿Existe un recorrido turístico por el París de Hemingway, del mismo modo que existe un recorrido turístico por la Viena de El tercer hombre? Lo ignoro, pero no me cabe ninguna duda de que este recorrido existió a finales de los cincuenta, poco después de que a Hemingway le concediesen el Nobel. Más que un recorrido típicamente hemingwayano, era aquél un recorrido por el París de la lost generation, amenizado, claro está, con algún que otro anacronismo o licencia generacional, como la visita a un local de strip-tease en Pigalle.

Exista o no hoy ese recorrido por el París de Hemingway, ello no es obstáculo para que cada uno pueda fabricárselo y recorrerlo a su propio gusto y medida, y si me apuran les diré que para ello no es imprescindible haber leído ni The sun also rises (Fiesta) ni A moveable feast, del mismo modo que para cazar un tigre no es imprescindible haber leído Las nieves del Kilimanjaro. El mío, el que yo me he fabricado a mi gusto y medida, y que recorrí el jueves de la pasada semana bajo un París gris y lluvioso, tiene además la ventaja de que puede combinarse con todo tipo de actividades: ir al peluquero, consultar una biblioteca, visitar a una prima, ver una película, asistir a una conferencia, navegar por el Sena o ir a presenciar un partido de tenis en Roland Garros. El recorrido que les propongo por el París de Hemingway, el mío, consiste esencialmente en visitar tres barras de tres bares: la del Harry's Bar (5, Rue Daunou; 'sank roo doe noo', como dicen los norteamericanos, borrachos o no), la de La Closerie des Lilas (171, Boulevard du Montparnasse), y la del Bar Hemingway del hotel Ritz (15, Place Vendôme).

En la barra del Harry's, fundado en 1911 por Harry McElhone -'when I grow older, I will be a barman', decía el pequeño Harry-, auténtico templo de la cultura yanqui en París, en cuyo piano, dicen, Gershwin compuso la música de Un americano en París, lo más indicado es cepillarse un bourbon a palo seco, no sin antes dirigir el vaso hacia la foto del joven Hemingway que tienes a tu espalda, a la derecha, y brindar por él. Al Harry's se puede ir a hacer el aperitivo del mediodía (escasa clientela, pero buena, gente sólida, con muy buen saque), y el de antes de cenar puede hacerse en la barra de La Closerie. Allí no hay foto alguna de Hemingway, pero la barra lleva una placa de cobre con su nombre: la barra de La Closerie es el territorio de Hemingway, le pertenece. Lo aconsejable es pedir unos cuantos mojitos o un par de bloody marys. En la barra de La Closerie hay que estar el tiempo necesario, pero sin pasarse: amén de que la conversación del barman es algo insípida, y desconoce completamente quién era Ford Madox Ford o el boxeador negro Larry Gains (amigos de Hemingway), uno corre el peligro de ver entrar de un momento a otro a Philippe Sollers tiernamente abrazado a sí mismo.

Y después de cenar -en La Coupole o en Chez Lipp-, se impone la copa, perdón, las copas, en el bar Hemingway del Ritz. Inaugurado en 1994, en el espacio que antes ocupaba el Petit Bar del Ritz, que da a la Rue Cambon, el bar Hemingway está considerado por el Times como 'el secreto mejor guardado de París'. Supongo que lo del secreto debe de hacer referencia a los precios, más bien inasequibles, porque por lo que respecta a su fama, a su justa fama -al margen de la firma Ritz-, es notorio que está extendida entre todos los grandes y sabios bebedores de cócteles del planeta (entre los que me incluyo).

La decoración del local, a decir verdad, es bastante hortera. Fotos de Hemingway por todas partes, el mismo papá Hemingway que el 25 de agosto de 1944 'liberó' las bodegas del Ritz después de entrar en París con la 2ª División blindada del 'petit con de Leclerc' (Hemingway dixit); un busto del escritor en la barra; libros; una vieja máquina de escribir Royal, sin olvidar la caña de pescar barracudas del oso Hemingway. Todo muy al gusto norteamericano, del ricachón norteamericano. Pero tan pronto como uno se sienta en la barra y entrega su alma a Colin Peter Field, la horterada desaparece como por arte de magia.

Colin es el barman jefe del lugar. Cuarenta años recién cumplidos, inglés, estudios de literatura e historia en el Tresham College (G.B.), cazador de becadas en Irlanda, fumador de habanos, enamorado de París y del Ritz (en 1979 presentó su primera instancia para trabajar en el hotel de la plaza de Vendôme).

Ha viajado por todo el mundo, se conoce todos los bares del mundo. Y la noche del pasado jueves, al decirle yo que vivía en Barcelona, el barman jefe del bar Hemingway se me deshizo en elogios para el Boadas Cocktail Bar de nuestra Rambla, y para Maria Dolors Boadas. 'Es uno de los bares que más me gustan', me dijo. Y añadió: 'Por el público. Boadas es lo mismo un bar -un excelente bar- para señores que para la gente sencilla, del pueblo'.

Colin es uno de los mejores detectives de cócteles que conozco. Es capaz de tenerte en vilo durante media hora mientras te cuenta la verdadera historia de la invención del bloody mary. Una historia que empieza con la penuria de vodka en Rusia después de la revolución de 1917; pasa por el fracaso de Vladímir Arsenievicht y sus destilerías del vodka Smirnov -luego Smirnoff- en Estambul, Polonia y Francia, y termina en el Bucket of Blood Club de Chicago, frecuentado por los periodistas en la década de los veinte, uno de los cuales había nacido en Oak Park (Chicago) en 1899 y, mira por dónde, se llamaba Ernest Hemingway.

A Colin hay que pedirle un dry martini, el rey de los cócteles. Pero si queréis hacerle feliz -y vosotros con él-, pedidle un limoncello di Piave, un cóctel a base de un limoncello casero -'di Piave', en alusión a la Fossalta di Piave, donde fue herido Hemingway durante la I Guerra Mundial- y vodka Smirnoff etiqueta negra. Es su particular homenaje a papá Hemingway.

P. S. El recorrido por el París de Hemingway puede hacerse con un libro del Nobel norteamericano en el bolsillo de la gabardina. Aunque puede sustituirse por un ejemplar de Prends garde au buveur solitaire, excelente novela negra de Cornelius Lehane (Rivages/noir), muy indicada para todo tipo de recorridos alcohólico-literarios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de junio de 2002