Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:REPORTAJE

El verdadero plan del Ejército de Israel

La estrategia del primer ministro israelí, Ariel Sharon, de combatir a los palestinos hasta el fin e imponer un nuevo orden regional, sigue la visión a largo plazo de los jefes políticos de Israel. Para ellos, el fracaso del proceso de paz de Oslo no era sólo inevitable, sino que era un objetivo.

En el discurso político convencional, los ataques recientes de Israel contra civiles, pueblos e instituciones gubernamentales de Palestina se califican como actos de represalia. Se justifican como respuesta a la última oleada de atentados contra civiles israelíes. En realidad, esas medidas de represalia forman parte de un ataque sistemático contra la Autoridad Palestina, minuciosamente preparado mucho antes de la presente guerra contra el terrorismo. Ya en octubre de 2000, en las primeras etapas del levantamiento palestino y antes de que comenzaran los atentados, los círculos militares de Israel habían elaborado planes operativos detallados para derrocar a Arafat y acabar con la Autoridad.

El proyecto de los generales consiste en dividir los territorios ocupados en 64 celdas aisladas, cada una de ellas asignada a una fuerza militar especial

Desde la perspectiva de la ocupación israelí, los fracasos de Arafat significaban que el plan de paz forjado en Oslo había tenido éxito

Al comienzo de la Intifada y antes de los atentados suicidas, círculos militares israelíes tenían ya planes para eliminar a Arafat y a sus colaboradores

Los palestinos ya no están dispuestos a aceptar vagas promesas; para que haya verdaderas negociaciones es preciso que Israel se retire, como hizo en Líbano

En 1999, los 'generales políticos' volvieron al poder en Israel y comenzaron su lucha para corregir el 'gran error' de los acuerdos de Oslo

Tanto Barak como Sharon pertenecen a un linaje de 'generales políticos' que comenzó con Dayan y que está educado en el mito de la redención de la tierra

En unas declaraciones publicadas en el principal periódico de Israel, Ha'aretz, el 18 de octubre de 2001, el primer ministro Ariel Sharon afirmaba: 'Oslo no va a continuar; no va a haber Oslo; Oslo se acabó'. Hoy, la opinión general sobre Oslo en Israel es que fue un error histórico. Desde marzo de 2001, los medios de comunicación israelíes han hablado abiertamente de los planes para restablecer el pleno control militar de los territorios.

Alex Fishman, el principal experto de Yediot Aharonot en materia de seguridad, ha explicado que, después de los acuerdos de Oslo, 'la FID (Fuerza Israelí de Defensa, el Ejército israelí) empezó a considerar los territorios ocupados como si fueran una celda territorial', y que eso le supuso varias limitaciones, al tiempo que permitía cierto grado de libertad a la Autoridad y la población palestina.

Ahora, en cambio, el Ejército ha vuelto a un concepto de administración militar predominante antes de Oslo. El plan consiste en dividir los territorios ocupados en 64 celdas aisladas, cada una asignada a una fuerza militar especial, y 'el jefe local tendrá libertad para ejercer su discreción' respecto a cuándo y a quién disparar; el objetivo es aislar las comunidades palestinas entre sí, como preparativo para una toma total del poder.

El cambio más visible en la posición oficial israelí sobre Oslo no fue consecuencia del terrorismo palestino. El plan de acción para derrocar a Arafat, conocido como Campo de espinas, se había elaborado ya en 1996 y se actualizó a principios de 2000, después de que comenzara la Intifada.

Campo de espinas

A partir del otoño de 2000, los políticos y funcionarios cercanos al entonces primer ministro Ehud Barak se esforzaron por preparar a la opinión pública para el momento en el que cayera Arafat. Un momento clave en esta guerra de propaganda fue el 20 de noviembre de 2000, cuando Nahman Shai, que era coordinador de asuntos públicos en el Gobierno de Barak, publicó un documento de 60 páginas redactado por el asesor de Barak, Danny Yatom, y titulado El incumplimiento de la Autoridad Palestina... Una historia de mala fe y mal comportamiento. Denominado informalmente Libro Blanco, este documento afirmaba que el crimen más reciente de Arafat -'la organización de la Intifada'- no era más que la última de una serie de pruebas que demostraban, en opinión del autor, que Arafat nunca había abandonado la 'opción de la violencia y la lucha'.

Acusaciones como que Arafat ha dado luz verde al terror se han convertido en el lema de la propaganda israelí: 'Arafat sigue siendo un terrorista y es personalmente responsable de las acciones de todos los grupos, desde Hamás y la Yihad Islámica hasta Hezbolá'.

Si la Administración de Barak preparó el camino de la propaganda, fue Sharon quien detalló los planes para expulsar a Arafat. El 12 de julio de 2001, Foreign Report revelaba que el Ejército israelí había actualizado sus planes para un 'ataque frontal para aplastar a la Autoridad Palestina, obligar a marcharse a su dirigente, Yasir Arafat, y matar o detener a su ejército'.

Dicho plan, denominado Destrucción de la Autoridad Palestina y desarme de todas las fuerzas armadas, se presentó formalmente al Gobierno israelí por el jefe de Estado Mayor, Saul Mofaz, el 8 de julio de 2001. El texto preveía que se lanzase el ataque israelí contra Arafat, a discreción del Gobierno, después de que un gran atentado suicida causara un número elevado de muertos y heridos; de esa forma se utilizaría el atentado como justificación para el ataque.

En Israel, muchos se temen que el asesinato del terrorista de Hamás Mahmud Abu Hanud, en noviembre de 2001, se planeó para crear la necesaria 'justificación de derramamiento de sangre'.

Las recientes acciones de Israel para destruir a la Autoridad Palestina no pueden calificarse de 'actos espontáneos de represalia', sino de parte de un plan elaborado desde hace mucho tiempo que, primero, necesitaba una guerra de propaganda contra Arafat, iniciada en tiempos de Barak. El siguiente paso era debilitar la resistencia de los palestinos, cosa que Israel ha hecho de forma sistemática desde octubre de 2000 mediante el bombardeo de su infraestructura, encerrándoles en sus ciudades y prácticamente matándoles de hambre. Lo único que le hacía falta a Israel para completar su plan era que las circunstancias mundiales maduraran y le permitieran actuar sin la desaprobación real de los estadounidenses y de diversos organismos de ámbito internacional.

En diciembre de 2001 daba la impresión de que las circunstancias habían madurado, gracias a la atmósfera política borracha de poder en Estados Unidos. La política estadounidense ya no consiste en construir coaliciones ni en esforzarse por convencer, sino en la pura demostración de fuerza. La aplastante victoria en Afganistán ha enviado al Tercer Mundo el claro mensaje de que no hay nada capaz de impedir que Estados Unidos acabe con cualquier nación que se proponga. A partir de ahora, el miedo debe ser condición suficiente para la obediencia.

Los halcones norteamericanos que presionan para extender la guerra contra el terrorismo a Irak -y otros países- consideran a Israel un valioso aliado. Así, Washington dio a Sharon luz verde.

Desde diciembre , Arafat está -a efectos prác-ticos- bajo arresto domiciliario, rodeado de carros de combate israelíes. Aun así, ha intentado apaciguar a Israel, en vano. Sharon, al parecer, necesitaba una nueva 'justificación de derramamiento de sangre' para seguir adelante con su plan de reocupación. Así que ordenó el asesinato, el 14 de enero, de otro dirigente palestino, Raed Karmi, jefe de una milicia de Tulkarem que pertenece a la organización mayoritaria, Fatah. No tardó en seguir la espantosa venganza de los militantes palestinos: la bomba colocada en una celebración de Bar Mitzvah en Hadera.

Arafat cumplió

Desde el punto de vista del interés israelí en mantener su control de Cisjordania, Arafat ha respondido a las expectativas. Por poner sólo un ejemplo, en 1997 -el año mencionado en el Libro Blanco como muestra de la luz verde al terror de Arafat- se firmó un acuerdo de seguridad entre Israel y la Autoridad Palestina, bajo los auspicios del jefe de la oficina de la CIA en Tel Aviv, Stan Muskovitz. El acuerdo comprometía a la AP a proteger activamente la seguridad de Israel, luchar contra 'los terroristas, la base terrorista y las condiciones ambientales que permiten el apoyo al terrorismo' en colaboración con Israel, incluido 'el intercambio mutuo de información, ideas y cooperación militar'. Los servicios de seguridad de Arafat llevaron a cabo fielmente la tarea: asesinaron a terroristas de Hamás (en presuntos accidentes) y detuvieron a sus dirigentes políticos.

En los medios israelíes se publicaron amplias informaciones sobre estas actividades, y las 'fuentes de seguridad' elogiaron sin descanso los logros de Arafat. Por ejemplo, el 5 de abril de 1998, Ami Ayalon, entonces jefe del servicio secreto israelí, anunció en una reunión gubernamental: 'Arafat está cumpliendo su tarea: está combatiendo el terror y ejerciendo todo su poder contra Hamás'.

Desde la perspectiva de la ocupación israelí, los fracasos de Arafat significaban que el plan de Oslo había tenido éxito. Mediante duras medidas de represión, Arafat consiguió contener la frustración de su pueblo y garantizar la seguridad de los colonos, mientras Israel seguía construyendo tranquilamente nuevos asentamientos y apropiándose de más tierra palestina.

Las propias fuerzas de seguridad de Arafat se constituyeron y entrenaron en colaboración con Israel. Se reconoce, muchas veces, que las fuerzas de seguridad israelíes no pueden hacer mucho más que Arafat en cuanto a la prevención del terrorismo. Si es así, ¿por qué estaba la jerarquía militar y política tan decidida a destruir todo esto en octubre de 2000, antes de que comenzaran las nuevas oleadas de atentados?

Repasar la historia

La respuesta exige repasar algo de historia.

Desde el comienzo del proceso de Oslo, en septiembre de 1993, hubo dos concepciones rivales en el sistema político y militar israelí. Una, encabezada por Yossi Beilin, pretendía aplicar una versión del plan Alon, que el Partido Laborista lleva años defendiendo. El plan original consistía en anexionar a Israel alrededor del 35% de los territorios ocupados en 1967 e instalar un Gobierno jordano o algún tipo de autogobierno en el resto, las tierras en las que verdaderamente viven los palestinos.

Según sus defensores, el plan Beilin-Alon representaba un compromiso necesario, en comparación con las alternativas de renunciar a los territorios por completo o tener un eterno derramamiento de sangre. Parecía que Rabin seguiría por este camino, al menos al principio, y que, a cambio de que Arafat se comprometiera a controlar la frustración de su gente y garantizar la seguridad de Israel, permitiría que la Autoridad Palestina dirigiera los enclaves en los que los palestinos seguían viviendo con una especie de autogobierno; incluso, tal vez, llegaría a calificar dichos enclaves de Estado palestino.

Los adversarios del plan Alon se opusieron incluso a eso. Este segundo bando procedía fundamentalmente de círculos militares, y su portavoz más notable durante los primeros años de Oslo fue el entonces jefe de Estado Mayor, Ehud Barak. Otro grupo que se oponía, por supuesto, era el de Ariel Sharon y la extrema derecha, que estaba contra Oslo desde el primer momento.

Sharon -el último líder de la generación de 1948- era una figura legendaria en el Ejército, y muchos generales, como Barak, eran sus discípulos. Como escribía Amir Oren en enero de 1999, 'la profunda y constante admiración de Barak por los análisis militares de Ariel Sharon es otra señal de cuáles son sus opiniones; tanto Barak como Sharon pertenecen a un linaje de generales políticos que comenzó con Moshe Dayan'. Una casta de generales educada en el mito de la redención de tierras.

En vísperas de Oslo, casi todos los israelíes estaban hartos de guerras. La mayoría de los israelíes creen que la guerra de independencia de 1948, con sus horribles consecuencias para los palestinos, era necesaria si se quería instaurar un Estado para los judíos, perseguidos por el recuerdo del Holocausto. Pero ahora que ya tienen un Estado, anhelan llevar una vida normal.

Sin embargo, la ideología de la redención de tierras no ha desaparecido jamás en el Ejército ni en los círculos de los generales políticos que se pasaron al Gobierno. Desde el punto de vista militar, creen que, con la enorme superioridad de la fuerza aérea israelí, es posible obtener y administrar una victoria permanente en el futuro.

Si bien el partido de Sharon estaba en la oposición durante las negociaciones de Oslo, Barak era jefe de Estado Mayor y desempeñó un papel crucial en la redacción de los acuerdos y en la actitud de Israel hacia la Autoridad Palestina. ¿Acaso cambió de opinión al comenzar las negociaciones y se convirtió en defensor de la postura Beilin-Alon sobre la coexistencia entre Israel y Palestina? Más bien, Barak debió de pensar que Oslo debilitaría a los palestinos y prepararía el camino para su destrucción final.

Sin embargo, la caída de la Autoridad Palestina no se produjo. Los palestinos volvieron a recurrir a su maravillosa estrategia de zumud: aferrarse a la tierra y aguantar la presión. La dirección política de Hamás y otros advirtieron que Israel intentaba empujar a los palestinos a una guerra civil. Todos los fragmentos de la sociedad palestina colaboraron para evitar ese peligro. También consiguieron levantar un volumen impresionante de instituciones e infraestructuras.

La Autoridad Palestina no está formada sólo por los gobernantes corruptos y las diversas fuerzas de seguridad. El Consejo palestino electo es un marco político representativo y una base para futuras instituciones democráticas. Para aquellos cuyo objetivo era la destrucción de la identidad palestina y la futura redención de su tierra, Oslo se convirtió en un fracaso.

En 1999, el Ejército volvió al poder a través de los llamados generales políticos: primero Barak, después Sharon. Se habían sentado las bases para corregir el gran error de Oslo. Para ello, los generales necesitaban convencer a la sociedad israelí de que los palestinos no quieren vivir en paz, sino que son una amenaza para nuestra existencia.

Sharon no habría podido lograrlo solo. Barak lo consiguió con una oferta presuntamente generosa que los palestinos y quienes les apoyan interpretaron como un fraude.

¿Por qué es tan urgente para los generales derrocar a Arafat? Shabtai Shavit, antiguo jefe de los servicios de seguridad (Mossad) no sujeto a las limitaciones habituales de las fuentes oficiales, lo explicaba con franqueza en diciembre de 2001 al suplemento de fin de semana de Yediot: 'No hay nadie, entre los palestinos, capaz de ocupar su lugar en ese contexto de dimensión internacional. Si pierden esa ventaja, para nosotros será una gran victoria. La cuestión palestina desaparecerá de las prioridades internacionales'.

El objetivo inmediato de Israel es eliminar a los palestinos del centro de atención internacional para que las matanzas, el hambre, las evacuaciones forzosas y las migraciones obligatorias del pueblo palestino puedan seguir adelante sin que nada lo impida.

Se suele considerar que la política israelí está dividida entre los demócratas laicos y los extremistas religiosos. Hay una tercera fuerza, los generales políticos. Son laicos y creen en el poder de la fuerza. En cierto modo, lo que ha ocurrido en Israel es un lento golpe militar, si bien cuenta con el respaldo popular. Cada vez parece más evidente que los generales han pasado a la política para poner a la sociedad por detrás del Ejército.

En contraste con el espíritu de sangre y venganza que domina en estos momentos el discurso público en Israel, hace años que existe un amplio consenso en la sociedad israelí de que, para que haya paz con los palestinos, es precisa la retirada de los territorios ocupados y la evacuación de los asentamientos. Muchos partidarios de esa retirada quedaron confundidos y paralizados con la oferta de Barak y toda la propaganda que la rodeó. Pero ahora están volviendo a ver las cosas claras. Según una encuesta publicada en Ha'aretz (4 de julio de 2001), el 40% de los israelíes apoya la evacuación de todos los asentamientos; el 52% apoya la evacuación forzosa de una parte de los asentamientos, en una retirada unilateral.

A pesar de ese respaldo, la puesta en práctica de un plan tan sensato parece más alejada cada año que pasa. Desde Oslo, el sueño de la paz se ha visto sustituido por el mito de las negociaciones. Desde entonces, el número de colonos ha pasado de 100.000 a casi 200.000, y las negociaciones son cada vez más confusas y complicadas.

La vía de las negociaciones eternas ha fracasado. El pueblo palestino ya no está dispuesto a escuchar vagas promesas de un futuro que nunca se materializa. Para que comiencen las verdaderas negociaciones, antes debemos retirarnos, como hicimos en Líbano. Es asombroso lo fácil que es. La mayoría de los territorios ocupados se pueden evacuar en dos o tres meses.

Tierras cortadas

El único elemento claro del plan de Barak en Camp David fue la anexión inmediata del 10% de Cisjordania a Israel. Dicha zona incluiría los grandes bloques de asentamientos cercanos al centro de Israel, en los que ya viven más de 150.000 colonos judíos. Lo que no mereció ninguna atención en el debate público israelí fue el destino del 90% restante de la tierra, que supuestamente pertenecía a un 'Estado palestino'. Se trata de tierras cortadas por 37 asentamientos israelíes aislados, que se construyeron con el propósito de dar a Israel el control de esas zonas. Así, dos millones de palestinos viven apiñados en enclaves que no suman más que el 50% de Cisjordania, mientras que el otro 40% está bloqueado por unos 40.000 colonos.

Esos 40.000 colonos dispersos entre los enclaves palestinos, que ocupan hasta el 40% del territorio designado como futuro Estado palestino, pueden y deben ser evacuados inmediatamente. El resto, el núcleo duro de fanáticos de la redención de tierras, tendrá que aceptar la voluntad de la mayoría; y se les puede evacuar por la fuerza, como ocurrió en Yamit, justo antes de firmar la paz con Egipto. En cuanto se hayan evacuado los asentamientos, el Ejército dejará también sus cuarteles y bases.

Esta retirada dejará abiertos a discusión los grandes bloques de asentamientos que no pueden evacuarse de la noche a la mañana, además de los problemas de Jerusalén y la interpretación del derecho al regreso. Estos aspectos necesitarán más negociaciones.

Durante dichas negociaciones, la sociedad palestina podrá empezar a recobrarse, establecerse en las tierras evacuadas, construir instituciones democráticas y desarrollar su economía con libertad para tener contacto con quien deseen. En tales circunstancias debería ser posible proceder con las negociaciones en un clima de respeto mutuo. Entonces se podrá abordar la pregunta fundamental: ¿cuál es la mejor manera de que dos pueblos que comparten la misma tierra construyan un futuro juntos?

© Tanya Reinhart 2002. Tanya Reinhart es catedrática de Lingüística y Estudios Culturales en las universidades de Tel Aviv y Utrecht. Publicado en openDemocracy.net, es parte de un debate internacional todavía abierto. © Tanya Reinhart 2002. Tanya Reinhart es catedrática de Lingüística y Estudios Culturales en las universidades de Tel Aviv y Utrecht. Publicado en openDemocracy.net, es parte de un debate internacional todavía abierto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002

Más información

  • LA ÚLTIMA OFENSIVA EN CISJORDANIA RESPONDE A LA ESTRATEGIA DE LOS GENERALES PARA LIQUIDAR A ARAFAT Y LA AUTORIDAD PALESTINA