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COLUMNA

Amnesia feliz

Hoy, mientras votan en Francia, pienso en Marbella, que, según algunas opiniones, tuvo en Gil a su Le Pen anticipado. Aún sigue gobernada por el partido de Gil y Gil, mientras yo recuerdo estos últimos años: la concepción gilista del municipio como negocio galopante; la falta de respeto hacia el mundo en general, que Gil siempre consideró un rasgo de su personal simpatía; la fama de la beatífica policía marbellí, ejemplo de cómo los guardias urbanos de España se convirtieron en policía local y decidieron ennoblecerse según el principio de que el prestigio de un cuerpo armado depende de su grado de brutalidad. ¿Puedo recordar también cómo se llegó a semejante paraíso en Marbella, aunque nadie quiera recordarlo ahora?

La buena conciencia amnésica aconseja pensar que nosotros somos democráticos (es decir, civilizados), a pesar de que Gil sea tan vulgarmente lepénico, pero yo todavía me acuerdo de las cosas que dijo Gil para ser alcalde. Tuvo Gil, y tiene, un espléndido instinto para la publicidad y las cámaras en un mundo de políticos ocres, marrones, grises, invisibles, intercambiables entre sí, mudamente a disposición del partido que les da la vida: casi nadie sabe citar los nombres de sus representantes en el Congreso, en el Parlamento andaluz, en el Senado, pero muchos conocen el nombre del caballo de Gil, que en su día fue alcalde con programa de televisión y caballo-estrella. Aunque he oído que a Gil y a los populistas como Gil los votan los desengañados del sistema, creo que a Gil lo votaron los que asumían hasta las últimas consecuencias nuestro sistema de vida, basado en el dinero y el espectáculo.

Gil se presentó a las elecciones como empresario, constructor, generador de riqueza y trabajo. Practicaba ruidosa y radicalmente las ideas dominantes: se atrevió a declarar que quería ser alcalde para ganar dinero. Decía que estaba harto de que, como constructor, lo extorsionaran los políticos del ayuntamiento, y por eso quería ser alcalde. ¿Era verdad lo que decía Gil? La inmensa mayoría lo votó.

Yo no sabía si creer las barbaridades que lanzaba el constructor Gil (al fin y al cabo, no es imposible que la gente, incluso el político profesional, se venda cuando ve la ocasión), pero en 1996, cinco años después de haber sido elegido alcalde, Jesús Gil ofreció a los tribunales pruebas de que en 1986 pagó 85 millones de pesetas para que responsables del Ayuntamiento de Marbella, gobernado entonces por el PSOE, influyeran sobre la Junta de Andalucía: el constructor Gil quería que le dejaran edificar más pisos en uno de sus solares. Edificó sus pisos el constructor, Marbella siguió creciendo escandalosamente, y no pasó nada porque el asunto ya había prescrito cuando el alcalde Gil lo llevó al juzgado.

Mientras el nuevo alcalde del viejo GIL hace las cuentas de la devastación que su partido ha sembrado en el Ayuntamiento de Marbella durante una década de gobierno, yo espero oír alguna reflexión o consideración crítica sobre el estado de cosas que puso la alcaldía en manos de Gil. Gil no es un injerto antinatural en nuestro sistema: es uno de sus frutos más exuberantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002