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LECTURA

Oficio de reportero

Esta reflexión sobre el oficio de reportero es uno de los últimos trabajos de Juan Carlos Gumucio, que murió el pasado 25 de febrero en Tarata, Bolivia. Publicado originalmente en la revista 'Mal Bicho', fue reproducido por el diario 'Los Tiempos', de Cochabamba, como homenaje póstumo. Gumucio, de 52 años, fue corresponsal de EL PAÍS en Oriente Próximo y Londres. Antes había trabajado como corresponsal de la agencia Associated Press, 'The Times' y CBS en Estados Unidos, Europa y Oriente Próximo.

Dos pistoletazos de una Browning empuñada por un estudiante de 19 años mataron hoy al heredero del trono de los Hapsburg, el archiduque Franz Ferdinand, y a su esposa durante un paseo por Sarajevo. Hay sospechas de complicidad serbia en el atentado perpetrado por Gavrilo Princip'.

Tal la escueta introducción de The Times para un acontecimiento que a las once de la mañana del domingo 28 de junio de 1914 provocó las matanzas de la Gran Guerra e introdujo la mostaza al primer arsenal químico de la historia.

Cinco líneas, dos frases, 46 palabras. Arranque perfecto para un despacho de enorme escala trágica. Como Princip, el reportero del Time en los Balcanes disparó a quemarropa.

Conviene recordar cómo se contó telegráficamente el asesinato de Sarajevo porque la brevedad ya no es una forma de arte. Todos queremos ser Hemingways sin haber escrito suficientes libros para comprarse una caña de pescar o un Mauser.

¿Dónde está la oportunidad? Para nosotros, en el Chapare. ¿Quién nos está contando la acción, movimiento y suspenso? Muy pocos.

Si hay crónicas del mayor conflicto en nuestro país desde la guerrilla del Che, éstas no son muy visibles. Los periódicos, de paso, son caros y no invitan a la lectura del reportaje.

Tantos muertos, tantos heridos. Listo. La gravedad, la dimensión del drama detrás de la defensa de la hoja de coca está siendo contada como un comunicado de tránsito tras un choque fatal dos días atrás.

No hay anzuelo. Y si existe, está sepultado bajo párrafos interminables. El espacio crítico que debería enganchar al lector delata el apuro por cerrar la edición en redacciones de periodistas cansados y con razón. Las reducciones de personal se notan. Soluciones para esto último no están a la mano, pero ayudas para aprender a narrar, sí. '¡Evite palabras innecesarias!' es la receta de William Srunk Jr. Y E. B. White en The Elements of Style. Altamente recomendable, extremadamente fotocopiable.

Ayuda a organizar una historia, a detectar las trampas del tedio, a ir rápidamente al grano. Vacuna contra la tentación de creer que es posible transformar una noticia de 500 palabras en un best seller.

Un problema es que no escribimos como hablamos. Nos domina el cliché, nos apresa la creencia de que escribir bien es escribir 'en difícil'. Si el éxito de un cronista radial depende de su acento porteño, los de la prensa escrita recurrimos al trío Los Panchos. Es natural, nos encantan los boleros. Pero no van a ser muy útiles a la hora de escribir una noticia sobre el robo a mano armada a la relojería Tic Tac.

En el mundo de Struck y White el plátano es un plátano, no 'una fruta tropical oblongada y forrada de una resbalosa cáscara amarilla'.

En ese sentido, el alcalde tiene nomás que ser el alcalde, como lo llamamos en casa. No el 'burgomaestre' (cuánta afición le tenemos a esta palabra, particularmente en el valle), mucho menos 'la primera autoridad edilicia'. Los policías son policías, y los militares, militares.

Nada de 'uniformados'. Uniformados también están los pilotos de aerolíneas, los heladeros, los vendedores de hamburguesas y los curas.

Delata una falta de precisión que es muy fácil de erradicar antes de que se imponga, como el inexistente verbo 'enfatizar'.

No hay texto que enseñe a sentarse a contar una historia de premio. Pero si uno quiere aprender algo (y morir de envidia en el proceso), García Márquez es indispensable. Ya sea por el deleite de sus novelas como por sus obras de reportaje puro y duro.

Está bien, aunque geográficamente lejos. Nosotros tenemos al Ramón Rocha Monroy y su teléfono está en la guía. Al Ramón se le puede pedir sin vacilar que le eche una manito a la profesión contándonos qué es lo que nos está pasando en el Chapare.

Ryszard Kapuscinky (La guerra del fútbol, esencial) ¿Quién sino este extraordinario reportero de la agencia polaca PAP podría haberle dado los golpes a la tecla para comenzar su célebre relato con la frase 'Luis Suárez me dijo que iba a haber una guerra, y yo le creía todo a Luis Suárez'.

James Fenton, el reportero británico que desde la torreta de un tanque T-62 del ejército Vietcong contó el colapso y fuga de los yanquis de Indochina. En su reportaje clásico La caída de Saigón pone en escena aquel drama de otro error de cálculo occidental en Oriente: la demencia de esa guerra. ¿Cómo atrapa Fenton atención?

Confesando en sus primeras líneas que en 1973 soñó que se había muerto y ocultó su cadáver en el refrigerador de una amiga. OK, eran los setenta y Fenton estaba en pleno Pink Floyd. Apuesto que se fumaba incluso palmeras. Pero a partir de esas líneas la intriga de su testimonio sobre lo visto en Nam no se detiene.

El trabajo de la gran española Maruja Torres, de EL PAÍS, es otro ejemplo del reportaje. La feroz Maruja, retratista de América Latina, defendió a nuestros indios con más vigor que nuestros propios ejércitos.

¿La clave del impacto? Maruja Torres es trabajadora, muy trabajadora y bastante irreverente. Esa pasión por contar historias la llevó a definir una noche a Beirut como un 'gran cenicero' y luego vomitar todo el whisky del día desde el balcón de mi oficina.

Pensé que se iba a morir de intoxicación alcohólica. Pero, de pronto, miró su reloj, se limpió los mocos y frenó la tormenta que se le había venido encima. Era su primer contacto con el caos de Líbano a finales de 1991 y además se sentía un tanto arrepentida -no mucho- por haberse tirado a un taxista kurdo. Treinta minutos al télex y las 320 palabras para su columna de la contratapa del diario volaron a Madrid. Una descripción que le salió del alma. Lo que es más importante en este trabajo, llegó a tiempo.

La Maruja contó hasta el color del miedo. Llevó la furia de Oriente Próximo a España. Una reportera de verdad. 'Más masters te da la vida', escribiría antes de recluirse hace tres años en algún lugar de Cataluña junto a Harry, su asmático perro salchicha.

Afortunadamente para los reporteros, hasta un poco de tino llega con la edad. La profesión quema. Pero, ¿no es que queríamos tener un buen bronceado? Si los escandinavos ahorran un año para ir en charters a freírse en una playa de Chipre, ¿por qué no aprovechar de la ventaja tercermundista de poder poner tetas y pelotas al sol y darnos saludables baños de coraje gratis?

Treinta años de distancia de mi país me habían hecho olvidar, con arrogancia, ése nuestro talento para salir adelante y recibir rayos incluso cuando está nublado. En el periodismo boliviano de hoy existen pruebas de auténtico coraje frente a la adversidad.

Hay talento, hay curiosidad, hay sacrificio. Un joven colega cochabambino me decía el otro día que ya no recuerda cuándo se compró un par de zapatos. Un profesional que tiembla por perder el sueldo porque la crisis muerde hasta a los dueños. 'El periodismo es mi vida. Trabajaría gratis', me dijo. Le creo.

A la hora de ilustrar relatos no estamos desamparados para nada porque hay reporteros gráficos, como los hermanos Balderrama, (Los Tiempos) y otros foteros con película medida y poca gasolina en la moto. Y para ver si hay o no luz al final del túnel en el que nos han vuelto a encerrar los gringos, ahí está Pulso, el semanario paceño con calidad analítica y actitud audaz. Bajo el título de 'Campesinos como pajaritos', Pulso publicó el mes pasado un reportaje sobre un asesinato (otro más) en el Chapare. Lo firmaba Boris Miranda. 'Casimiro Huanca fue asesinado por regalar frutas, por querer dignidad, por ser dirigente y por ser Huanca', escribió Miranda. Miranda tiene 17 años.

Tecla joven se nota en las páginas locales de El Deber de Santa Cruz, así como en las caricaturas de La Prensa de La Paz. Periodismo con brío, con esmero. Conozco en Tarata parejas jóvenes que esperan el domingo para tirar la casa por la ventana y comprarse el semanario ¡Oh! Para que las fotos de moda a todo color adornen biencito las paredes.

Historias con viaje para un país en trufi están alentando a los enviados especiales. Los hay buenos, como el cochabambino Norman Chinchilla, de Los Tiempos. A un remoto rincón del departamento de Cochabamba llegó una de sus historias del trópico porque contaba hasta las caras de las cocaleras del Chapare el día en que cubrieron la retirada de Evo Morales en un Toyota con un cartel pegado en el parabrisas. 'Diputado nacional', decía. Buen manejo del lenguaje. Que el episodio se cuente solo, veloz y directo como una flecha.

Material puntual, interesante llega a todas partes del país por la Radio Fides del padre Pérez Iribarne. Gratis. A quienes no vemos la tele -y eso que vale la pena seguir PAT-, Fides nos da las últimas de primera.

En un país de rico periodismo son pocos los que pueden comprarse dos diarios. Jóvenes profesionales se juegan cada día salario y prestigio con trabajos firmados. Peor. Persiste el desdén a la profesión de reportero.

No es una mala palabra

Reportero no es una mala palabra. Tampoco significa estar en el peldaño más bajo de una fascinante manera de ganarse la vida. Cierto, hay buenos y malos reporteros, como hay buenos y malos banqueros, pilotos, vulcanólogos y así. Pero no. ¿Con cuántos cretinos tropieza uno en la vida que dicen majaderías como: '¡Huy!, eres reportero. Debo tener cuidado con lo que digo'? Para evitarles el insulto, la industria los ha promovido (sin aumentar un peso, claro) a la categoría de 'redactores'. Suena mejor. Un casi escritor que sigue yendo a la policía a conseguir una noticia, pero con otro título en el carnet.

Por cierto, la mejor escuela de periodismo es el crimen. Pero nunca es tan grande como el que comete ese impostorcillo que consigue una credencial de periodista para ir al cine gratis. Si para ganarse la vida contando qué es lo que hay de nuevo en la calle hoy se exige un diploma (que cuesta dinero y años), entonces debo admitir que cometí un grave error al ignorar el consejo de mis antepasados.

Estudiar leyes, ingeniería, ciencias, 'algo'. Hoy sería científico.

Pero en ese caso ya no podría decir que mientras me dure el lápiz prefiero contar algo que he visto y despachar un reportaje como tienen que ser despachadas las cartas de amor a mi mujer. Lo antes posible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002

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