Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
REPORTAJE

Bosnia, diez años después

David Rieff (Boston, 1952), es subdirector en 'The World Policy Journal' y autor de 'Bosnia and the Failure of The West'. En enero regresó a los Balcanes para analizar los cambios ocurridos en estos diez años. EL PAÍS publica un extracto del artículo aparecido en 'Letras Libres'

Durante el sitio de Sarajevo, el alcohol, el tabaco, el sexo y la charla eran las principales formas de entretenimiento. La gente bebía hasta adormecer el miedo totalmente racional a la bala del francotirador o el proyectil de mortero que llevaba su nombre, para usar el viejo tópico militar. Los cigarrillos y la sociabilidad iban de la mano. En cuanto al sexo, no saber si uno va a seguir vivo de aquí a una semana o incluso al día siguiente hace maravillas a la hora de eliminar las inhibiciones 'civilizadas' que impiden a la mayoría de la gente dar rienda suelta a sus libidos. Por supuesto, ninguna de estas cosas era de extrañar, ni eran exclusivas de la guerra en Bosnia; son características de todas las guerras y catástrofes humanas.

Es un caso único en las guerras contemporáneas. Tan destacable por su rareza como por su carácter de tragedia. Estas cosas ya no ocurrían en Europa

La guerra duró cuatro años, costó 250.000 vidas, creó más de un millón de desplazados y dejó en ruinas grandes zonas de lo que había sido un país rico

Hay un efecto muy pernicioso: los bosnios están enfadados con Occidente, pero al mismo tiempo esperan que les devuelva su integridad

Los serbios están resentidos por la campaña de bombardeos de la OTAN durante la guerra kosovar. Pero es un resentimiento teñido de melancolía

Eso no quiere decir que no se hablara de la guerra o de política. Los bosnios seguían el menor desarrollo de los combates con una desesperación fascinada. De vez en cuando, ese sentido fatalista de la realidad se veía interrumpido por la noticia de alguna victoria del Gobierno bosnio en el campo de batalla. Pero las esperanzas suscitadas siempre resultaban frustradas. Los bosnios nunca pudieron vencer a los serbios sobre el terreno -ni mucho menos levantar el sitio de Sarajevo- hasta que, en 1995, la OTAN y el ejército regular croata intervinieron para ayudarles. Hasta entonces se alimentaron de quimeras de rescate. Y peor aún que sus esperanzas infundadas de que hubiera un vuelco de la situación en el frente fue que depositaron demasiada confianza en las muestras intermitentes de que el Gobierno estadounidense, tal vez, estaba dispuesto, por fin, a actuar para poner fin a las matanzas.

También había interminables conversaciones sobre política, desde luego. Los bosnios debatían cómo y por qué se había disuelto Yugoslavia y quién era responsable, analizaban minuciosamente el carácter del nacionalismo serbio en general y de Slobodan Milosevic en particular y trazaban la historia de la traición a su causa por parte del Gobierno de Croacia. También expresaban una profunda nostalgia por la era de Tito. Esto último no era extraño. La última década del Gobierno del mariscal Tito fue el periodo más próspero en la historia de Bosnia. Y el viejo tirano había promulgado en 1974 una nueva Constitución para Yugoslavia que convertía a los musulmanes bosnios en un pueblo constituyente, con lo que teóricamente al menos les colocaba en la misma categoría que serbios, croatas y eslovenos y por encima de minorías como los húngaros de la provincia de Vojvodina, en Serbia, o los albaneses de Kosovo.

Lo importante -aunque muchos de los periodistas extranjeros y los miembros de las organizaciones humanitarias no lo comprendieron al principio- era que, desde el punto de vista bosnio, lo que estaban experimentando no era solamente terrible; era anormal. El contraste con el mundo pobre no podía ser más señalado. Allí la población civil no suele nunca engañarse, creer que su sufrimiento es anormal. La gente llega a la única conclusión racional, por muy amarga que sea, que sugiere su experiencia pasada: que la guerra, las privaciones y el sufrimiento han sido siempre una parte demasiado 'normal' de su vida y, además, es muy probable que sigan siendo su destino. Ello no quiere decir que esas personas no lamenten ese destino espantoso. No serían humanas si se resignaran hasta ese punto. Como haría cualquiera en su situación, sueñan con el rescate, con la huida, con la revolución. Aun así, el somalí o el afgano corriente sabe a la perfección qué es lo más probable que le reserve el mundo, por más que les gustaría que la situación fuera distinta. Esperar una cosa mejor a la hora de la verdad es esperar un milagro.

Incredulidad

Los bosnios veían las cosas de otra forma muy diferente. Para ellos, imaginar la paz y la prosperidad no era esperar una cosa sin precedentes, sino creer que tarde o temprano sus vidas volverían a ser como habían sido durante varias generaciones. Por eso Bosnia fue un caso único en la historia de las guerras contemporáneas. A pesar de todos los horrores que estaban produciéndose -horrores iguales y en muchas ocasiones superiores a los de muchas guerras del mundo pobre-, fueron pocos los bosnios que aceptaron por completo la idea de que lo que ocurría no era nada más que una perversión de lo que -por extraña que parezca la palabra- estaba 'previsto'. Evidentemente, no quiero decir que los bosnios negaran la realidad de la guerra. Pero, a pesar de todo lo que perdieron y de que al final hubieran adquirido la sensación amarga y estoica de haber sido abandonados a merced del destino, siguieron albergando la firme convicción -aunque fuera irracional- de que lo que les había sucedido no tenía que haber ocurrido jamás. Y tampoco en este caso actuaban así por algún fallo fundamental del carácter bosnio o por la imposibilidad de entender el mundo real. Al contrario, lo paradójico fue que, como los bosnios habían entendido tan bien el mundo en el que vivían antes de la guerra y tenían tales raíces en él, cuando la guerra les envolvió se sintieron completamente perdidos. Su confusión fue una confusión de europeos. Como tales europeos -si bien europeos en la periferia de este continente privilegiado-, compartían la creencia de que la guerra era una cosa relegada al basurero de la historia.

'La generación de nuestros padres hablaba de la II Guerra Mundial todo el tiempo', me decía la escritora y traductora bosnia Senada Kreso a principios de 1993, poco después de mi llegada a Sarajevo. 'Habían sufrido mucho'. Sin embargo, para la mayoría de los miembros de la generación de Kreso -nació en 1952-, todo eso parecía ya poco importante. 'Suponíamos', decía, 'y también acabaron suponiéndolo nuestros padres, que los de su generación serían los últimos yugoslavos que sufrieran esos horrores. Ya éramos todos europeos. Los franceses y los alemanes no volverían a luchar jamás, y nosotros tampoco'. Por supuesto, los estudiantes de la generación de Kreso seguían aprendiendo a la fuerza las historias de heroísmo partisano en el colegio. Pero no les causaban más emoción que las historias de Dunkerque o la resistencia francesa a sus coetáneos de Londres o París. En cuanto a los nacidos en los años sesenta y setenta, lo que les resultaba ajeno ya no era sólo la historia de la guerra de Tito contra los nazis y los chetniks monárquicos, sino la propia idea de guerra en sí. En los años ochenta casi todos en la antigua Yugoslavia creían que el país se incorporaría al futuro de Europa occidental, donde tantos habían prosperado como trabajadores inmigrantes. Y que el futuro ya no incluía la amenaza de una guerra como posibilidad real. Pese a la retórica incendiaria de unos cuantos nacionalistas, era tan impensable que los yugoslavos fueran a combatir entre sí como que Francia le declarase la guerra a Alemania. Evidentemente, los bosnios iban a descubrir, para su espanto y su pena, hasta qué punto estaban equivocados. La guerra de Bosnia duró cuatro años, costó 250.000 vidas, creó más de un millón de desplazados y dejó grandes zonas en ruinas de lo que había sido un país rico. Pero ninguno de esos datos pudo alterar la profunda sensación de asombro e incluso indignación por lo ocurrido. No es que los bosnios pensaran que esas cosas no ocurrían; es que pensaban que esas cosas ya no les ocurrían a los europeos. Y la verdad es que esa opinión, aunque no se expresara casi nunca, fue en gran parte la base de la atención que se le prestó al conflicto en todo el mundo. ¿Una guerra en Europa? ¿En la que los refugiados eran de raza blanca? Era, para usar el viejo tópico del periodismo norteamericano, un caso ejemplar de 'hombre muerde a perro' y, como tal, casi tan destacable por su rareza como por su carácter de tragedia.

Una paz fría y triste

Esa sensación de haber sufrido no sólo una tragedia, sino algo anormal, es la que ha permanecido después de la guerra y resulta inquietante para cualquiera que, como yo, viviera durante el conflicto en Bosnia y regrese ahora de visita, seis años después de que se impusiera una paz fría y triste tras el acuerdo de Dayton en 1995. Un acuerdo que supuso el fin de la guerra y el comienzo del periodo actual, en el que el país está bajo la tutela de las potencias de la OTAN y Naciones Unidas y, al mismo tiempo, se espera que dé los primeros pasos hacia su reconstrucción. Se suponía que la presencia extranjera, las amplias infusiones de dinero y el despliegue de tropas debían permitir precisamente que los bosnios volvieran a la situación de la que hablaban con tanta añoranza durante el conflicto: una normalidad europea. Pero los resultados de todo ese esfuerzo son, en el mejor de los casos, ambiguos.

A primera vista, los indicios son más bien positivos. Quizá persisten los viejos rencores, pero ya no hay combates ni parece probable que vaya a haberlos en el futuro. El sueño de Slobodan Milosevic de una Gran Serbia construida sobre el esqueleto de la antigua Yugoslavia que él mismo destruyó, prácticamente sin ayuda, está muerto y enterrado. El nacionalismo serbio sigue teniendo mucha fuerza, al menos teórica, en Yugoslavia propiamente dicha. Pero aunque son pocos los miembros de la clase dirigente serbia -incluso los que se alinean con las tendencias políticas más liberales- que expresan remordimientos por lo que ocurrió en Bosnia y, en todo caso, esa indiferencia respecto a unos hechos que seguramente merecen ser calificados de genocidio de acuerdo con el derecho internacional es aún más pronunciada entre la población serbia en general, nadie confía seriamente en intervenir en Bosnia. Por el contrario, estos días en Belgrado existe un ánimo de sombría resignación ante la desaparición de Yugoslavia y la pérdida de categoría de Serbia, consternación por el desastroso estado de la economía -Yugoslavia, en otro tiempo el segundo o tercer país más rico de Europa central y del Este, es ahora el más pobre o el segundo más pobre después de Rumania- y esperanza de que la Unión Europea acuda al rescate.

Si bien hoy en día cualquier cosa puede agitar las pasiones políticas nacionalistas, el catalizador no es Bosnia, sino Kosovo. Desde luego, los serbios están resentidos por la campaña de bombardeos de la OTAN durante la guerra kosovar. No podría ser de otro modo. Los bombardeos destruyeron gran parte de lo que quedaba de la maquinaria industrial pesada de Yugoslavia. Y aunque los puentes destruidos por las incursiones aéreas de la Alianza ya han sido reparados en su mayoría, las cicatrices del ataque siguen siendo visibles en las calles de Belgrado, donde las ruinas incendiadas de edificios oficiales, como la sede del Partido Socialista de Milosevic, su emisora de radio y el Ministerio de Defensa, dan testimonio mudo del aterrador poder tecnológico de las fuerzas aéreas estadounidenses.

Borrón y cuenta nueva

Sin embargo, es un resentimiento teñido de melancolía. La gente te dice que Occidente se equivocó al atacarles, pero parece casi como si se quejaran sin ganas. Saben que a Serbia se la considera un paria y que no van a encontrar a demasiados extranjeros que simpaticen con ellos. Como me dijo un joven serbio: 'Estos diez últimos años han sido una completa pérdida de tiempo. Tenemos que incorporarnos a Europa y seguir adelante con nuestras vidas. No sirve de nada detenernos en el pasado'.

Evidentemente, se refería también a que no sirve de nada recordar lo que hicieron los serbios en Croacia oriental, Bosnia y Kosovo. Para este joven, como para tantos de sus contemporáneos, lo que tiene sentido es hacer borrón y cuenta nueva; una cuenta nueva en la que en la práctica los serbios ignorarían lo que les ha hecho Occidente y, a su vez, los occidentales deberían olvidar lo que hicieron los serbios. Un cínico podría decir que para los serbios sería un trato muy ventajoso. Dejarían atrás unos cuantos centenares de muertos por los bombardeos de la OTAN y a cambio el mundo ignoraría los cientos de miles de personas asesinadas en nombre de la Gran Serbia.

Es evidente que la pésima situación económica explica una parte importante. Puede que Bosnia sea más rica que Serbia, como lo demuestra el hecho de que hoy en día se roban coches en Bosnia para venderlos en la antigua Yugoslavia, en vez de lo contrario, como era habitual hasta 1999. Pero el paro real está muy por encima del 40%. Las vastas sumas de dinero que invirtieron los donantes extranjeros en Bosnia después de la guerra, entre 46.000 y 53.000 millones de dólares , según diversas fuentes, han producido unos resultados verdaderamente escasos. Es cierto que esta cifra incluye los miles de millones de dólares gastados en el despliegue de tropas de la OTAN, pero incluso teniendo en cuenta ese factor la cantidad resulta totalmente desproporcionada respecto a cualquier paquete de medidas de ayuda dedicado anteriormente a la reconstrucción en una posguerra. Dado que hay menos de cinco millones de bosnios, equivale a dar a cada ciudadano del país alrededor de 10.000 dólares

Un estudio encargado recientemente por el Instituto para una Sociedad Abierta, de George Soros, llegaba a la conclusión de que el dinero, en gran parte, se ha dilapidado. La corrupción está totalmente extendida, las instituciones educativas siguen sumidas en la pobreza y la infraestructura médica sigue siendo una sombra de lo que era antes de que estallara la guerra, en 1995. En los primeros años de paz muchos bosnios atribuían esos males a la corrupción del Partido gobernante, el SDA del presidente del país durante la guerra, Alija Izetbegovic. Pero el SDA se vio derrocado hace un año por una alianza de partidos encabezados por un comunista reformado y convertido en socialdemócrata, Zlatko Lagumjia. Para consternación de la élite liberal de Bosnia, la Alianza ha resultado ser tan corrupta como sus predecesores. Los puestos de trabajo se reparten de acuerdo con las necesidades del clientelismo político y las relaciones familiares, y en el ámbito local, por lo menos, la mejora en las vidas de los bosnios corrientes no parece preocupar a los nuevos burócratas de la Alianza más de lo que interesaba a los funcionarios del SDA, a los que han sucedido.

Cinismo

El resultado es que los bosnios, que ya se mostraban cínicos sobre sus dirigentes y pesimistas sobre el futuro de su país, han perdido prácticamente toda esperanza. La mayoría de los jóvenes no sueñan más que con emigrar; en un país en el que, a diferencia de Croacia, Serbia y Kosovo, la emigración ha sido históricamente rara. En Sarajevo hay todos los días grandes colas delante de las embajadas occidentales, y en los cafés los jóvenes hacen planes para irse al extranjero. Los ancianos -en Bosnia, la opinión general es que se es anciano a partir de los cincuenta- están menos dispuestos a irse, pero también ellos se sienten abrumados por la sensación de impotencia y desesperación. Hay también un profundo sentimiento de desilusión, la opinión generalizada -aunque pocas veces expresada- de que el mundo exterior, que no rescató a Bosnia en sus momentos de calvario, debería haber devuelto el país al estado en el que se encontraba antes.

Racionalmente, los bosnios saben que eso es imposible. Todo el dinero en el mundo, aunque se gastara con prudencia y no se derrochara, no bastaría para borrar los sufrimientos de los años de la guerra ni para mitigar el horror y la injusticia de lo sucedido. Pero esa sensación bosnia de que lo que les ha ocurrido no sólo fue terrible, sino anormal, ha tenido en este aspecto un efecto muy pernicioso. Los bosnios están enfadados con Occidente, y al mismo tiempo esperan que Occidente les devuelva su integridad. En cierto sentido, la cultura de la dependencia y la cultura del privilegio se entremezclan de la forma más dañina y destructiva. Mientras tanto, los responsables occidentales en Bosnia y los Gobiernos a los que representan sienten cada vez más impaciencia con los habitantes locales, a los que consideran malcriados, desagradecidos y perezosos. No es de extrañar, pues, que hoy bosnios y extranjeros no se comuniquen verdaderamente, sino que entablen diálogos de sordos.

Es como si muchos bosnios, insatisfechos con la reacción occidental, pero paralizados por sus propios sentimientos de impotencia y agravio, caminaran como sonámbulos por la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002

Más información

  • EL SUEÑO DE LA GRAN SERBIA CONSTRUIDA SOBRE EL ESQUELETO DE LA ANTIGUA YUGOSLAVIA ESTÁ MUERTO Y ENTERRADO