Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
CRÓNICA

Raúl también fue héroe en Vigo

El Madrid rompe en Balaídos su mala racha en campo ajeno y aparta al Celta de la lucha por el título

Raúl, el de siempre, resolvió la vida al Madrid. Apareció puntual por el área y marcó en el momento justo. Fuera de casa, además; rompiendo una mala racha forastera que consumía a los blancos y elevando su moral para la gran cita copera del miércoles. De paso, para darle más contenido a su acción, se limpió un rival, el Celta, de la carrera por el título.

Y así el Madrid salió airoso de Vigo. Y eso que, por culpa de una alineación sin sentido, pero corregida a tiempo, a punto estuvo de salir otra vez escaldado.

CELTA 0| REAL MADRID 1

Celta: Cavallero (Pinto, m. 73); Coira, Méndez, Cáceres, Sylvinho; Luccin, Giovanella; Edu, Mostovoi, Gustavo López (Jesuli, m. 75); y Catanha. Real Madrid: César; Míchel Salgado, Helguera, Pavón, Roberto Carlos; Makelele, Flavio (Solari, m. 59); McManaman, Raúl, Zidane (Geremi, m. 89); y Morientes (Guti, m. 59). Gol: 0-1. Mi. 81. Error de Giovanella en el centro del campo, que aprovecha Guti para abrir a la banda izquierda donde aparece Zidane, quien centra sobre la portería viguesa y Raúl, al borde del área pequeña, se anticipa en el salto a Cáceres para cabecear a gol. Árbitro: Medina Cantalejo. Amonestó a Méndez y Raúl. Unos 30.000 espectadores en Balaídos.

Balaídos presenció un primer tiempo desastroso. Se tumba sobre la camilla de las estadísticas y del desguace seguro que sale una cifra récord: la de los balones perdidos. La infección de los pases al rival o a la grada afectó a todos. Más a tipos como Coira, Pavón o Flavio, claro, pero también a gente tan poco sospechosa como Zidane o Mostovoi. Un periodo horroroso, en suma, que dejó el duelo sin gobierno, expuesto simplemente a las ocurrencias ocasionales que salieran, de pronto, de alguna bota lustrosa.

Por ahí el Madrid tuvo una inicial de Salgado, que se pegó el eslalon al que últimamente ha cogido gusto: llegó hasta el fondo, pero su centro no encontró la complicidad de ningún remate. Y tuvo, sobre todo, una combinación al primer toque Zidane-Raúl que dejó solo a Morientes frente al portero. Y el delantero disparó mal, cruzado.

El Celta llegó algo más, pero sin tanta claridad. Casi siempre por la izquierda, por donde se concentraba toda su capacidad de hacer daño. Con Mostovoi, cuando caía por esa zona; con Sylvinho y, especialmente, con Gustavo López, el único de los 22 presentes que se atrevió a encarar con insistencia y mala intención.

César, la gran sorpresa de Del Bosque en la alineación -probablemente para cubrir el agujero que la ausencia de Hierro había provocado en los balones aéreos-, no pasó, en todo caso, demasiados apuros. Menos sufrió Cavallero, que, gracias a la adelantada defensa de su equipo, tuvo siempre muy lejos a los puntas del Madrid.

Aunque el juego discurrió casi siempre en tierra de nadie, con una circulación horizontal y muy lenta, sobrecargada además de imprecisiones, tuvo más presencia en territorio enemigo el Celta. Al margen del poco peso del centro del campo madridista, tuvo mucho que ver una jugarreta táctica, la única interesante que dejó ese primer tramo: Mostovoi adelantó más que nunca su posición y obligó a Makelele, su vigilante, a incrustarse entre los centrales. Eso propició un claro en la zona de entrelíneas que Giovanella, por su poca ambición, desaprovechó. No sería por que su compañero ruso no le avisara, que se tiró el partido marcándole a gritos el camino. El Celta esclavizó así a su mejor jugador, esconido toda la noche, y apenas arañó ganancias a cambio.

En un Madrid espeso y vulgar, en el que Roberto Carlos se mostraba del todo intrascendente y Zidane era lapidado por sus compañeros -le tiraban piedras, no pases-, sólo la perseverancia de Raúl para moverse por todas las zonas e intentar asociaciones puso algo de claridad. Por lo demás, fue una ruina de equipo, con las limitaciones de Flavio y Morientes a la cabeza. Ni uno ni otro son titulares admisibles en un grande.

En un intento por reanimar a su equipo, Del Bosque dejó a ambos en el banquillo. En su lugar sacó a Guti y Solari. Y el panorama, progresivamente, mejoró. El Madrid empezó a encontrar el gusto por la pelota y ganó en profundidad por la izquierda, carril por el que el argentino reivindicó nuevamente un sitio y puso en cuestión la decisión de Del Bosque de dejarle de salida en el banquillo. El Madrid, que no había hecho nada en la primera mitad, comenzó a meter en problemas al Celta. Solari llegó por su costado y metió centros precisos y venenosos. Guti también contribuyó a la mejoría. No dio más poder al Madrid en el área, pero sí sensatez a las combinaciones.

El cambio de cara del Madrid no evitó que el juego discurriera más tiempo por su campo. El Celta tocaba mejor, pero se deshacía en los metros decisivos, por donde los centrales madridistas, pese a la sospecha que pesaba sobre ellos, no sufrían en exceso. Y seguía viviendo de la decisión de Gustavo López. Por eso, cuando el físico le dijo basta a éste y dejó su sitio a Jesuli, su equipo se murió un poco.

Murió del todo poco después, en una de las contras, ya sí dañinas, con las que el Madrid fue completando la segunda mitad. El balón le llegó a Zidane en la izquierda del área y dibujó un centro en escorzo. El resto lo hizo el de siempre, Raúl. Que no está, no está, pero aparece. No esperó a que la rosca del francés le llegara, sino que la atacó, anticipándose a los centrales vigueses, y la cruzó con la cabeza. De esta forma, Raúl sacó al Madrid de su penosa racha forastera y lo dejó con la moral alta para la final de Copa. Y, de paso, despidió al Celta de la lucha por el título.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002