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Crítica:

Dos para el camino

Barry Gifford recurre al intimismo en Wyoming para contar la historia del viaje de una madre y un hijo, sin dejar de ser fiel al estilo beatnik, movimiento del que el escritor norteamericano, autor de Corazón salvaje y Perdita Durango, se siente orgulloso heredero.

El viaje iniciático junto a un padre o una madre en la mirada y los oídos de un hijo se ha convertido -con el correr de los años y de los kilómetros- en casi un subgénero dentro de una literatura y un cine norteamericanos de estética independiente. Así, el camino como territorio es casi uno de los escenarios inevitables, y Barry Gifford (Chicago, 1946) lo ha recorrido una y otra vez con modales contradictorios pero también complementarios. Por un lado está el Gifford más conocido: el de Corazón salvaje, Perdita Durango y el guión del filme de David Lynch Carretera perdida, acelerando tramas salvajes que pueden leerse o mirarse como una suerte de El mago de Oz reescrito por Jim Thompson hundido hasta las cejas en LSD mientras el cadáver de Sam Peckinpah grita una y otra vez '¡acción!'.

WYOMING

Barry Gifford Traducción de Luis Murillo Fort Emecé. Barcelona, 2002 195 páginas. 13,85 euros

Y por otro -y casi inesperadamente- está el más ocasional, pero acaso más interesante, Barry Gifford, capaz de una extraña ternura y de una lentitud más cercana a cierta contemplación zen que al vértigo descapotable.

A este último modelo pertenece Wyoming, novela autobiográfica-con-auto construida a base de breves capítulos como postales en movimiento (todo el libro es puro diálogo) en los que conversan una madre que conduce y un hijo que sostiene el mapa por las rutas de los Estados Unidos de los años cincuenta. Trayecto cómplice y contemporáneo del de los beatniks (movimiento del que Gifford, biógrafo de Kerouac, se reconoce orgulloso heredero), pero que aquí se desvía por caminos secundarios e intimistas para narrar la historia de una relación entre una gran mujer y un pequeño hombre con la misma sangre y desplazándose por un Sueño Americano que todavía no juguetea con las posibilidades de mutar a pesadilla.

Un paisaje en el que Wyoming no es simplemente un punto lejano en su itinerario, sino, además, un estado de ánimo y la posibilidad de una tierra prometida. 'Todo el mundo necesita un Wyoming', le dice la madre al hijo. Y uno -lector, hijo y madre alternativamente- no puede sino creer en ello, porque Gifford nos vuelve verosímiles y precisas (más allá de que no nos ofrezca ni una descripción durante todo el recorrido) a estas dos personas que acabamos sintiendo tan cercanas como si viajaran en el asiento de delante.

Novela que completa con dulzura de hembra aquella otra de dureza masculina que Gifford ya había dedicado al gansteril e imprevisible otro autor de sus días (El padre fantasma, Áncora y Delfín, 1998) y a la que definió como más cercana a la forma japonesa de 'memoria novelada pero cierta conocida como shosetsu'), Wyoming se lee rápido pero se disfruta a fondo, como uno de esos paseos de los que uno regresa más sabio y casi milagrosamente menos cansado de lo que estaba al salir de casa.

No es casual, pienso, que Wyoming gire la llave en el encendido con una afirmación insegura ('la pasamos muy bien cuando estamos juntos, ¿eh? Me refiero a cuando sólo somos tú y yo', dice la madre) y 195 páginas más tarde apague el motor con una inapelable certeza: 'No te preocupes, mamá. Tengo muy buena memoria. No me olvidaré de nada', dice el hijo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002

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