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Crítica:

La naturaleza en estado puro

Una exposición de Georgia O'Keeffe en Madrid reúne 34 obras de esta artista americana que supo imprimir a su visión purista de la naturaleza el sello de la modernidad.

La exposición Georgia O'Keeffe: naturalezas íntimas exhibe un conjunto de 34 obras de esta importante artista americana, nacida en Wisconsin en 1887 y fallecida en Nuevo México en 1986, cuando le faltaba poco para cumplir 99 años. Esta muestra tiene para nosotros el interés de la escasa representación de esta pintora en las colecciones públicas españolas, salvo en el Museo Thyssen-Bornemisza, donde hay una buena selección de arte americano del siglo XX, pero también, al hilo de la actualidad, por la reivindicación que hoy se está haciendo del arte femenino y por pertenecer O'Keeffe a la hasta hace poco menospreciada generación heroica del modernismo americano, en la que hubo no pocos talentos de primer orden, como Arthur Dove, Mardsen Hartley, John Marin, Joseph Stella, Charles Delmuth o Charles Sheeler. Casada con el fotógrafo Alfred Stieglitz, propietario de la célebre galería neoyorquina 291, el primer gran foro de difusión vanguardista de Estados Unidos, la carrera artística de O'Keeffe, hasta entonces dedicada a la enseñanza del arte, se inició en 1917 y no se interrumpió prácticamente hasta el final de su vida, porque, la dolencia ocular que le afectó los últimos años, sólo le hizo sustituir la pintura por la cerámica.

GEORGIA O'KEEFFE: NATURALEZAS ÍNTIMAS

Fundación Juan March Castelló, 77. Madrid Desde el 8 de febrero hasta el 2 de junio

Dotada de una belleza física

muy singular, una gran vitalidad y una personalidad sumamente interesante y original, la trayectoria artística de O'Keeffe no fue, sin embargo, fácil, incluso contando con las circunstancias favorables de haber estado aparentemente en el lugar y con la gente adecuados. Por un lado, los primeros 25 años de su producción creadora estuvieron lastrados por el recelo provinciano de la América de la casi primera mitad del siglo XX, que no acaba de aceptar el arte moderno y, menos, realizado por una mujer, pero, por otro, cuando, tras la Segunda Guerra Mundial se lanzó el expresionismo abstracto la nueva crítica americana, con Greenberg a la cabeza, la acusó de ser poco moderna. Aun así, como a todos los grandes artistas, este continuado desaire no pareció afectar a Georgia O'Keeffe, que siguió trabajando con la tenacidad e independencia de siempre. Al morir en 1946 Alfred Stieglitz, O'Keeffe, tras catalogar y donar la importantísima obra y documentación de su marido a diversas instituciones del país, estableció su residencia permanente en Nuevo México.

Americana, moderna y mujer, estos tres factores condicionaron la vida y el trabajo de O'Keeffe, que supo usarlos positivamente en su labor creadora, tanto como también defenderse de ellos cuando se manejaron retóricamente en pro o en contra suya. Su formación cultural estuvo marcada por los filósofos americanos H. D. Thoreau y R. W. Emerson, defensores de la naturaleza y de un estilo vitalista genuinamente americano. Desde el punto de vista artístico, combinó el espíritu sintético y simplificado proveniente de las primeras vanguardias europeas, pero dotándolo de un sentido monumental, que se resistió siempre al total desvanecimiento de la figura. En este sentido, su fascinación primera por los iconos más característicos de la modernidad urbana e industrial fue progresivamente sustituida por un amor místico por la naturaleza. De ahí proceden las que resultarían sus imágenes más populares de flores, conchas, cráneos animales y paisajes, tratados de una forma inconfundiblemente personal. Siempre mantuvo un sentido constructivo muy depurado de la figura, definida en sus elementos esenciales, que luego perfilaba con líneas nítidas muy marcadas, pero fue además una colorista consumada, que sabía rellenar con pulcritud precisa y uniforme los campos cromáticos, impidiendo que se produjera una sensación de dureza maquinal gracias a la tonalidad acuarelada.

Por lo demás, no fue O'Keeffe

una artista de grandes cambios, ni preocupada por experimentar innovaciones que no tuvieran una relación estrecha con sus pensamientos y vivencias. Su punto de vista cósmico y su sentido romántico de la naturaleza, le hicieron buscar los lugares donde ésta se mostrara con mayor pureza, lejos de la contaminadora intervención del hombre. Esto fue lo que le hizo enamorarse del desértico paisaje de Nuevo México, donde la flora, la fauna y hasta el hombre nativo permanecían ajenos al mundo trepidante de la civilización. Ella misma parecía explorarse como naturaleza, lo que ha hecho que, a veces, se interpretara su rica iconografía desde una visión demasiado simple, como símbolos sexuales o una expresión muy elemental y reductora del género femenino. En cualquier caso, sin olvidarnos de las coordenadas de su generación, la obra de O'Keeffe sobrevive con un marcado acento personal inconfundible, que gana en interés y en poder de atracción con el paso del tiempo. Con lo apuntado, tampoco hay que sugerir, por otra parte, que su vida fue muy plena y apasionante, una de esas vidas que constituyen un tesoro para un biógrafo.

La muestra que ahora nos visita está muy bien concebida y compensada, no sólo porque abarca un arco cronológico de más de medio siglo, entre 1919 y 1972, sino porque cuenta con ejemplos característicos de cada década entre ambos extremos. Por lo demás, se trata de una obra que nadie tendrá problemas para comprender y disfrutar, tal es su inmediato poder comunicativo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de febrero de 2002