Tribuna:OCCIDENTE TIENE QUE APRENDER A DEFENDERSETribuna
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Caen uno a uno

Ha vuelto a comenzar un tiempo trágico que creíamos haber dejado atrás. Pero lo terrible, mirado de frente, puede enseñarnos algo, mientras que, olvidado y perdido en la agitación del momento, oculto u opaco, puede crecernos dentro y destruirnos. Por eso, en cada una de las etapas que quedan por recorrer, debemos volver una y otra vez al drama inicial y honrar a los muertos de la mañana del 11 de septiembre, tanto para recuperarlos como para recuperar nosotros el sentido ante lo que tenemos por delante.

La caída de las Torres Gemelas de Nueva York en aquella mañana, envueltas en humo y oleadas de polvo, derramándose a borbotones sobre gentes casi sin aliento para gritar, dejó sobrecogidos a millones de testigos en todo el mundo. Muchos se han identificado con las torres, símbolos de la ciudad mágica. Desaparecidas, las buscan en el cielo y llenan su hueco con su recuerdo. Transformadas en gestos, pudieran ser ejércitos. Transformadas por la imaginación, las torres son como árboles, arrancados de cuajo, con las raíces al aire, pugnando por asirse.

Perdido el equilibrio, muchos occidentales intentan asentarse de nuevo sobre suelo firme. Como las torres y los árboles. Pero para conseguirlo tienen que entender su propio sentimiento de horror. Su horror expresa compasión por las víctimas, perdidas para siempre. Su horror responde a un crimen contra la humanidad cometido con ostentosa alevosía, que ha de ser juzgado. Y su horror indica un temor por sí mismos. Saben, aunque no se lo quieran decir, que esas muertes son sólo las primeras, y que ellos pueden ser las próximas víctimas.

Incrédulos, estos occidentales se han visto de repente en el espejo de sus enemigos, odiados sin medida, y tan vulnerables que éstos pueden concebir, por un momento, su sumisión y su exterminio. Es obvio que quienes han asesinado a las tripulaciones y los pasajeros de los aviones aplastándoles contra edificios que eran como pequeñas ciudades, rebosantes de civiles, y han degollado a unos y ahogado, quemado y despeñado a otros, miles y miles de ellos, fundidos en una masa de sangre, piedra y fuego, tienen plenitud de odio para mucho más, y pueden intentar el uso de armas de destrucción masiva.

Que el exterminio físico de los occidentales sea poco probable no significa que su forma de vida no pueda desaparecer. En un clima de ruptura de las rutinas cotidianas, y de intimidaciones, recriminaciones y desmoralización, los mecanismos complejos y sutiles de un orden de libertad pueden fallar. Las gentes pueden ver sus ciudades, sus viajes, su descuido de vivir, su fácil optimismo (hasta ahora disimulado por un ropaje de prisas y aspavientos) y sus hábitos de libertad colgando del vacío. Pero si su forma de vida desaparece, la memoria de su experiencia colectiva, ese complejo deambular de la vieja tradición judeo-heleno-cristiana a través de veintitantos siglos, quedaría como si hubiera sido escrita sobre la arena. Y si su memoria se tambalea, y su identidad se resiente, la vida de muchos quedaría desprovista de sentido.

Nada de esto es inimaginable. La desaparición de una forma de vida civilizada y libre de forma violenta ha sido moneda corriente en la historia de la especie humana, y es una de sus enseñanzas más elementales, que sólo la hubris y la desatención de los occidentales de los dos últimos siglos les han permitido olvidar. Hasta el punto de que ni siquiera la experiencia límite del riesgo sufrido a manos de nazis y comunistas durante los últimos dos tercios del siglo pasado ha conseguido que los occidentales dejen de mecerse y adormilarse con la canción de cuna según la cual acabarán prevaleciendo los más aptos en la lucha por la existencia, sin despertar y darse cuenta de que los más aptos pueden ser, simplemente, los más bárbaros.

En estas circunstancias, despertar es imprescindible y urgente. O los occidentales aprenden rápidamente a defenderse y mantienen su disposición a hacerlo durante un largo periodo o su forma de vida desaparece, y ellos con ella. No pueden esperar cuatro siglos, ni cuatro años, a colocarse en estado de alerta.

Lo primero es olvidar las ilusiones del nuevo milenio, y entender que el comienzo del siglo XXI es una escena más del XX: un paso adelante (o atrás) en la experiencia de enfrentarse con la muerte a gran escala, fabricada en serie y administrada por jinetes apocalípticos. La experiencia del siglo XX nos dice que con eso no se puede convivir y que enfrentarse con ello dista de ser fácil. Quizá por esto hay quienes tienden a engañarse a sí mismos, e incluso algunos esperan poder convivir con los asesinos en el supuesto tácito de que éstos, mientras matan a otros (o de otros países), les perdonarán a ellos. Imaginan que disimulando un poco pasarán desapercibidos, y la guerra y la muerte les dejarán de lado. Pero engañarse no resolverá el problema.

Lo segundo es comprender que el hilo rojo del tejido que se ha ido fabricando con las amenazas al orden de libertad de la sociedad occidental de los dos últimos siglos es siempre el mismo: la violencia máxima al servicio de un credo hostil a la libertad de seres humanos individuales, hombres y mujeres, en nombre de una comunidad. Por eso, totalitarios o terroristas consideran a quienes matan no como seres humanos, sino como gentes inferiores, objetos o símbolos abstractos de las llamadas fuerzas del mal.

Lo tercero es saber que, para conseguir su objetivo, los occidentales deben atender a la mezcla de firmeza y de moderación de su respuesta. Sin firmeza no hay supervivencia, pero si aquélla es esencial, la moderación no lo es menos. Y esto requiere atender al resto del mundo. Los occidentales deben defender un orden de libertad para ellos y para todos. No se trata de que se impongan, sino de que garanticen un modus vivendi entre diversas formas de vida. Esto incluye la supervivencia de la suya, pero no se reduce a ella. Su forma de vida requiere continuas reformas, y una se refiere a su manera de convivir con las de los demás, que están también amenazadas por lo sucedido.

Por eso importa mucho que, con su respuesta, los occidentales no se rebajen al nivel de sus enemigos, lo que sería una forma de negarse a sí mismos. A los criminales se les ofrece la oportunidad de reconocer su crimen y recibir el castigo justo con una conciencia clara de lo ocurrido, para que vuelvan a la comunidad humana de la que se separaron con su crimen. Importa que el conjunto de la especie sea testigo de la oferta, por extraña que parezca a algunos, porque en ello se cifra la respuesta al reto final, que es el de construir un orden mundial habitable.

Con ello vuelvo al espectáculo de las torres cayendo. No podemos olvidar esa escena, pero tenemos que aprender a mirarla. Debemos evocarla una y otra vez, y ser testigos de ella justo al tiempo que, conscientes del pasado, anticipamos el futuro. No somos testigos de unos objetos de hierro, cemento y cristal que se desploman, sino de esos miles y miles de seres humanos, a los que no podemos ver, confundidos con la nube grisácea que les rodea. Caen uno a uno, mueren de uno en uno. Somos testigos de cada uno de ellos. Les debemos la justicia que les corresponde, y que se ajusta al sentido que su muerte tiene para nosotros. La justicia de un orden de libertad donde cada uno es reconocido como un individuo libre e infinitamente valioso a los ojos del Dios que cada cual albergue en su corazón.

Víctor Pérez Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 09 de octubre de 2001.

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